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Ahora me rindo y eso es todo, de Álvaro Enrigue: el mundo apache que la civilización se llevó

“Antes me movía como el viento…”

Ahora me rindo y eso es todo es la más reciente novela del escritor mejicano Álvaro Enrigue (1969). La frase que titula la obra fue pronunciada por el indio Gerónimo, cuando capitulaba frente al ejército de los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Su fuerza es tanta que podría funcionar como el verso inicial de un poema épico, o en este caso concreto, como el último verso apache.

La zona donde habitaba la apachería chiricahua aparecía en los mapas del norte del continente americano y su territorio se extendía al oeste de Río Grande, protegida por las montañas, entre los estados de Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México, donde cabrían Francia, España y Alemania. Para el momento en que comienza la novela, las guerras contra los apaches llevaban alargándose desde antaño. Muchos se sometieron y fueron indios de razón, pero los apaches chiricahuas decidieron extinguirse antes que renunciar a ser libres.

Mundo apache.

El paisaje fronterizo entre Méjico y Estados Unidos lo hemos visto en las películas. El desierto americano tiene ese magnetismo de lo antiguo, de lo eterno. Una fotografía detenida de lo que una vez hubo de ser el mundo, antes de que la vida, las selvas, el agua, las flores, hicieran posible lo bucólico. Es un ambiente que embruja, un lugar donde la magia es posible y en el que la voz del dios “Yusn” viaja con el viento recordándole, a quien la escucha, que es minúsculo y que, como las naciones, está de paso. “A los bendokojes no les falta nada, mi teniente coronel, pero cada cosa que se empacan les cuesta. Nada les cae del cielo. Así es su mundo y están agradecidos.”, escribe Enrigue. Todos, alguna vez en la historia, fuimos indios chiricahuas.

“El teniente coronel José María Zuloaga era un hombre del monte, así que le encantó recibir las órdenes que lo ponían a recorrer sin reparo ni límite de tiempo los peladeros que adoraba”, añade el escritor. El cometido del personaje era encontrar, viva o muerta, a Camila, cuyo cuerpo no había aparecido después de que los apaches asaltaran una ranchería de Janos en 1836. Como era su costumbre, no dejaron a nadie con vida, tampoco a los niños, pero Camila no estaba. Raptada por el jefe indio Mangas Coloradas, quizá estuviera prisionera.

Civilización y barbarie.

El conflicto entre la civilización y la barbarie ha recorrido la historia de la literatura fundacional hispanoamericana desde la formación de sus primeros estados nacionales, en el siglo XIX. El asunto lo han encarnado, con frecuencia, los conflictos entre hombres y mujeres. En la obra clásica La cautiva (1837), del argentino Esteban Echeverría, una joven criolla también es raptada por indios bárbaros. En la obra de Enrigue, el planteamiento no es tan maniqueo. Y, aunque gran parte de la novela es la narración literaria de un acontecimiento histórico, no nos queda tan claro quiénes son los malos y los buenos; los civilizados y los bárbaros.

En una entrevista, Enrigue decía que una novela es siempre política. Si hubiera que extraer de Ahora me rindo y eso es todo una interpretación en este sentido, veríamos dibujada en la frontera real y la cultural entre Méjico es Estados Unidos el muro del presidente Donald Trump, los westerns, las luchas entre las ideologías de derechas y las de izquierdas, el intervencionismo estadounidense. Pero los gringos también son hábiles: se apropiaron de la memoria de los héroes que se dedicaron a extinguir y cuyos últimos descendientes murieron en un campo de concentración. Porque Naiche, Mangas Coloradas, Cochís y otros tantos jefes indios eran apaches, pero mejicanos. Y si hablaban en idioma extranjero, era en castilla, no en inglés. El más famoso de todos: Gerónimo.

“Para nosotros siempre fueron nomás unos bandidos a los que había que suprimir porque les habíamos dado una religión, una tierra y una patria y la habían rechazado”

Méjico —dicho con j, como he hecho a lo largo de este texto— parece haber olvidado estas figuras legendarias que una vez poblaron las tierras septentrionales, fronterizas, de la recién nacida república. Sin duda, los apaches rebeldes eran un estorbo para los intereses comunes de las naciones civilizadas. Pero la obra reflexiona sobre sí misma, y demuestra que en ese camino hacia la tierra prometida de la sociedad del bienestar, hemos perdido el mayor bienestar de todos: la libertad.

Es como escribe Enrigue en su novela: “Para nosotros siempre fueron nomás unos bandidos a los que había que suprimir porque les habíamos dado una religión, una tierra y una patria y la habían rechazado. Nunca quisimos entender que tienen su propio lugar en la historia y que su historia también es la nuestra” Por eso los rendimos, América, si ese es tu nombre. Y eso es todo.

Ricardo Rodríguez Boceta (@rodriguezboceta) es profesor y músico. Colabora con las revistas Visor Literaria, Almiar y Otra parte, entre otras.

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