jueves, 29 de septiembre de 2016

La imposible historia de esta generación

Éramos la generación de la síntesis porque no fueron nuestras las tesis autoritarias ni las antítesis de la supuesta liberación. Se suponía que teníamos lo mejor de ambas realidades. Pero Nirvana nos dejó sordos. Internet nos hizo abúlicos. Y algunos todavía estamos preguntándonos dónde está la bruja del Blair Witch Project. Antes, en la década de los noventa, todavía creíamos en la magia; éramos adolescentes y el futuro estaba para conquistarlo. Ahora, en la medianía de edad, la certeza de nuestra vulgaridad nos pesa una tonelada. No fue la crisis que barrió nuestras expectativas; es mucho más simple: no teníamos la medida de nuestros sueños.
La edad media escrita por Leonardo Cano recorre temas como estos desde tres hilos argumentales narrados (como si fuera la cartilla de conjugaciones del modo indicativo) en pasado, pretérito imperfecto y presente, tiempos que protagonizan el hijodelRana, Fauró y Moya, compañeros del Colegio el Bosco, “un trío al que no podías parar de meterle pescozones”.
La edad media
La narración en pretérito perfecto describe el imperativo de convertirse en alguien; es un bildungsroman que a ratos es la crónica escolar del hijodelRana. “Y, al menos, el abuelo de Moya había regalado a los Salesianos el terreno del pabellón acristalado, y a Fauró solía recogerlo su madre en un Mercedes 500SL color berenjena porque su marido andaba siempre de congreso, pero el muy hijodelRana estaba gratis en el Bosco por su padre”, escribe el autor murciano. Resulta una verdadera proeza que en esta primera novela pudiera mantener la conjunción copulativa “Y” al principio de cada párrafo cada vez que se refiere a la historia del pequeño que quiso estudiar Aeronáutica pero que terminó convirtiéndose en un reconocido abogado. Así construyó una metáfora: igual que la “y” une cláusulas, los breves momentos de maduración sirven para encadenar una serie de acciones sobre las cuales no tenemos control.
Donde resulta más interesante la experimentación es en el caso de la relación entre Fauró y Julia, cuyos detalles conocemos a través de los mensajes de correo electrónico que intercambian. Es el pretérito imperfecto, el tiempo de la nostalgia que no termina de acabarse. Allí el autor toma la decisión más arriesgada: mantener la escritura errática que usamos en redes sociales. Al principio resulta un choque, pero luego no es muy raro y sirve para acelerar la trama. Walter Ong la llama “la segunda oralidad”, propia de la comunicación digital, donde aunque la comunicación ocurre por escrito tiene la torpe inmediatez del habla coloquial.
A estos dos hilos narrativos se le añade el presente. Está ambientado en una oficina del Ministerio de Justicia donde el anonimato de los funcionarios se signa porque apenas se les nombra con una letra. Moya se convierte en M, que “ha aceptado destinos entre todas las ramas del Derecho conocidas y fue destinado a la selección civil de esta oficina judicial hace menos de un año”. En otras palabras, se ha convertido en un hombre que ejerce lo que le toca, pero sin un apego mayor por su trabajo. Ni por nada más.
Los tres tiempos coinciden en la “Cena del Quince Aniversario de Promoción del San Juan Bosco”, donde los personajes no encontrarán el significado de su medianía de edad, sino un cúmulo de preguntas. He allí la gran realización de nuestra generación: que los finales felices no solo no existen sino que son imposibles.

Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


miércoles, 28 de septiembre de 2016

Marco Aurelio, nuestro prójimo II

Filósofo que encontró en el mundo antiguo su campo de investigación, Pierre Hadot (1922-2010) es autor de textos-joyas como Plotino o la simplicidad de la mirada y La filosofía como forma de vida. La ciudadela interior es un metódico y excepcional estudio de las Meditaciones de Marco Aurelio.


Escribir como ejercicio espiritual

Inscritas en el pensamiento estoico, las “Meditaciones” son demostraciones, ejercicios espirituales que responden a las tres disciplinas, a las tres actividades primordiales del alma: el juicio, el deseo y el impulso a la acción. Cada una de las ‘hypomnématas’, de las notas que la componen, se refieren a una o a más de una de estas disciplinas: ellas responden a un sistema conceptual, aun cuando  su comprensión no constituya un requisito para leer a Marco Aurelio.
La ciudadela interior
Lo que el libro de Hadot añade es un marco de claves y referencias de todo cuanto subyace en las Meditaciones. Demuestra que se trata de variaciones sobre un número reducido de temas y explica por qué Marco Aurelio regresa a las mismas fuentes de pensamiento. Más que escritura que pretende ‘fijar’, lo esencial para el Emperador-filósofo era la ejercitación, volver a formular, escribir otra vez. Las anotaciones no son espontáneas, sino el resultado de un programa basado en la acción de escribir: de volver a escribir. Por ello están citados o incorporados los pensamientos de autores como Epícteto y muchos otros.
Esa sensación que experimentamos, de que cada “meditación” acaba-de-ocurrir, proviene de la concentración en el presente, que es uno de los dogmas estoicos: “Quien ve las cosas presentes ya ha visto todo, cuando ha sucedido desde la eternidad y cuanto sucederá indefinidamente: todo es del mismo género y especie”. Pero también de la práctica de Marco Aurelio de otro de los dogmas del estoicismo: la coherencia, del acuerdo moral consigo mismo.
En numerosas de estas notas, el Emperador-filósofo hace patente “la exterioridad absoluta de las cosas exteriores”, con lo que se aproxima a la cuestión de lo vano y lo efímero: “Todo cuanto ves pronto se destruirá y los que ven cómo esto se destruye, pronto también serán destruidos”. Esa exterioridad está impedida de afectar el discurso interior, que sigue siendo libre. “La ciudadela interior” es justo esa condición infranqueable, “el reducto inviolable de la libertad”. Delimitarse, circunscribir el yo, aprender a deslindarse de las cosas, distinguir entre el yo y la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, reconocer que toda falta implica una contradicción, ejercitarse en la separación del presente del pasado y del porvenir, el beneficio de ir al detalle, al presente de cada experiencia: “La mayoría de los hombres no viven, porque no viven en el presente, sino que siempre están fuera de sí mismos, alienados, empujados hacia atrás o hacia delante por el pasado o el porvenir. Ignoran que el presente es el único punto donde son de verdad ellos mismos, libres, el único punto también que nos da, gracias a la acción y a la conciencia, acceso a la totalidad del mundo”.
Del ánimo de Marco Aurelio
A menudo se repite que Marco Aurelio es uno de los maestros pensadores del pesimismo (de hecho, Schopenhauer lo leyó con devoción). Más preciso sería señalar, como advierte Hadot, que su ocupación consistía en ver las cosas en su realidad desnuda, en tomar distancia de falsos valores como la mezquindad y la vileza. Marco Aurelio promovía la actuación seria (con el alma; para un fin razonable; actuación concentrada, no dispersa), separada de la intención: las buenas intenciones no fracasan: fracasan las acciones. El que actúa debe hacerlo a favor del bien común. El destino debe ser consentido, lo cual no equivale a resignación. Y el que se haya ocupado de forma insistente en pensar la muerte (recordando a los desaparecidos, haciendo patente la proximidad de la muerte y la fragilidad de la vida), no solo es la proyección de su biografía, sino que es expresión de algo esencial: los ejercicios espirituales, a fin de cuentas, son un modo de prepararse para morir.
Uno de los dogmas del Estoicismo, la cuestión de la serenidad ante los problemas del mundo, desafió a Marco Aurelio: como bien han documentado los historiadores, sus años como Emperador fueron  duros e incluso terribles (de hecho, más de uno le ha endilgado la responsabilidad del declive del Imperio, y alguno como Augusto Fraschetti, le ha acusado de actuar de modo feroz a contracorriente de las ideas volcadas en las Meditaciones, tanto en lo militar como en la persecución de los cristianos).
Estos debates, que han ocupado a historiadores y a los que buscan encontrar en las obras el retrato fiel de sus autores, no impiden reconocer la fuerza y recurrencia con que el prójimo protagoniza las Meditaciones. Si a un establecimiento ofrenda Marco Aurelio sus anotaciones, ese establecimiento es el del prójimo (con lo cual la idea de amar al semejante no podría considerarse una invención exclusiva del cristianismo, sino también del estoicismo).
Pero tampoco ciegan el asombro, la sensación de luminosidad, de lucidez próxima que nos produce leerlo hoy. Algo en estas anotaciones parece responder a las preguntas de nuestro siglo XXI. En dos párrafos distintos, que ofrezco aquí al lector de forma consecutiva, Pierre Hadot lo sintetiza así: “En la literatura universal encontramos muchos predicadores, aleccionadores, censores, que dan lecciones morales a los otros con suficiencia, ironía, con cinismo, con acritud, pero es extremadamente raro ver a un hombre ejercitándose a sí mismo para vivir y pensar como un hombre”. Su extraordinaria potencia radica en esto: “Se habla a sí mismo, pero tenemos la impresión de que se dirige a cada uno de nosotros”. Y agrego yo: nos habla a cada uno de nosotros, aquí y ahora. 

(Presiona aquí para leer "Marco Aurelio, nuestro prójimo I")

Nelson Rivera
@nelsonriverap

martes, 27 de septiembre de 2016

Rebeca García Nieto: La capacidad de cuestionar las cosas no está bien vista

Rebeca García Nieto es psicólogo clínico y durante varios años trabajó en el departamento de Psiquiatría Infantil del hospital público Bellevue de Nueva York. El impacto de ejercer la medicina en esa megápolis produjo en esta autora nacida en 1977 en Medina del Campo un efecto tan intenso que, para tranquilizarse, comenzó a tomar notas sobre el sistema de protección de menores de la ciudad, que describe como “absolutamente kafkiano”. Al principio solo quería dotar de sentido a lo que veía, sin saber muy bien a dónde la llevaría y el resultado fue la novela Eric, que resultó finalista del premio Azorín de Novela en 2012 y el año pasado se publicó en Zut Ediciones. Como no para de trabajar, por estos días puede encontrarse en las librerías su más reciente obra, Las siete vidas del cangrejo, un libro a medio camino entre la colección de relatos y la novela coral. En la caracterización de los personajes que construyen sus narrativas, García Nieto echa mano de su entrenamiento médico, que la ha enseñado a “tener oído”, porque en consulta “se escuchan formas diferentes de hablar, de sufrir, de tener miedo y hasta de odiar”. Y es que, como decía Jean Jacques Lacan, “la verdad tiene estructura de ficción”. Y qué duda cabe que es por esa razón que la buena literatura nos parece más real que la vida.
Rebeca García Nieto 

– También escribes reseñas para varios medios impresos, ¿cuál crees que es el valor de una reseña en el cambiante mundo editorial en el que nos movemos?
La crítica literaria cumple una función importante, siempre que sea independiente. Se publica mucho y son necesarios los filtros. En los tiempos de Goodreads, donde todo se reduce a los números, las reseñas razonadas son necesarias. Pero para que tengan valor tienen que ser desinteresadas. Los suplementos culturales de los grandes periódicos están en entredicho, pero tampoco es oro todo lo que reluce en el mundo de los blogs. Hay lectores editoriales que no dudan en reseñar los libros y entrevistar a los autores de la editorial para la que trabajan. Y luego están los amiguismos, que constituyen un capítulo aparte.

– En Eric adviertes lo inconveniente que resulta olvidarse del pasado. ¿Crees que la crisis económica del presente es también de ls cultura?
Hay una crisis de valores en general. La cultura ha perdido su antigua importancia. Antes escritores como Thomas Mann, Heinrich Böll, Albert Camus, Jean Paul Sartre o Simone de Beauvoir eran referentes en su país. Ahora, las opiniones de los escritores no tienen el mismo peso. Tampoco digo que tengan que tenerlo, sólo creo que es importante mantener un pensamiento crítico, tener la capacidad de cuestionar las cosas, y la literatura puede ser muy útil en ese sentido. En la situación actual, con los recortes a la Cultura, y la filosofía enviada al rincón de pensar por la reforma educativa, no parece que las cosas vayan a cambiar. Al contrario. Igual soy un poco paranoica, pero parece que esa capacidad de cuestionar las cosas no está bien vista.

– ¿Sientes que la escritura comprometida con nuestra época está obligada a la reflexión sobre temas como los refugiados y la lucha contra el terrorismo, entre otros?
– El 11 de spetiembre marcó un antes y un después, en Estados Unidos y en el resto del mundo. La Nueva York que he conocido es una NY obsesionada por la seguridad, lo que no deja de ser lógico hasta cierto punto teniendo en cuenta lo que pasó. Las autoridades ven amenazas por todas partes y eso se nota en el día a día. Por desgracia, el terrorismo se ha convertido en el pan nuestro de cada día también en Europa, y la reacción ante esta amenaza está siendo similar en algunos aspectos. El miedo a lo extranjero es evidente en el caso de los refugiados. Las escenas que vemos por la tele nos recuerdan a otros campos de Europa y a épocas remotas en que se mantenía apartadas a las personas que tenían una enfermedad. Debe de ser una reacción al miedo típicamente humana, pues ha pasado en diferentes épocas y lugares. Desgraciadamente, estas cosas no pasan sólo en las novelas. No creo que un escritor esté obligado a escribir sobre ello, pero siendo el telón de fondo de la época que nos ha tocado vivir, no me extraña que el tema aparezca de un modo u otro en la ficción.

– ¿De qué manera crees que los valores de Estados Unidos sintetizan los de la culturaoccidental?, ¿cómo crees que afecta eso a la comprensión de nuestra época?
El capitalismo es la religión mayoritaria en ambos continentes. También aquí somos muy devotos del dinero, y muy practicantes. Otro aspecto muy americano que hemos importado es el political correctness. Si también nos reprimimos al hablar, si toda expresión de malestar o de discrepancia es “inaceptable” (una de las palabras favoritas de los americanos), mal vamos. Lo que se reprime de forma irracional acabará saliendo elevado a la enésima potencia y de la peor manera posible. El fenómeno Donald Trump es un ejemplo de ello. En 1984, George Orwell dice que “cada año habrá menos palabras, así el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño”. Como sigamos considerando que tal o cual palabra es inapropiada o inaceptable, nuestro pensamiento será cada vez más limitado. Llegará un momento en que no tengamos con qué pensar o que sólo podamos hacerlo de una forma socialmente aceptada. En mi novela, Eric no deja de hacer preguntas, de cuestionar todo lo que le rodea. Eso no les hace ninguna gracia a los adultos, así que acabará optando por no hablar.

Michelle Roche Rodríguez

@michiroche

jueves, 22 de septiembre de 2016

Eric suena a historia y aislamiento

¿Cuál es la importancia de asumir el pasado para construir el futuro?, ¿quiénes somos cuando no somos nosotros mismos?, ¿cómo la biografía íntima reproduce la historia universal?, ¿es la violencia de nuestra época el resultado de un choque de culturas?... Son algunas de las preguntas que se formula el lector durante la lectura de la segunda novela de Rebeca García Nieto, Eric.
Eric
La obra lleva el nombre del personaje protagónico pero referencial que funciona como la metáfora en el núcleo del argumento. Eric es hijo del matrimonio entre una judía estadounidense que reniega de su religión y un científico austríaco que se arrepiente de la historia europea. El primer giro dramático lo establece la sospecha de que el niño sufre un trastorno neurológico cercano al autismo. “Para Eric era casi imposible ponerse en la piel de otras personas”, explica el padre parafraseando el diagnóstico que hace el consejero de colegio: “Habló de las neuronas espejo, de cómo, cuando vemos a alguien haciendo algo (dar un brinco, por ejemplo), se activan en nosotros las neuronas necesarias para realizar esa acción”. Pero Franz no puede aceptar lo que le dicen de su hijo y prefiere pensar que su condición se articula como resistencia al entorno en que habita. “Eric era un espejo del mundo que le rodeaba: su colegio, sus vecinos, nosotros. (…) Era el reverso del niño que todos querían que fuese”, ironiza el padre cuya narración en primera persona ocupa las tres cuartas partes de la novela.
Eric es un poco como el individuo contemporáneo, incapaz de establecer lazos con el resto de sus congéneres. Y un segundo giro dramático comprueba esta hipótesis cuando en la ciudad donde viven, Nueva York, brota una peste que nadie atina a describir. Porque el lector descubre cuando la trama está avanzada que la novela de la autora nacida en Medina del Campo en 1977 narra una distopía. En ese género resulta más evidente la ironía política que parece el subtexto que García Nieto quiso crear en esta obra donde la alegoría tomo protagonismo. Como es de esperarse, el brote saca lo peor de cada ciudadano. Mientras los vecinos en Astor City, la comunidad de élite donde habitan Eric y sus padres, los aíslan o hacen lo posible por expulsarlos de allí, las autoridades policiales de la zona practican métodos fascistas como la segregación, la reclusión en campos aislados y la violencia sistemática para calmar el terror de la población ante la amenaza sanitaria. Este contexto permite interpretar el nombre de Eric, que “suena como aire, al menos en inglés”, como la metáfora de quien, igual que el viento, no encuentra asideros en el mundo material.
La condición del niño es peor que el autismo; lo trasciende y es producto de su familia balcanizada. Porque Franz no desprecia la historia del continente donde nació de una forma abstracta sino localizada en las personas de su familiares: la ciencia que practica, la astrofísica, mira hacia el cielo en abierta oposición al oficio de su padre, que se fundamentaba en revolver las entrañas de la naturaleza, porque era enterrador. Y Cindy (la madre de Eric) no desprecia las enseñanzas de su religión, sino una manera de vivirla. “Algunos judíos sacan a colación el Holocausto hasta para contar chistes”, se lamenta.
Como el tiempo en el que vive, porque la autora no nos dice en qué año ocurre esa distopía que a ratos el lector encontrará demasiado familiar, Eric simboliza su tiempo histórico. “Un niño necesita tener una vida antes de su nacimiento. Necesita un pasado, unas raíces familiares. De lo contrario, tendrá que apoyar a lo pies en un vacío. Y así es imposible no perder pie”, le explica el médico a Franz. Y, ¿qué puede esperarse de un chico que crece incomunicado con su pasado? Lo mismo que puede esperarse de una comunidad distanciada de su historia: nada.
  
Michelle Roche Rodríguez
@michiroche


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Marco Aurelio, nuestro prójimo I

Filósofo que encontró en el mundo antiguo su campo de investigación, Pierre Hadot (1922-2010) es autor de textos-joyas como Plotino o la simplicidad de la mirada y La filosofía como forma de vida. La ciudadela interior es un metódico y excepcional estudio de las Meditaciones de Marco Aurelio.

Como algo que florece ante nuestros ojos. Como si tuviese la propiedad de volver siempre como novedad. Como si cada relectura fuese una primera lectura. Lo leemos y lo sentimos en las inmediaciones. Merodeando a nuestro alrededor, hablándonos. Cuesta hacerse a la idea de que las Meditaciones fueron escritas hace casi dos milenios. Cuesta ajustarse a la idea de que Marco Aurelio no es un hombre de nuestro tiempo. Y que, en lo esencial, no se dirigía a nosotros, sino a sí mismo.

Pierre Hadot reubica a Marco Aurelio (121-180). El Emperador-filósofo vivió en una esfera mental muy distinta a la nuestra. Su escritura, y esto es medular, era ejercicio espiritual, realizada con reglas bien definidas. Las Meditaciones no son una sucesión de notas espontáneas. A menudo repetía, con variantes, los pensamientos que derivaban de su condición de estoico.
No dictaba: escribía por sí mismo, en griego, que era la lengua de los filósofos. Como se ha dicho: quizás no haya habido otro hombre que haya sido preparado como él para gobernar el Imperio romano. Tuvo maestros decisivos. A la edad de 39 años se hizo Emperador y, de inmediato, asocio al imperio a su hermano adoptivo, Lucio Vero. En funciones, le tocó dirigir campañas militares, actuar ante catástrofes naturales, hacerse cargo de las luchas políticas, padecer la muerte de seres amados.
La ciudadela interior
Marco Aurelio fue un prototípico filósofo de la Antigüedad: llevaba una particular forma de vida (Hadot se extiende sobre este tema en su libro La filosofía como forma de vida). Tenía 25 años de edad, aproximadamente, cuando Junio Rústico, su amigo y tutor de conciencia, lo introdujo en las enseñanzas de Epícteto, el filósofo-esclavo, y le inculcó la bondad de lo simple, de la escritura despojada, lo que contrariaba las prédicas de la retórica y la elocuencia. Hadot demuestra que las Meditaciones provienen, sobre todo, del influjo de Epícteto (errata naturae editores ha publicado este 2015 una preciosa edición que contiene el Manual de Epícteto y un estudio de Hadot).

La corriente estoica
Una vida conforme a la naturaleza: como bien señala Hadot, cuando en marzo de 161 Marco Aurelio se convierte en Emperador, el pueblo de Roma sabe que su nuevo gobernante es un filósofo que se asume a sí mismo como estoico, de la estirpe de Cleantes, Zenón, Crisipo y Epícteto (el análisis de las Meditaciones revela que Marco Aurelio conocía más textos de Epícteto de los que han llegado hasta nosotros). Las Meditaciones no tenían título alguno (Hadot expone un detallado recuento de los muchos títulos que ha tenido y han sido fuente de especulaciones sobre su carácter y estructura): que son fragmentos de una obra mayor que se perdió; que son fragmentos de una obra que no llegó a escribirse; que era una especie de diario en el que el Emperador consignaba sus pensamientos y preocupaciones.
Hadot precisa: eran ‘hypomnématas’, notas personales y privadas, que no tenían como finalidad ser publicadas. Escritura del día a día. Variaciones del estado espiritual de su autor. Salvo el libro I (la más perfecta secuencia de gratitud que haya leído) las anotaciones de los libros II al XII tienen distinta extensión y no parecen guiadas por una lógica evidente: a veces describe sus propios defectos, reflexiona sobre cuáles podrían ser las mejores conductas, recuerda a personajes que han tenido alguna significación, vuelve una y otra vez a la cuestión medular de la fragilidad y la condición mortal del ser humano (que las Meditaciones hayan llegado hasta nosotros es otro milagro, a lo largo de los siglos, cuyo proceso es desconocido).
Además de las dos señaladas (las escribió para sí mismo; las escribió día a día), la tercera ‘certeza’ de Hadot es que las notas fueron escritas de acuerdo a “una forma literaria muy refinada”, el resultado de ejercicios espirituales, inscritos estos en el dogma mayor del estoicismo: solo el bien moral, la virtud, es un bien; solo el mal moral, el vicio, es un mal. De este enunciado mayor surgen muchos de los principios (kephalaia) que se exponen en las Meditaciones: existe lo que depende de nosotros y lo que no depende de nosotros: de ello se deriva que solo de lo que depende de nosotros puede estar bien o mal; el hombre es autor de su propia turbación, que se origina en el modo en que se representa las cosas; a su vez, de lo anterior se desprende esto: todo es juicio, es decir, todo está sujeto al modo en que nos representamos la realidad.
Está el dogma que sostiene la unidad, la racionalidad del mundo: todo se origina, llega, metamorfosea y se repite conforme a la voluntad de la Naturaleza Universal, incluso los sufrimientos y la maldad humana. Así, todo es destino. El hombre no es más que un componente en la inmensidad de la Naturaleza, en la infinidad del especio y del tiempo. En la inmensidad, la vida tiene una duración minúscula. Las cosas son ‘homoeidis’: se repiten hasta el infinito y ninguna cosa es extraña a otra, existen encadenadas las unas a las otras. Aspirar a la gloria es vano. Otro dogma que se contrapone al credo platónico: no hay oposición entre la racionalidad y la irracionalidad, ambas están sometidas a la capacidad de juicio del ser humano, a la disciplina de asentimiento.

Nelson Rivera

@nelsonriverap

martes, 20 de septiembre de 2016

Nacho Padilla: leer para saber y contar para reescribir

Una manía que tuvo Ignacio Padilla en la niñez delataba su temperamento de escritor: le gustaba cambiarle los finales a las Fábulas de Esopo. Ya desde entonces intuía que, en la narrativa breve, la última palabra es fundamental. En aquel gesto se revelaba un cuentista nato, el mismo que en los últimos años de su vida acarició la concreción de una “Micropedia”, una tetralogía de colecciones de cuentos temáticos que comenzó con la escritura de Las antípodas y el siglo hace unos veinte años. A este le siguieron El androide y las quimeras, en 2008, y Los reflejos y la escarcha, en 2012. Cuando murió el pasado 20 de agosto, como consecuencia de un accidente de tránsito en la vía hacia Guadalajara, ciudad ubicada en el occidente de México, le faltaba por publicar la última parte de ese proyecto: Lo volátil y las fauces, aunque gracias a la editorial Océano de México ya había visto luz un adelanto titulado Las fauces del abismo.
Nacho Padilla, FIL 2014
©FotoFIL/Natalia Fregoso
“He querido ser escritor desde que comencé a ser lector”, me dijo en la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara en la que coincidimos. No dudo que en la próxima edición de ese evento su ausencia será enorme: no solo era el organizador del encuentro anual de cuentistas que convoca la FIL, sino que era frecuente encontrarlo en mesas de académicos, dramaturgos, conocedores de arte o coleccionistas de objetos, que son algunas de las muchas áreas por la que se extendía su conocimiento. Por cierto, todos esos oficios se alimentaban de su pasión vital que era la escritura: “No se decir cómo, pero sí se decir cuándo supe que era escritor. A los ocho años comencé a escribir una novela, porque quería causar en los demás la misma maravilla que estaban causando en mi los libros”. Pero como era un hombre tocado por la paradoja, también en ese género fue un cuentista. Una vez me contó que sus novelas –entre ellas Amphitryon, que ganó el Premio Primavera Novela en el año 2000, y La Gruta del Toscano, que fue Premio Mazatlán de Literatura en 2006– en realidad eran “cuentos que se le habían ido de madres”. La frase se quedó conmigo porque me temo que he vivido algo similar.
La soltura de “Nacho” –como lo llamaban sus amigos– no era solo en la narrativa, también destacaba en el ensayo. Su obra La isla de las tribus perdidas ganó la tercera edición del Premio Debate-Casamérica. Allí analizó lo que entre esas mismas páginas llama “el enigmático divorcio entre América Latina y el mar”, que configura interesantes temas literarios como el disenso entre los personajes y el mundo natural, su propensión al aislamiento y esa “cultura del obstáculo” en la cual se construyen nociones de heroísmo a partir de la relación entre la humanidad y la naturaleza. “Procuro que mis ensayos sean lo menos académicos posible, creo que este género debe ser lo que era en su origen, uno escrito en primera persona; esto no se trata de poner citas farragosas ni investigaciones exhaustivas, sino de hablar desde lo que uno quiere entender”, me explicó en vísperas de la presentación de ese libro en 2010. El año anterior había resultado ganador en otra competencia en ese género que se celebra en España, el Premio Málaga de Ensayo, con La vida íntima de los encendedores. En ese texto estudió la avidez animista por la cual, incapaces de prescindir del pensamiento mágico aún en la posmodernidad, los humanos atribuyen alguna forma de vida a los objetos.
Roberto Bolaño fue el último de los dodos”
Aún si no fuera por los premios que ganó en narrativa y ensayo, Nacho será recordado como un personaje fundamental de la sacudida en la literatura latinoamericana que fue la Generación del Crack a finales de los años 90, donde también estaban Jorge Volpi, Pedro Ángel Palau, Eloy Urroz y Ricardo Chávez. “Lo ocurrido en esa época liberó a nuestra generación de una literatura que estaba haciendo daño por su anquilosamiento imitatorio y porque se había olvidado de los grandes maestros”, explicó hace un lustro en una cena con un grupo de amigos, donde definió al Crack como una parte de una generación mayor de ruptura que había nacido como reacción a la tendencia que entonces había en el estamento literario y editorial de su país a clasificar a best-sellers, tipo Como agua para chocolate de Laura Esquivel, como el trasunto del Boom Latinoamericano en México. Años más tarde, en una entrevista, puntualizó: “Tanto McOndo como el Crack fueron parte importante, si bien no exclusiva, de la renovación de las letras latinoamericanas de aquella época y coincidió con una renovación de la industria editorial española que se cansó de sus propios demonios mágico-realistas. El lector decidió. Pero además apareció el eslabón perdido de la literatura latinoamericana: Roberto Bolaño. Él fue el padre que no habíamos tenido. Bolaño fue el último de los dodos”.
Nacho era el historiador de su generación. Este título no lo merecía por ser un Crack con silla en la Academia Mexicana de la Lengua, sino por su memoria privilegiada que podía recordar detalles insólitos, a los que Volpi llama los “datos Nachito”. Y esa vocación enciclopédica era el resultado de un gusto diverso y omnívoro por la lectura. “Crecí con el pernicioso culto al libro-objeto que tenemos en México”, me dijo un día: “Somos un país que no lee pero que venera al libro como un objeto mágico, que no hay que tocar, leer ni desempolvar. ¿Qué tontería, no? De unos años para acá he aprendido que los libros existen para reescribirlos”.
Y en eso se le fue la vida a Nacho: leyendo y reescribiendo. Por eso, le echaremos de menos.

@michiroche

Más información del autor: http://www.colofonrevistaliteraria.com/2015/07/ignacio-padilla-los-libros-de-cuentos.html

jueves, 15 de septiembre de 2016

Rushdie: sujeto, libertad, laberinto

Hay un tema filosófico en la más reciente novela de Salman Rushdie, Dos años, ocho meses y veintiocho noches donde me gustaría detenerme: la intersección entre el mundo mundo “real” y la fantasía. Más que lo inexplicable en sí, al autor le interesa su irrupción en el mundo real. La deconstrucción de los opuestos real/fantástico; el colapso de lo prodigioso sobre lo científicamente predecible; el maridaje entre lo racional y lo inexplicable, están en la novela desde el principio. Allí se relata la unión entre Dunia, una yinnia llegada a la tierra desde el mundo maravilloso de las hadas, y el filósofo racionalista Ibn Rushd (Averroes), la cual origina una larga descendencia, la Duniazada, a la que pertenecen los personajes principales. Híbridos de madre sobrenatural y padre humano, estos sujetos sufren “la maldición de estar desfasados respecto a Dios, siempre adelantados o retrasados respecto a nuestra época, quién sabe; de ser veletas y mostrar cómo sopla el viento; canarios de mina, que morimos para demostrar que el aire es venenoso, o bien pararrayos a quienes la tormenta golpea primero; de ser el pueblo elegido al que Dios aplasta con su puño para convertirnos en ejemplo cada vez que quiere mandar algún mensaje”.
Dos años, ocho meses y
 veintiocho noches 
La “Era de la extrañeza” que describe Dos años, ocho meses… se caracteriza por la violenta intervención de lo extraordinario en el universo cotidiano. Una clave que nos permitirá comprender lo extraordinario en esta magnífica novela puede encontrarse introducción a Arriesgar lo imposible, la extensa entrevista que le realizara a Slavoj Zizek Glyn Daly. Allí académico sintetiza la genealogía de las principales líneas de pensamiento del filósofo esloveno, influenciado por el idealismo alemán y el psicoanálisis lacaniano: “… el tema central de Zizek es el de cierto fallo/exceso en el orden del ser. (…) Para Kant, esta es la dimensión del <mal diabólico>, mientras que para Schelling y Hegel es la <noche del sujeto> y la <noche del mundo>, respectivamente”.
¿Qué significa esto? Que al sujeto le es imposible adjudicarse una identidad fija. Somos como una rosquilla: de consistencia sólida, pero huecos en el centro. Ahí reina una eterna noche o, como diría Jean Paul Sartre, la nada. Podemos dar en torno a nosotros mismos tantas vueltas como queramos, pero jamás podremos fundirnos íntimamente en un abrazo que llene nuestros vacíos. Para compensar esto se pone en movimiento la maquinaria de nuestra subjetividad. Dicho con otras palabras: porque desde un principio no puedo hallarme, dedico mi vida a buscarme, a movilizar mis deseos, desde levantarme de la cama hasta encontrar la pareja perfecta.
Daly nota que la maquinaria del deseo es incesante. No bien he conocido París, me entran ganas de viajar a cualquier otro lugar: Singapur, Kazakstán, Playa del Carmen. Si la relación con mi pareja es perfecta, tranquila y rebosante de felicidad, empiezo a sentirme aburrido y me aguijonea la tentación del adulterio. Porque el deseo y los objetos de los cuales este se prenda están marcados por una paradoja: son cadenas de significantes (señuelos, espejismos) cuya función es mantener al sujeto ocupado en una búsqueda que, como dije, de antemano está condenada al fracaso.
Salman Rushdie
Pero hay una paradoja mayor: ¿de qué se trata exactamente esa identificación consigo mismo de la que está excluido el sujeto? En El ser y la nada, Sartre explica que la identidad perfecta solo está en objetos inanimados. No desean, no deciden, no dudan: simplemente son. ¿Y en qué momento de su existencia un sujeto se parece más a un objeto inanimado? Pues, cuando ha dejado de ser un sujeto para convertirse en un cadáver. Por eso, en psicoanálisis, a esa fuerza deseante que pone en movimiento el engranaje de la subjetividad se le conoce como “pulsión de muerte”: “Mefistofélicamente acicatea, siempre indomeñada, hacia delante –escribe Néstor Braunstein, experto en Lacan-. Pero su meta es conservadora, es la restauración de un estado anterior; en última instancia, el retorno al silencio de la muerte (…) Vidamuerte”.
El lector se preguntará a qué tiene que ver todo esto con la novela de Rushdie?. Pongamos atención de nuevo a las ranuras que comunicaban los mundos, porque allí está el punto de arranque de los conflictos en la novela, el borde del abismo desde el cual el relato se precipita furiosamente como una cascada. Sin ranuras, Dunia, la yinnia, jamás hubiera podido acceder al mundo de los mortales para unirse carnalmente con Ibn Rushd.
La ranura es un espacio que se abre paso a través de un cuerpo sólido y que acaba con la uniformidad del cuerpo. Introduce lo discontinuo y el defecto. Así, es posible postular la hipótesis de que, en el sistema discursivo de la novela, la imagen de la ranura funciona como una metáfora de ese fallo/vacío fundamental, imposible de llenar, que está en el origen del sujeto y que lo define como tal. Junto con los yinn a los que da entrada, la ranura simboliza ese “mal diabólico”, “noche del sujeto” o “noche del mundo” a las que se referían Kant, Schelling y Hegel.
Aunque Dos años… está cargada con referencias a los temas más importantes de nuestro mundo globalizado –masas de trabajadores migrantes desarraigadas, discriminación racial o por preferencia sexual, violencia étnico-religiosa y corrupción en las altas esferas del mundo de las finanzas–, su tema central no es ninguno en particular; los conecta a todos en la imagen del sujeto extraviado en su oscura noche, en su “Era de la extrañeza”, lacerado por la paradoja aparentemente sin salida de su “vidamuerte”. El personaje de Alexandra Bliss Fariña es un buen ejemplo porque se aferra tanto a la filosofía nihilista como a su pedazo de tierra, la mansión a la que su difunto padre bautizara como “La Incoerenza”. El nihilismo, al tiempo que le niega toda esperanza de trascendencia, le concede la seguridad de que nada cambiará, de que el mundo y su vida se mantendrán inalterables. Para su seguridad, se encierra en la mansión como una monja de clausura. Consagró su vida a la búsqueda de la inmovilidad perpetua, libre de alteraciones, de sobresaltos: ese estado de identificación consigo misma que es propiedad de las cosas o de la muerte.
Más que la batalla entre la Duniazada y los yinn malévolos, Dos años… es el relato de la agonía de ser sujeto en el mundo moderno y de comprender que la libertad individual consiste en un acto de equilibrismo psíquico que mantiene a nuestra conciencia a salvo del doble peligro de la tentación de la muerte y del círculo vicioso del deseo.

Daniel Abreu L.
  

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Extranjería y desplazamiento


En el libro El extranjero de Richard Sennet se suceden dos ensayos que abordan el exilio desde perspectivas y métodos diferentes, pero en ambos casos se refieren al “juego de la segregación del pluralismo” y a la necesidad de trascender la mera tolerancia para conseguir que la persona de una minoría sea legítima dentro de la sociedad. Con las palabras “terrorismo” y “fundamentalismo islámico” como corolarios de las relaciones entre los pueblos en la actualidad, la discusión sobre cómo tratar al inmigrante, qué significa ser un desplazado y cómo se articulan las identidades individuales y grupales en las democracias modernas es necesaria.
El extranjero
En el primer ensayo, titulado “El gueto judío de Venecia”, el sociólogo egresado del Massachusetts Institute of Technology aboga por llegar a la legitimación de los ciudadanos no solo a partir de la tolerancia, que pudiera terminar por segregar a quienes son distintos a los lugares cómodos para la mayoría que no se preocupa por entenderlos, y proclama que la verdadera legitimación ocurre cuando se entiende que el otro puede también ser similar.
Por medio de una exposición histórica de lógica inductiva, Senett centra su recorrido por la Venecia del Renacimiento en la relación que existía entre el lugar de residencia y los derechos civiles, porque lo considera un ejemplo de fracaso político que Occidente ha venido arrastrando durante años: “los pensadores de la Ilustración (…) creyeron ilusoriamente que lo social podía subsumirse en lo político”, pero esa ilusión se contradice con “las celebraciones de la cohesión social en sí misma, particularmente entre los grupos oprimidos”. Quiere decir con esto que los judíos fueron sujetos de la ignominia de los venecianos, como fue el triste testimonio del pogromo de 1636, porque si bien tenían los derechos verbales y espaciales de los venecianos, los judíos no fueron incorporados al funcionamiento del Estado. En otras palabras: fueron tolerados, pero no se les interpretó en función de su semejanza a los demás ni de sus aportes a la sociedad.
Menos efectivo en las metáforas con las que construye su planteamiento me parece el segundo ensayo, justamente del cual el libro toma su título, que comienza con la imagen del cuadro El Baile del Folies Bèrgere, pintado en 1882 por Édouard Manet con una perspectiva que al también fundador del New York Institute for the Humanities le permite comparar el desplazamiento óptico en el cuadro con el cambio de perspectiva de la realidad a la que se somete un inmigrante al entrar a una nueva sociedad. Se trata de un conflicto existencial en las culturas grecolatina y juedocrsitiana; entre “por un lado, los llamamientos de la verdad del lugar y los comienzos y, por otro lado, las verdades que se descubren al convertirse en extranjero.
Lo más importante de los ensayos de Sennett es que comprenden el desplazamiento del exiliado como algo distinto al fracaso. Prefieren racionalizarlo como un proceso que establece sus propias formas y posibilidades; el cual le puede permitir comprender a las personas que sufren esa experiencia no solo las características de las sociedades que han abandonado, sino también de aquellas donde están asimilándose. Así, el inmigrante le parece a Sennett un ciudadano útil para la comprensión de las sociedades porque su posición tiene el privilegio de pulular en el intermedio. Como no es ni una cosa ni la otra, el que está desplazado, puede entender con distancia tanto la cultura en la que habita, como la que ha dejado atrás.

@michiroche
  

martes, 13 de septiembre de 2016

Svetlana Alexiévich


#Imprescindible

Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2015, dijo esto en la Fundación Telefónica de Madrid. Se refería a lo más difícil de su trabajo: conseguir que la gente se eleve por encima del dolor para que pueda contar su historia.

viernes, 29 de julio de 2016

La nocturnidad de Hanni Ossott


Esdras Parra decía que en Hanni Ossott la poesía era una prolongación de su existencia. Sin embargo, la autora caraqueña nacida en 1946 la definía como “una entrega al tanteo” y citaba la frase de Rimbaud, “Yo soy otro”, porque es la otredad lo que ella encontraba en la literatura: una revelación al asombro del ser humano que guió su palabra lírica.
El 31 de diciembre de 2002 todo eso se apagó cuando sufrió un paro respiratorio y entró a la misma noche que durante tanto tiempo trató de entender. De ese “tanteo” surgieron poemarios como Formas en el sueño figuran infinitos (1976), Espacios para decir lo mismo (1974); Espacios en disolución (1976), Cielo, tu arco grande (1989), Casa de agua y de sombras (1992) y El circo roto (1996). Todos hilos que tejieron su aporte a la sensibilidad de su país, Venezuela. A pesar de que su primer poema publicado, “Sombra de las sombras”, data de 1964 y de que en 1972 ganó el premio único de la Segunda Bienal José Antonio Ramos Sucre, Ossott llegó a su madurez como poeta a finales de la década de los años ochenta, según ella misma declaró en las entrevistas a propósito de su libro El reino donde la noche se abre, en 1987.
Hanni Ossott
Su obra, que emerge desde lo ctónico y lo nocturno, como territorios propios de lo femenino, se caracterizó porque su palabra poética se alimentaba de la abstracción filosófica y prefería la oscuridad. “El poeta de la nocturnidad es el que habla desde los bajos fondos del ser. En él prevalece la intuición, lo oscuro. En el poeta diurno, como Valery o Borges por ejemplo, domina lo intelectual, la razón, lo histórico, el mito”, declaró al diario venezolano El Nacional a propósito de la publicación de su poemario. En la misma entrevista se refirió a su visión de lo femenino, particular en una época cuando las mujeres comenzaban a poblar la vida pública de su país y las escritoras estaban articulando sus voces en lo que era el variado pero masculino bosque de la literatura nacional: “Existe una escritura femenina. Una manera femenina de mirar, de entender el mundo y la realidad. Pero debo aclarar que lo femenino no es exclusividad de la mujer”. Y es que Ossot hablaba también como crítica literaria, pues aunque no era este un oficio que prefería al de poeta, produjo libros notables como Memoria en ausencia de imagen, memoria del cuerpo (1979), Imágenes, voces y visiones (1987) y Cómo leer la poesía (2002). Su obra, como se ve, es global, por eso aún su legado, ni en el ensayo ni en la poesía, ha terminado de medirse.

@michiroche