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Eloy Tizón, más que un Herido leve de la literatura

Herido leve es algo más que una impresionante colección de reseñas escritas a lo largo de treinta años de vida profesional articuladas en ocho “constelaciones temáticas” o “afinidades atmosféricas” como el autor de Velocidad de los jardines quiere hacernos creer. Se trata de una monumental declaración de amor a la literatura y del astrolabio preciso para determinar el origen de cada coordenada dentro de la obra narrativa de Eloy Tizón.

Producidos entre 1989 y 2019, la centena de textos reunidos en la publicación de la editorial Páginas de Espuma forman parte de su intimidad como escritor; son testimonio de sus años de formación como lector y de la cultura letrada que alimenta su obra, así como también de su evolución como intelectual. Son testimonio del cambio dentro del entorno literario en el que ha desarrollado su carrera. De hecho, como muestra de la volubilidad del mercado editorial, Tizón recuerda en el prefacio del libro que al revisar los textos incluidos allí se topó “con obras de autores publicados en las mejores editoriales, jaleados como imprescindibles por los suplementos culturales hace apenas tres décadas que hoy hemos olvidado y fulminado del canon por completo”.

Su entusiasmo de lector prestado a la escritura es la fuerza que arrastra de página a página, un poco como le pasó al mismo Tizón cuando en su adolescencia descubrió a Cien años de soledad: “[Nadie] te había explicado que escribir así fuese posible. Frase a frase, capa a capa, con esa música, con esa mística, con esa libertad eléctrica, dando rienda suelta a los saltos en el tiempo, narrando hacia atrás y hacia adelante”. Por eso cada constelación temática del libro establece un paradigma dentro de la totalidad de la obra del autor nacido en Madrid en 1969. A los textos agrupados en las tres predecibles afinidades atmosféricas de sus lecturas durante los años formativos, sus genealogías literarias, así como el catálogo de sus autores y autoras favoritos del mundo hispanohablante, agrupados respectivamente en “Intuiciones tempranas”, “Nudos familiares” y “Mentir en nuestro idioma”, le acompañan otras cinco secciones que podrían servir de lecturas recomendadas en los muchos talleres que el escritor imparte en España. La sección más destacable es “Equívocos fatales”, donde se encuentra, en textos de algo menos de mil palabras, lo mejor del Tizón crítico. Allí establece eficaces vínculos simbólicos y conexiones estilísticas entre autores de raigambres diversas, como hace, por ejemplo, en su análisis del cuento “El escarabajo de oro” de Edgar Allan Poe, donde señala un camino hacia la obra de Franz Kafka. “La distancia que media entre la literatura pre-moderna y la literatura moderna es la misma que media entre el escarabajo de Poe y el escarabajo de Kafka”, escribe el autor Técnicas de iluminación: “Siendo el mismo insecto, no pueden ser mas dispares. El primero es un objeto tornasolado y brillante, chapado en oro, lujoso. Samsa, en cambio, es un monstruo oxidado que cojea en los pasillos”.

Los “Bárbaros sofisticados” y los autores y autoras —porque en Tizón, por fortuna, no parece haber ceguera violeta— reunidos en el apartado “Tiempo de esmeralda” tienen la virtud de ofrecer a los lectores los grandes descubrimientos que Tizón ha hecho en tres décadas de lectura. Y no son pocos ni se refieren a cualquier nombre: allí se dan cita Marcel Schowb y Yukio Mishima o Cynthia Ozick y Veza Cannetti; John Berger y Alfred Döblin, Natalia Ginzburg y Alice Munro.

La enorme influencia de la literatura rusa en su narrativa queda cuidadosamente validada en la sección “Lámparas rusas” en donde además de los imprescindibles Antón Chéjov y Lev Tolstoi se dan cita artículos sobre las obras de Marina Tsvietáieva e Iván Turguéniev (a través del homenaje que le hiciera en Estampas rusas Moisés Mori). Es en los textos agrupados en “Todas direcciones” donde se revela un Tizón completamente distinto al cuentista, novelista y al narrador que imparte talleres. Muestra allí la brillantez de su pelambre de crítico. Habla con facilidad del canon y de la perdurabilidad literaria y no tiene problema en trazar las líneas genealógicas entre obras escritas por autores de tradiciones distintas a española, como los anglosajones Laurence Sterne y William Henry Hudson.

El lector termina este libro imaginando a Eloy Tizón en la pose barroca de un San Sebastián atravesado por cientos de flechas, con la cara contraída pero no con el dolor de un mártir, sino por el éxtasis del arrobamiento poético, por la sensación de haber sido poseído centenas de lecturas —“así es como hay que leer”, escribe: “en trance, drogado, secuestrado por la tinta”— Un mártir gozón de la lectura. Literal y literariamente letraherido.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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