miércoles, 30 de noviembre de 2016

Fry por Woolf (II): Hambre de ver

Una edición de Lumen trae nuevamente la biografía que Virginia Woolf escribió sobre su amigo, pintor y crítico de arte, Roger Fry. En 2016 coinciden los aniversarios de estos personajes: los 75 años de la muerte de la autora de Mrs Dalloway y el siglo y medio del natalicio del artista

“En la medida en que un hombre puede cambiar el gusto,
Roger Fry lo cambió”
Kenneth Clark
(Viene de: Fry por Woolf (I): El inventor del postimpresionismo)

Mientras cuidaba a Helen Combe, su esposa, Fry trabajaba y pintaba. Luego de una temporada, ella comenzó a mejorar. Tuvieron dos hijos, Pamela y Julian. En 1910 Helen agravó y desde ese momento hasta su muerte vivió en un hospital siquiátrico. Fry lo hacía todo: cuidaba de su esposa, educaba a sus hijos, daba cursos y conferencias, escribía sobre los cuadros (escribe Woolf: “cada cuadro parece ocupar su sitio, de modo que tenemos la sensación de participar en un continuo viaje de descubrimiento bien planificado”), polemizaba, en su interior adquiría fuerza el sentimiento de que había que construir la bisagra entre la obra y el público, entre el artista y el público.
Roger Fry
Fry tenía el don del observador: veía el porvenir. Avizoraba. Interpretaba. Diferenciaba. Defendía la posición de que el crítico debe atender más a la sensibilidad que al conocimiento. Publicaba recensiones de libros, dictaba conferencias ante públicos que crecían. Pintaba sin encontrar resonancia. Le encargaban la compra de cuadros. Le contrataban para garantizar la autenticidad de las obras. Y viajaba: sus cartas, numerosísimas, estaban pobladas de cuadros. No cesaba de comentarlos uno a uno. No creía en los expertos.  Su ejercicio consistía en la experiencia de ver. La vivacidad de sus comentarios hacía que sus corresponsales sintieran que tenían el cuadro enfrente. Su reputación de conocedor se irrigaba por todas partes, sin que él fuese consciente de ello.
A pesar de que aquí y allá le reconocían sus innumerables atributos, no le resultaba fácil responder a las preocupaciones de sus padres. Una serie de avatares, que Virginia Woolf narra en sus diversas corrientes, lo condujeron al cargo de curador de pinturas del Museo Metropolitano de Arte de New York, que ejerció entre 1906 y 1910. Cruzó el Atlántico y quedó asombrado con la sofisticación, el buen gusto y la avidez de las capas ilustradas de Norteamérica. También fue sorpresivo enterarse de que era una especie de celebridad.



Las dos exposiciones

Virginia Woolf
1910 fue un año determinante en su vida: debió internar a su esposa en el siquiátrico, dejó New York para volver a Londres, curó la exposición “Manet  y los postimpresionistas” en las Grafton Galleries, que reunió en Inglaterra por primera vez, las obras de Gauguin, Manet, Matisse, Picasso y Van Gogh. El vendaval se desató imparable. “No menos de cuatrocientas personas visitaban la galería a diario. Y expresaban su opinión no solo al secretario, sino también en cartas dirigidas al propio director. Los cuadros eran de mal gusto, anárquicos e infantiles. Constituían un insulto al público británico y el responsable del insulto era un necio, un impostor o un tunante”. Virginia Woolf se adelanta a nuestra perplejidad: hoy cuesta entender que aquellos artistas cuyas obras son fundamentales en el siglo XX, hubiesen ocasionado tal escándalo. Fry sufrió el rechazo de las clases cultas de Inglaterra, pero a cambio los jóvenes pintores se aglutinaron en torno a su figura.
En 1912 organizó una segunda exposición, lo que ratifica cuánto confiaba en el poderío de los cambios que estaban ocurriendo en el modo de representar el mundo. Su fijación con los postimpresionistas modificó su modo de pensar la pintura y también su propia pintura. Mientras atendía todos estos múltiples frentes, escribía largos ensayos, estudios sobre pintores (como los que dedicó a Cezanne, a Matisse, a Bellini, a la pintura británica, al arte francés, etcétera), participaba en las tertulias y la amistad del llamado Círculo de Bloomsbury, sus capacidades como conferencista adquirían proporciones míticas, y no paraba de trabajar, lo que alcanzó su apogeo cuando en 1913 creo los Talleres Omega, especializados en diseño y aplicaciones artísticas. “Cocinaba; lavaba los platos; hacía cerámica; diseñaba alfombras y mesas; enseñaba los Talleres Omega a los visitantes; encontraba trabajo a los objetores de conciencia; los defendía ante los políticos; hacía todo lo posible por pagar 30 chelines semanales a sus artistas”. Finalmente, la precariedad causada por la Primera Guerra Mundial acabó con aquel magnífico experimento. En marzo de 1919, el mismo Fry subastó las piezas que quedaban.

Final
Los últimos diez años en la vida de Fry fueron también extraordinarios. Se había convertido en un hombre del espíritu. Practicaba una vida desinteresada, disfrutaba de los dones. Su conversación iba de los cuadro al ajedrez, de los paisajes a Mallarmé. A pesar de las dificultades, no se cerró a nada. En 1926 conoció a Helen Anrep, quien sería su compañera hasta su muerte, causada por un infarto lo derribó para siempre.
Autorretrato
Cuenta Virginia Woolf, que fue su amiga, que si Fry era persuasivo en sus libros, como conferencista era exquisito y cautivador. Y es con un fragmento de esos momentos mágicos, con el que me propongo cerrar este comentario: “Todo lo había dicho y hecho una y otra vez en sus libros. Pero había una diferencia. Cuando la siguiente transparencia se deslizaba en la pantalla, se producía una pausa. Roger Fry contemplaba de nuevo el cuadro. Y luego, en un instante, encontraba la palabra que deseaba; añadía de forma impulsiva lo que acababa de ver como si fuese la primera vez. Ese era, quizás, el secreto de su influjo sobre el público. Este tenía la oportunidad de ver cómo brotaba y se configuraba la sensación; Roger Fry lograba develar el momento mismo de la percepción. Así, con pausas y borboteos, el mundo de la realidad espiritual surgía transparencia tras transparencia –en Poussin, en Chardin, en Rembrandt, en Cézanne-, con sus cimas y valles, todos relacionados, todos provistos de algún modo de integridad y plenitud, sobre la gran pantalla de Queen’s Hall. Y, al final, tras una larga mirada a través de las gafas, hacía una pausa. Señalaba una de las últimas obras de Cézanne y parecía desconcertado. Meneaba la cabeza; apoyaba la vara en el suelo. La obra –decía- escapaba a cualquier análisis que él pudiera hacer. Y en consecuencia, en vez de decir “Siguiente transparencia”, hacía una inclinación y el público salía a Langham Place”.

Lee la primera parte: Fry por Woolf (I): El inventor del postimpresionismo.


Nelson Rivera

@nelsonriverap

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Lenguajes para contar lo indigno


En la ágil ficción que construye Mónica Ojeda, Nefando es un videojuego que duró apenas meses en la Internet “profunda” (deepweb) puesto que recopilaba imágenes de violencia y pornografía infantil. Ese juego perverso sirve de excusa a la escritora ecuatoriana para trenzar las historias de seis jóvenes, todos con edades en la década de los veinte, que son compañeros de piso en Barcelona y se dedican a buscar lenguajes para comprender la vida. “Plantearme el lenguaje fue un reto”, explicó la autora en la presentación de su novela en Madrid: “Cuando tenemos experiencias intensas necesitamos verbalizarlas. Me preocupé por darle sentido a aquello que no podían decir, ese intento de balbuceo, cuando una persona trata de hacer el ejercicio de ponerle palabras a algo que jamás había pensado antes”. Añadió que su interés por la experiencia infantil se debe a su convicción de que todo lo que le ocurre a una persona en la niñez es devastador.
Nefando
Las vivencias más extremas son de los hermanos Terán, María Cecilia, Irene y Emilio, a quienes su padre abusó durante su niñez y quienes toman los videos pornográficos que este le hiciera para construir Nefando. Kiki Ortega es una escritora en formación, igual que Iván Herrera, que en la ficción quiere comprender su homosexualidad e intenta explicarle a su compañera que para escribir había que ir más allá de uno mismo: “hacer lo que no harías, ser lo que no eras, en otras palabras, lanzarte a sentir fuera de tu reducido campo de emociones”. El programador que diseña el videojuego ideado por tres hermanos venidos de México es Cuco Martínez, el único catalán del grupo, porque el resto de los personajes son Latinoamericanos que estudian posgrados en Barcelona. “La programación era el arma por antonomasia de la desobediencia civil”, piensa el Cuco: “La escritura en lenguaje C (…) exigía resultados, pensó; era el lenguaje de la acción”.
Desde el principio, al lector le será imposible escapar de la relación fonética y semiótica entre las palabras “nefando”, lo indigno que no puede nombrarse sin repugnancia u horror e “inefable”, aquello no puede explicarse con palabras. Nefando, el videojuego que han creado los hermanos para hablar del horror, es una metáfora radical de la necesidad del resto de los compañeros (Kiki, Iván y el Cuco) de expresar lo que no puede hablarse con palabras, que la propia escritora definió como “la experiencia de estar aquí y ahora y no poder decidir sobre nuestro destino”. Esa relación también describe el proceso hermenéutico que los jugadores de videojuego hacen al intentar dotar de sentido al juego que están jugando sin saber cuáles son las reglas.
Sin embargo, más allá de la apariencia ultra contemporánea que le confiere la demosine, o subcultura de la informática, a la novela, lo que Nefando propone es una de las más antiguas preguntas de la escritura: ¿por qué son necesarias las ficciones? Y desde lo más profundo de Internet, los personajes sufrientes de esta novela nos responden: Para intentar comprender la vida.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche
  

Fry por Woolf (I)


Una edición de Lumen trae nuevamente la biografía que Virginia Woolf escribió sobre su amigo, pintor y crítico de arte, Roger Fry. En 2016 coinciden los aniversarios de estos personajes: los 75 años de la muerte de la autora de La Señora Dalloway y el siglo y medio del natalicio del artista

“En la medida en que un hombre puede cambiar el gusto,
Roger Fry lo cambió”
Kenneth Clark


Roger Fry le escribe a su padre el 21 de febrero de 1888. Tiene 22 años. Sus estudios científicos, en la Universidad de Cambridge, son los de un alumno notable. Pero no es eso lo que le interesa. Fry quiere pintar. Ha consultado a un profesor sobre la perspectiva del arte como profesión. “Me aconsejó que, si era lo bastante importante para mí, le pidiera a usted que me dejara probarlo durante un par de años y al final de ese período, dice, cree que estaré en condiciones de determinar cuáles son mis aptitudes y si merece la pena continuar”.
Roger Fry
Nació en diciembre de 1866. El padre y la madre eran cuáqueros y provenían de familias que lo habían sido por varias generaciones: un mundo endogámico y rígido, distinto de todo cuanto los rodeaba, en el que no faltaban personas cultivadas. Adinerados, participaban en sociedades que debatían cuestiones de ciencia y literatura. Se reunían para hablar de los libros que leían, de sus temores hacia la modernización del mundo.
Roger Fry
Al pequeño Roger le gustaba la naturaleza y muy temprano se sintió atraído por las preguntas de la ciencia. Era sensible y entendía las limitaciones del credo familiar. Respetaba y temía a sus padres. Tímido, ello no le impedía ejercer su potente inteligencia. Los castigos físicos que vio en su escuela le llenaron de un profundo rechazo a la violencia. En 1881 tenía 15 años e ingresó a una escuela en Clifton donde expandiría su interés en las ciencias. La amistad con John Ellis McTaggart (que mucho más adelante se convertiría en el autor del fundamental “La irrealidad del tiempo”) comenzó a desafiar la preceptiva que le había sido inculcada en su familia. Hacían largas caminatas y conversaban sobre los asuntos del mundo. Fry pasaba desapercibido. La rebelión todavía no ascendía a la superficie.
En diciembre de 1884 ocurrió el hecho que cambiaría su vida: fue admitido en Cambridge. Recibió una beca para estudiar ciencias. La afinada y reveladora prosa de Virginia Woolf se desliza para narrar la expansión sensitiva, intelectual y humana de Fry. La conformación de amistades que lo serían para el resto de la vida (a Fry y a sus amigos les llamaban “los jóvenes reflexivos”). El encuentro con personas de la talla de Edward Carpenter, Bernard Shaw y otros, mientras crecía en él una indeclinable pasión por la pintura y las artes.

Un mundo por ver
La respuesta de su padre a la carta constituyó un avance, pero no en los términos a los que Fry esperaba: el acuerdo consistió en que seguiría sus estudios científicos y dedicaría parte de su tiempo a la pintura. De allí en adelante las relaciones con sus padres no tendrían la fluidez anterior: Fry les había hecho saber que aspiraba a una vida muy distinta a la que ellos deseaban. A partir de 1891 comenzó a viajar-para-ver. Más que una rutinaria práctica profesional, ver ciudades, paisajes y museos, pero sobre todo ver cuadros, se convertiría en una segunda respiración. Con el tiempo, mirar sería para Fry equivalente a vivir.
Virginia Woolf por Roger Fry
Viajaba con sus amigos. Iba de una ciudad a otra. Conocía a los notables de la crítica del arte (como John Addington Symonds). Se sentaba a conversar: los cafés ya eran una de las más nobles instituciones europeas. El cosmopolitismo campeaba a sus anchas. Las técnicas pictóricas estaban en el centro de sus anotaciones. En 1892 se mudó a Chelsea. Su pintura no encontraba acogida: ni lugares adecuados para exponer ni compradores para sus cuadros. La personalidad del hombre dispuesto a defender sus ideas se configuraba: nunca abandonó su talante de espíritu abierto (temía convertirse en un fósil) pero a todos los que le escuchaban les resultaba llamativo su modo de argumentar. Los cursos que dictaba, rápidamente encontraron acogida. Viajaba, pero también ejercía oficios artesanales para poder vivir como restaurador o diseñador. A pesar de la oposición de su familia, en diciembre de 1896 se casó con Helen Combe, también artista. Aquél fue un tiempo feliz para ambos. Viajaban y veían cuadros. Leían juntos. Lo compartían todo. Hasta que, tras unos primeros síntomas, la locura se manifestó en Helen.

Nelson Rivera

@nelsonriverap

martes, 22 de noviembre de 2016

Nuria Labari: “Mientras que el sujeto político es la multitud, el sujeto literario prefiere el yo”

Unos días después del ataque terrorista en Atocha el 11 de Marzo de 2001, Nuria Labari entrevistó a Aicha Achaab, la madre de Mohamed Chaoui y Jamal Zougam, hijos de padres diferentes, que fueron detenidos el 13 de marzo por considerárseles autores materiales de 190 asesinatos y 1.430 tentativas. En junio de 2004, a Mohamed Chaoui se le concedió la libertad. Su hermano sigue en prisión. La justicia española lo condenó a más de 42.917 años de cárcel. Durante la entrevista que sostuvo con esa mujer normal –corpulenta que se movía “como una anciana” y vestía “ropa amplia y barata”– lo que sorprendió a Labari, que entonces trabajaba para el diario El Mundo, no fue que ella negara que sus hijos estaban vinculados con los delitos, sino que le resultaba creíble. Aicha pensaba que sus hijos eran inocentes y, de hecho, uno salió en libertad. Pero cuando la periodista lo comentaba con sus amigos, todos presuponían que la madre mentía, que ella sabía muy bien lo que había pasado. “Todos daban por supuesto que ella estaba mintiéndome. Y yo no tenía claro que eso fuera así. Prejuzgamos la realidad, nos imaginamos cómo son los malos y a veces esos malos duermen con nosotros: son nuestro marido, nuestros hijos, nuestros hermanos o nuestros amigos cercanos”, explica la autora de Cosas que brillan cuando están rotas.
Nuria Labari


Cualquier libro, por muy pesimista que sea su discurso, tiene la rebeldía de haber recurrido a la palabra y de pensar que con eso se puede llegar a alguna parte.  
La entrevista en que lo cruel de la realidad y las historias íntimas se unieron en la tristeza de una madre fue el germen de la novela que publicó este año la joven editorial Círculo de Tiza. La escritora nacida en Santander en 1979 tardó casi diez años en convertir este tema escurridizo en una novela. No se trata solo de que en esa década nacieran sus hijas o de que piense que aprendió a escribir con esta primera obra de narrativa extensa –en 2009 publicó Los borrachos de mi vida, colección de cuentos que le mereció el VII Premio de Narrativa de Caja Madrid–, sino que quería contar lo que pasó con verosimilitud y sin prejuicios, lo que no es fácil porque los suceso narrados son recientes, y sobre eso tejer la historia de los personajes en una narración coral.

– El argumento de tu novela propone un hecho histórico muy reciente visto a través de los tres integrantes de una familia: la adolescente Clara, que comienza enfrentarse a las grandes preguntas de la vida, y la pareja formada por Eric y Eva, que están cansados y no comprenden por qué están tan solos si están juntos.
– Al principio no tenía muy claro si quería escribir sobre el 11-M, me interesaba el dolor de los otros. En la literatura española no tratamos cómo nos duele el sufrimiento de los demás, ni siquiera nos preguntamos si nos duele. Empecé a darle vueltas a esto desde mi experiencia al cubrir los atentados del 11-M y me preguntaba si podemos relacionarnos íntimamente con la vida viviendo en un mundo como este. Quise construir un juego de espejos donde se reflejan horrores de la actualidad, como el terrorismo, y el histórico, como fue el genocidio. Me interesaba la relación que esto podía tener con un problema individual como la soledad. La intimidad que construimos cerca de las personas que más queremos es profunda pero también vacía. ¿Cuántas personas se conocen de verdad hasta su oscuridad? Esto me parece algo aterrador: se trata del relato de nuestra enorme soledad. Parte del problema de los atentados es que había falta de comunidad para enhebrar ese dolor y para coserlo en la comunidad y en cada persona. Eso quise mostrarlo en la novela.

– En su disección de los efectos del terrorismo sobre la vida íntima de las personas, Cosas que brillan cuando están rotas introduce en la literatura de ficción al nuevo sujeto político de nuestro tiempo: la multitud.
– Casi todo lo que se pude leer sobre el terrorismo (y mira que yo soy politóloga) proviene de las ciencias políticas, son ensayos. La literatura se interesa poco por ese gran sujeto contemporáneo que es la multitud. Mientras que el sujeto político es la multitud, el sujeto literario prefiere el yo. Yo quería ver cómo se casaba esto. Es complejo porque, al final, la empatía con el otro es un viaje de la imaginación complejo que no encontraba en los libros. Requiere la voluntad individual de ir a donde no has estado antes. Me interesaba escribir sobre las caras de la relación entre víctimas y victimarios sin juzgar dramáticamente a los terroristas.

– ¿Qué aprendiste escribiendo esta novela?
El trato de la escritura con la realidad es un buen aprendizaje que yo me llevo para todos los libros que vengan. Después, sobre aquellos hechos, sigue siendo algo que me entristece mucho porque, a pesar de que mi objetivo inicial era descubrir esto, no veo cómo el amor puede darnos algún tipo de sentido. La novela no es muy optimista. Estamos en un momento de falta de comunidad y de falta de sentido. Sí, hay esperanza, pero se articula en destellos que uno tiene que pelear para unir en un contexto adverso. Para mi, al final, queda la literatura. Cualquier libro, por muy pesimista que sea su discurso, tiene la rebeldía de haber recurrido a la palabra y de pensar que con eso se puede llegar a alguna parte.


@michiroche

viernes, 18 de noviembre de 2016

Anunciado el ganador de la primera edición del Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña


Marcel Eduardo Añez Valentinez, estudiante del octavo semestre de Sociología en la Universidad Central de Venezuela ganó el galardón de la primera edición del Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña con el relato titulado “Gryllidae”.
Según el acta del jurado, en el cuento pueden notarse los primeros trazos de una perspectiva de autor. “A través de la insistente y perturbadora persecución de un grillo, elemento que funciona como hilo conductor de la historia, un personaje reflexiona sobre las compulsiones, la fe, la duda, la religión, la vida [y] la eternidad”, explica el comunicado.
Los miembros del jurado destacaron el hecho de que se lograra una mirada de autor es evidencia de “un saber narrar pensando que va forjando, de la minucia cotidiana y del tedio, todo un relato”. También señalaron el desarrollo de lo “animal” “como metáfora de las obsesiones, del ‘devenir’ como simbiosis entre lo humano y lo que no lo es, y la capacidad de construir un espacio de introspección, sensorialidad y memoria que dialoga con el espacio físico en el que se mueve la voz narrativa”.
El jurado que evaluó los más de cien manuscritos recibidos en esta primera edición estaba conformado por las académicas Julieta Omaña Andueza y Lourdes Sifontes Greco –ganadora de varios premios por su obra narrativa y poética–, junto con los escritores venezolanos Alberto Barrera Tyszka y Roberto Martínez Bachrich.

El fallo lo dieron a conocer Barrera Tyszka y Anzola Omaña el pasado jueves 17 de noviembre durante la jornada de conferencias organizadas en La Universidad Simón Bolívar de Venezuela por el Latin American Studies Association, una enorme asociación de investigadores dedicados al estudio de Latinoamérica que posee más de 12.000 socios y cuya misión es fomentar el debate intelectual, la investigación y la enseñanza sobre Latinoamérica, el Caribe y sus pobladores, así como promover los intereses de su membresía diversa e incentivar el compromiso cívico a través de la construcción de redes y del debate público.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Irving y los milagros

La novela más reciente de John Irving pretende demostrar que vivimos al mismo tiempo el pasado y el presente. Juan Diego es un escritor de 54 años que trabaja en la prestigiosa Universidad de Iowa como profesor de literatura, que cuando sueña siempre regresa a la niñez que pasó entre los basureros de Oaxaca, donde recogía desperdicios, entre los cuales sus favoritos eran los libros. “Tenía dos vidas, dos vidas desligadas y claramente diferenciadas. La experiencia mexicana (…) era su primera vida. Al abandonar México –nunca había vuelto– inició una segunda vida: la experiencia en Estados Unidos o en el Medio Oeste. (¿O acaso estaba diciendo también que, en términos relativos, lo que su segunda vida le había deparado no era gran cosa?)”, cuenta Irving en Avenida de los Misterios.
Avenida de los Misterios
La sola narración de la niñez del protagonista da para una novela de aventuras. A los 14 años, el escritor con el mismo nombre del indio que encontró a la Guadalupe vivía en un sector paupérrimo de Oaxaca con su hermana Lupe, que podía leer los pensamientos de la gente, y con su madre Esperanza, empleada de la limpieza de los jesuitas y prostituta. Su afición por rescatar libros del fuego y su inteligencia que le permitió aprender a leer solo, llamaron la atención de los sacerdotes que regentaban el orfanato Hogar de los Niños Perdidos, que lo invitaron a él y a Lupe a estudiar allí. El cambio duraría meses antes de que los hermanos se unieran al circo, de donde salen gracias a un milagro. “Es lo maravilloso lo que a muchos les ha llevado a la Iglesia y los mantiene en su seno. Creen en María y en Jesús, no en la institución”, explicó Irving en la rueda de prensa de su libro en Madrid este año: “quería escribir una novela en la que los milagros significaran realmente algo”.
La niñez como la etapa en la cual pueden articularse grandes contrastes morales es un tema que Irving ha tratado en otras obras, en especial, Las reglas de la Casa de la Sidra, por cuya adaptación cinematográfica ganó un Oscar en el año 2000; de hecho, el orfanato de Saint Cloud’s es un antecedente a la institución regida por los jesuitas donde estuvo Juan Diego. Pero la historia que cuenta Avenida de los Misterios empieza cuarenta años después de que el pequeño “lector del basurero” (como le llamaban los jesuitas) abandonara México. Comienza con un viaje a Filipinas de camino a un festival literario en Lituania donde le rendirán homenaje. Las anécdotas son tan maravillosas como las de su niñez, porque allí se encontrará con un viejo alumno que se ha hecho especialista en su obra y con la lujuria de dos mujeres, madre e hija, furibundas fanáticas de sus novelas. Obligado por una vieja dolencia a tomar betabloqueantes, el escritor está todo el tiempo cansado y pasa rápido de la vigilia al sueño, lo que permite a Irving amalgamar las historias de la niñez y de la adultez hasta lograr un mosaico de episodios que van de la tragedia a la comedia y que incluyen, entre otras situaciones y personajes, actos de circo, flagelaciones en oscuras celdas de curas, un hippie prófugo de la guerra de Vietnam y una prostituta travesti. Los caminos paralelos en los que se articula el argumento de Avenida de los Misterios le permiten al escritor nacido en New Hampshire en 1942 articular sus críticas a la postura de la Iglesia católica frente al aborto, a los anticonceptivos y a la sexualidad en general. Se trata de las consideraciones morales a las que tiene acostumbrados a sus lectores y la sensación que promueve el autor de que una novela debe hacer algo más que contar una historia: debe ofrecer una visión del mundo.


@michiroche
  

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Mansplaining: El género de las explicaciones

 Mansplaining es el término que resulta de la contracción en inglés de la palabra man (hombre) y del verbo to explain (explicar) que popularizó Rebeca Solnit a partir del año 2008. El diccionario Oxford reconoce esta palabra desde 2012, cuando The New York Times la declaró palabra del año, y la define como la actitud de un hombre que explica algo de forma condescendiente a una mujer. La acción infantiliza a la interlocutora al obviar el conocimiento que pueda tener sobre el tema que se trata y, en general, su inteligencia. Sin embargo, Solnit no se hace cargo de su responsabilidad sobre el término, porque teme que pueda interpretarse como si todos los hombres son indulgentes y tienden a minusvalorar a las mujeres. Pero, si bien no es cierto que exista una esencia de masculinidad o de feminidad ni que todos los hombres acostumbran a tratar con condescendencia a las mujeres, aún no se han conquistado la igualdad entre los géneros y, en el debate público, los hombres siguen teniendo la voz cantante.
Los hombres me explican cosas
La biografía de Solnit no puede separarse del término que feministas alrededor del mundo usan para delimitar un antiguo vicio de las relaciones entre los géneros. Una tarde asistió junto con su amiga Sally a una aburrida fiesta en lo alto de una pista forestal en Aspen y cuando estaban a punto de marcharse, un hombre les pidió que se quedaran. Era el anfitrión de la velada y les hizo esperar un poco hasta que se sentó con ellas alrededor de una mesa de madera para decirles que le habían contado que Solnit había “escrito un par de libros”. Cuando ella comenzó a explicarle el argumento del más reciente, editado justo ese verano de 2003, River of Shadows: Edward Muybridge and the Technological Wild West, el hombre la interrumpió: “¿Has oído hablar de ese libro realmente importante sobre Muybridge que ha salido este año?”, le preguntó. El hombre luego emprendió una perorata sobre el libro y, conforme pasaba el tiempo se hizo obvio que se trataba del mismo escrito por Solnit. Su amiga Sally lo hizo notar no una ni dos, sino tres veces.
Resultó que ni siquiera lo había leído, y se limitaba a repetir algunas ideas generales que le habían quedado del artículo que apareció unos meses antes en el New York Times Review of Books. Aquello enmudeció al hombre, “desbarató las categorías bien definidas en las que su mundo estaba compartimentado”. Fue también una epifanía para las mujeres que lo presenciaron: desde entonces, Solnit usó el respaldo público  que ya tenía como escritora para visibilizar lo que representa un problema bastante común para las mujeres, en especial las profesionales, que batallan a diario con el mansplaining.
Porque a pesar que hace décadas comenzó la revolución feminista, todavía (por más que los hombres quieran hacernos creer que sí) el peso de ellos en el mercado de trabajo no es el mismo. “No me sorprendería si parte de la trayectoria política norteamericana desde 2001 estuviera marcada por, digamos la incapacidad para escuchar a Coleen Rowley, la mujer del FBI que lanzó los primeros avisos a cerca de Al Qaeda”, escribe la escritora y activista en el libro traducido por la editorial Capitán Swing: “desde luego está influida por la administración Bush, a la cual no se le podía decir nada, ni siquiera el hecho de que Irak no tenía vínculos con Al Qaeda ni armas de destrucción masiva, ni el que la guerra no iba a ser “pan comido” (ni siquiera los expertos varones pudieron penetrar en la fortaleza de dicha petulancia)”.
Los nueve ensayos que conforman Los hombres me explican cosas, están redactados con una profusión de datos que prueban con minuciosidad los puntos propuestos por la autora nacida en San Francisco en 1961, envueltos en una escritura que hace de la ironía una herramienta para el entretenimiento del lector. Lo que Solnit ilumina para la discusión pública no son solo problemas “de género”, es un llamado de atención sobre cómo la soberbia frente al otro –y, la mayoría de las veces, la otra– es la raíz de problemas atávicos como la desigualdad y la violencia. El principal aporte de este libro es haberle dado un nombre a un comportamiento que está tan naturalizado en la interacción humana que casi pasa desapercibido, ahora queda de parte de todas y todos darle visibilidad en lo cotidiano.

@michiroche
  

martes, 15 de noviembre de 2016

Ernesto Pérez Zúñiga: “Una novela es una multiplicación de espejos rotos”


La Guerra Civil le interesa a Ernesto Pérez Zúñiga como una explicación para los prolongados silencios y las medias palabras de sus abuelos. Lo que no se dice, como lo que no está, esconde enormes tragedias. De esa obsesión nació su primera novela, Santo diablo, en la cual presenta una visión fabulística de aquel período crucial del siglo XX ibérico. Su inclinación natural por las historias de los perdedores, su entusiasmo por Ramón del Valle Inclán y su sospecha de que puede repetirse la historia de los totalitarismos pasados fueron la génesis de No cantaremos en tierra de extraños, una novela sobre la posguerra que puede leerse como una secuela de aquella publicada en 2004. El drama de los personajes que no podían regresar a su país porque allí se sentirían como exiliados existía en su cabeza desde hacía años; solo faltaba un teatro para representarlo.
Ernesto Pérez Zúñiga
El hallazgo de la revista Los Anales del Hospital Varsovia que le reveló la creación, en 1944, de ese hospital en Toulouse a donde habían ido a parar soldados españoles en el crepúsculo de la Segunda Guerra Mundial, le ofreció un ambiente en el cual podía examinar cómo se modificaron las ilusiones de bienestar que tenían los revolucionarios de la España de entonces. Pero el autor nacido en Madrid en 1971 es de la generación que ha elevado a Quentin Tarantino a la categoría de genio y en su cabeza se mezcla esa estética de la satirización de la violencia con los western –género fílmico que adora desde la niñez– y con  el mito de Orfeo que atraviesa el infierno en busca de Eurídice. Porque todas esas dimensiones míticas tiene la obra del también autor de La fuga del maestro Tartini (2013). Y dice que todas esas dimensiones describen el pasado tanto como el presente.

– El contraste entre las aspiraciones de los personajes de la No cantaremos, Juan Montenegro y Manuel Juanmaría, con la España devastada que encuentran en su paso a través de La Mancha remite a la dimensión mítica de Luces de Bohemia, de Valle Inclán. ¿Está aún presente el esperpento en el país?
– En todas partes. Intenté crear el esperpento en la imagen de los huesos de su padre que lleva Montenegro a cuestas, atados a su caballo, por buena parte de la novela. Eso es un símbolo: Caminamos con nuestros muertos porque llevamos siempre encima el pasado. Somos la construcción que hacemos del presente, pero estamos aquí gracias a nuestros ancestros: a lo que ellos construyeron y lo que destruyeron. Ese soniquete que van rimando los huesos del padre de Montenegro durante su aventura a caballo es una llamada de atención sobre nuestra historia.

– Pero, ¿dónde reconoces en la actualidad esperpentos?
–La política de España merece su esperpento, por supuesto. Pero también lo merece su sociedad: A los españoles nos faltó ética en nuestro paso del triunfalismo consumista anterior a la crisis, cuando se permitía con desparpajo la corrupción como un mal inevitable en un sistema en el que todos se enriquecían y el llanto ético de ahora que, en el fondo, solo es interés económico. Allí hay esperpento. La gente ahora se rasga las vestiduras con fundamentos éticos cuando la gente antes estaba muy contenta con lo que estaba pasando y lo que tenían. Eso merece un esperpento, como también las luchas ideológicas tremendas que hay: toda la ética del provecho propio puede servir para construir un esperpento. Y, algún día, lo haré.

– ¿Cómo esta situación en España se inserta en un contexto global más extenso?
– Occidente se fue al carajo en 2001 con la caída de las Torres Gemelas porque con la reacción maniqueísta a este ataque se liberaron los discursos del miedo que habían estado contenidos por la ilustración posterior a la Segunda Guerra Mundial. Ahora, de nuevo, el mundo se divide en buenos y malos; la pertenencia a segmentos sociales o a ideologías está radicalizada. El populismo, que ahora está en todas partes, apunta hacia las emociones y aprovecha las heridas no cerradas de la historia, como (en el caso español) la Guerra Civil y las diferencias de clase. Uno de los grandes retos de la actualidad es entender que las ideologías que usan los partidos políticos son herramientas de poder, solo buscan conseguir votos y no pretenden la construcción de una sociedad. Si los partidos políticos europeos se reunieran en los valores nos daríamos cuenta de en cuántos asuntos básicos estamos de acuerdo. Eso cambiaría las cosas.

– En poesía has escrito libros como Calles para un pez luna (2002), Cuadernos del hábito oscuro (2007) y Siete caminos para Beatriz (2014). ¿Este género te ayuda a escribir narrativa?
– No. La poesía es el principio del conocimiento; es escuchar la música que viene de una emoción o de una idea. Escribir un poema es el reflejo de lo que hay en un espejo y escribir narrativa va más allá del espejo, una novela es una multiplicación de espejos rotos. Pertenece al inconsciente colectivo como a la historia propia. Pero algo tienen en común ambos géneros: lo que hace que un texto sea poético es cazar algo que no existe y traerlo al lenguaje; también en la novela cazamos un mundo que antes no estaba y lo codificamos por primera vez en el lenguaje; lo que pasa con la novela es que los modos del discurso son mucho más amplios.

@michiroche

viernes, 11 de noviembre de 2016

Zanjar el poema


“Ay las palabras, esas masas
líquidas que se desbordan en el mapa”
La zanja, Nuria Ruiz Viñaspre (2016)


La escritura es el surco en la tierra sobre el que se levanta el edificio del pensamiento. Y este enunciado encuentra su más bella formulación en el poemario más reciente de Nuria Ruiz Viñaspre, La Zanja. El décimo primer libro en este género que escribe la autora de la Rioja abre con una cita de la poeta canadiense Anne Carson que redunda en la interpretación arquitectónica de la imagen metafórica de la zanja: “Si te adentras, si excavas, si te arriesgas a reconstruir”. He allí la definición más común de la zanja, la fosa larga y estrecha hecha en la tierra para echar los cimientos, transportar aguas o defender la siembra, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
La zanja
La zanja se divide en cuatro partes, cada una introducida por una cita que marca su universo lírico. El fundamento de la primera es el surco abierto hace miles e años por la Biblia, donde comienza a hacerse evidente cierto temperamento litúrgico en la palabra lírica de la autora. La segunda propone un tour de force entre el oficio de escribir y la deconstrucción de la propia escritura. La tercera hace más evidente el sentido crítico que Ruiz Viñaspre otorga a la experimentación con el lenguaje. Y la sección final del libro funciona como síntesis de las tres anteriores.
Lo que propone el libro de Ruiz Viñaspre es un uso más radical de la zanja, una experimentación con el lenguaje, a lo Gertrude Stein, que lo resignifica y zanja el camino a la vuelta a la subjetividad:
“ex-
-cavo
el poema”
En esta obra, que en 2015 se adjudicó la duodécima edición del Premio de Poesía César Simón, varios poemas construyen la relación entre ciertos aspectos litúrgico/religiosos y las noticias contemporáneas. Una cita de Ingeborg Bachmann que antecede a uno de los poemas da una pista de la relación entre la zanja, la franja y el mundo: “Gaza Zanja Franja. Aislada Gaza Zanja Franja. Zanja la bomba de muerte. Bomba que es veta de hombres, veta la veda de Gaza. Ay, los hombres y los nombres ¡qué ironía de hombres y nombres!”.
La cita funciona como bisagra entre los otros significados de la zanja a los que alude la poeta ganadora del XX Premio de Poesía Ciudad de Tudela (Navarra) en 2005 y del Premio Racimo de Literatura en 2014. Porque el DRAE nos dice que una zanja también es la arroyada producida por el agua corriente en la tierra. En el lenguaje metafórico esa imagen lo acerca a la herida. A la herida en el cuerpo de una mujer. Una herida como la imagen que describe la imagen del sexo femenino: una en la carne, dentro de la cual se siembra para luego levantarse otro universo de significado: la vida. O no:
“Quiero ser estéril. Como una silla estéril. Tener manos estériles. Un corazón estéril. Piernas estériles. Un sexo estéril. Y quedarme sin manos, ni sexo, ni corazón. Como una silla echada al sol. Ser espacio sentado en una silla. Así que ve, lengua dentro de mi boca, busca el lenguaje en aquella casa a la que se le han volado todas las sillas”.
El mundo lírico que excava Ruiz Viñaspre, también editora del Grupo Anaya y directora de la Colección eme (Escritura de mujeres en español), de Ediciones La Palma, se queda con el lector como los trabalenguas de la temprana niñez: hay algo en ese redescubrimiento del lenguaje que permite dotar al mundo de un nuevo significado.


@michiroche


jueves, 10 de noviembre de 2016

El íntimo brillo del terror


En un panorama editorial saturado de libros sobre la Guerra Civil Española, la primera novela de Nuria Labari brilla por tratar con una prosa elegante y sobria el mundo actual. El argumento de Cosas que brillan cuando están rotas se desarrolla la semana de los atentados terroristas en Madrid, después de que el 11 de marzo de 2004 estallaran una decena de bombas en cuatro trenes de la red de Cercanías. Labari conoce a fondo el hecho porque en aquella época trabajaba como periodista en el diario El Mundo. Sin embargo, la novela no hace ficción con la historia, hace algo mejor: establece la morfología afectiva de las personas que, como los lectores, estamos enfrentados a un mundo donde, a pesar de que el terror es un sentimiento de multitudes, los problemas siguen siendo los mismos asuntos íntimos que hace siglos: las relaciones con los otros, la soledad y la búsqueda de algo trascendente. Por eso, la autora advierte en la contratapa de la bella edición de Círculo de Tiza que, si bien toda la información que aparece en su obra es real, la historia que cuenta allí es pura ficción, “un viaje de la imaginación hacia una realidad movediza y llena de fisuras”.
Cosas que brillan cuando están rotas
La novela trata de un matrimonio que tiene problemas. Y, a la vez, muestra un mundo global donde si bien el nuevo sujeto político es la multitud, la estabilidad de la democracia es tan precaria como una bomba de confección casera. Ese es el valor de este libro. Cosas que brillan cuando están rotas establece una sutil relación entre los problemas íntimos de una pareja agobiada por el hastío mutuo y la desazón del mundo contemporáneo. La vida privada cuando la Historia explota en su seno. Eva Mago y Eric Ghisela llevan casi veinte años juntos, pero algo se ha roto entre ellos y no son capaces de entender qué; no pueden reconocerse en el otro ni en sí mismos. Así que Eric se va con su hija a Berlín, la ciudad donde él pasó años idílicos de la juventud con Eva; quiere tomar la distancia para que su mente analítica haga cuadros comparativos y proyecciones de riesgos sobre las carencias de su relación de pareja. Mientras tanto, a Eva le toca cubrir las secuelas del ataque terrorista en Atocha: recoger estadísticas de muertos, buscar declaraciones de los sobrevivientes y entrevistar a la familia de Jamal Zougam, el primer detenido con relación al ataque del 11M. “En tu última carta escribes preocupada de que vivimos en un país donde ni siquiera te apetece votar. No sé qué decirte. Me parece más grave vivir en una casa a la que no te apetece volver”, explica en un correo electrónico Eric, desde su hotel en Alemania: “Empezamos por aceptarlo todo entre nosotros. Y terminamos siendo cómplices de todo lo que nos rodea. Los políticos no son responsables de eso”.
“Se puede tener todo y también que la vida no sea suficiente”
En el contraste entre la familia del terrorista Zougam y el trío que forman el matrimonio con su hija, Clara, la novela llega a su momento de mayor lirismo. Porque el brillo de la desgracia individual dentro de la opacidad del terror generalizado apunta a una realidad fragmentada. “No se trata de que los terroristas vengan de una familia desestructurada o violenta, reflexiona Eva, después de conversar con la madre del Jamal Zougam: “Tiene que haber una herida, una ruptura fundacional para que suceda algo así. En este caso, lo que está roto y desestructurado es el mundo. Los conflictos ya no pueden aislarse especialmente en un contexto como el nuestro, igual que no pueden encerrarse en el trastero los problemas de una familia. Todo está mezclado en los sistemas complejos”. El gran logro de Labari es la comprensión de que la oscuridad es más habitual que la luz y que aún en el caos las personas sin épica tenemos que hacer la vida mientras intentamos que el horror no nos venza.


@michiroche