Moscow, RUSSIAN FEDERATION:  This undated file picture shows Soviet policemen standing guard in front of the KGB building in Moscow, with a portrait ov Vladimir Lenin on it. The controversy over the poisoning last month of former Russian agent Alexander Litvinenko is harming relations between Moscow and London, Russian Foreign Minister Sergei Lavrov said 04 December 2006.   AFP PHOTO / ALEXANDER NEMENOV  (Photo credit should read ALEXANDER NEMENOV/AFP/Getty Images)

José M. Faraldo disecciona las redes del terror comunista en el siglo XX

Que Stalin fue un tirano que exterminó a millones de personas de manera indiscriminada es de conocimiento popular. Pero quizás no todos sepan que su intención macabra no habría tenido tal resultado si no fuera por un brazo ejecutor imprescindible. El profesor José M. Faraldo analiza en Las redes del terror la influencia de las policías secretas comunistas en la transformación social, política y territorial de Europa desde el inicio del régimen soviético hasta la caída de la URSS. Tal y como apunta el autor en su introducción, el objeto de este completísimo ensayo, publicado por Galaxia Gutenberg, es “mostrar cómo han sobrevivido a la transición al capitalismo los traumas y las herencias de aquel pasado violento”.

Las redes del terror no sigue la norma narrativa convencional, pero el modo de conectar los tiempos y la precisión a la hora de abordar el contexto no dificulta la lectura. “La recolección sistemática de información sobre los individuos es claramente algo moderno”, apunta Faraldo, justo antes de señalar antecedentes de represión basada en la vigilancia como la Inquisición en la monarquía hispánica o la Gendarmería en la Revolución francesa. Aunque más tarde adoptaría otros nombres, la Cheká rusa fue la unidad referencia para las policías secretas en los países comunistas de Europa. Tras la Revolución de octubre en 1917 y el recién estrenado gobierno bolchevique en manos de Lenin, Rusia necesitaba un cuerpo policial secreto para mantener el Sistema.

De la Cheká a la KGB.

La Cheká, que al principio dependía del NKVD, el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, fue creada de forma “extraordinaria” y se pretendía que tuviera una duración “temporal”. En poco tiempo se erigió como la unidad que se encargaría de combatir a la oposición. Persiguieron a los disidentes con métodos como la tortura, el chantaje, la expulsión de sus viviendas o la privación de cartas de racionamiento. Se crearon campos de concentración y de trabajo (gulags) para almacenar a los prisioneros y pronto empezaron los fusilamientos y las muertes por hambruna orquestadas por el régimen.

La policía secreta bolchevique fue la herramienta de construcción de una nueva sociedad cuya misión era “eliminar a parte de la población para hacer sitio al mundo del porvenir”, asegura Faraldo. Esta estupidez utópica fue recogida por Joseph Stalin, que se hizo con el poder a pesar del rechazo de Lenin, aunque ya estaba moribundo. La represión se tornó más cruenta y el estado de paranoia con respecto a la supuesta disidencia interna se apoderó del Partido. El brazo de la Cheká fue más duro que nunca hasta el 1937, considerado el Año del Terror. La URSS, que fue creada en 1922, casi no disponía de más campos para encarcelar ni fosas en las que enterrar. Por si fuera poco, el bando aliado ganó la Segunda Guerra Mundial y, por ende, legitimidad. A Stalin, nacionalista, le sedujo la idea del imperialismo y exportar por la fuerza su modelo, economía planificada basada en la industrialización y la colectivización de la agricultura, a otros países europeos.

“La policía secreta bolchevique fue la herramienta de construcción de una nueva sociedad cuya misión era ‘eliminar a parte de la población para hacer sitio al mundo del porvenir’, asegura Faraldo”

La Cheká fue el germen de las policías secretas europeas. La Seguritate en Rumanía, la Stasi en la República Democrática Alemana (RDA) y el SB en Polonia adoptaron las formas represivas de Rusia, cuyo cuerpo policial secreto pasó a llamarse KGB después de la Guerra. El objetivo era abrir camino al dominio de los partidos comunistas. La Seguritate colaboró con grupos terroristas de izquierda como ETA para perpetrar sus atentados, mientras que la Stasi no hizo nada por capturarles en territorio alemán. Stalin había muerto en 1953 pero la represión continuó, aunque de manera menos acentuada.

El punto de vista del autor es asombrosamente neutral, incluso cuando se introduce en territorio español. No vacila en desmitificar el supuesto deseo de Stalin de “sovietizar” España a través de la República. De hecho, asegura que su participación en la Guerra Civil sólo respondía a intereses políticos, para “evitar que Francia —su alianza soñada— quedara rodeada por los fascismos”, y económicos: “vendiendo armas a precios abusivos”. En cuanto a la matanza de Paracuellos, rechaza las últimas versiones sobre la implicación del servicio secreto ruso: esa masacre “hay que apuntarla en la cuenta de las vergüenzas de la República”.

Aclarar la oscuridad.

En general, Las redes del terror es un ensayo con voluntad de desmontar leyendas, como la del rol de la Iglesia católica en Polonia, que no fue perseguida ni prohibida como se cuenta, sino que “en ocasiones llegó a colaborar con el régimen comunista”. En un pasaje, Faraldo también se muestra crítico con el revisionismo histórico en la figura del investigador ultraderechista Chodakiewicz, que justificaba el antisemitismo en Polonia. En otro de los pocos casos en los que el autor toma partido, alude a la sospechosa y “escasa atención oficial que recibe la memoria de la represión bolchevique desde el primer gobierno de Vladimir Putin”, ex agente de los servicios secretos, curiosamente.

La caída del régimen soviético significó el cese de los cuerpos policiales de investigación comunistas. Gracias a las agallas de algunos activistas pudo recuperarse un material extraordinariamente revelador acerca de numerosos nombres de confidentes y ciertos métodos de represión empleados. Los Centros de la Memoria han hecho posible la articulación de un relato en torno al terror de aquella época. Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura en 2015, es un ejemplo de la importancia que tuvieron aquellas pruebas a la hora de revisar la memoria histórica. Aunque, protesta el autor, a día de hoy sobrevive la legitimación de la ideología comunista, mientras que el caso de las policías secretas es utilizado como un chivo expiatorio para focalizar sobre éstas la exclusividad de la culpa.

“Alude a la sospechosa y “escasa atención oficial que recibe la memoria de la represión bolchevique desde el primer gobierno de Vladimir Putin”, ex agente de los servicios secretos, curiosamente”

El espacio dedicado al legado documental de las policías secretas es mucho menos interesante. A menudo el texto se enfanga en sílabas correspondientes a asociaciones u organizaciones dedicadas al rescate de archivos que, eso sí, han sido fundamentales en la reparación histórica de muchos países. Presumiblemente, esta parte del texto sólo resultará entretenido al lector iniciado en materia de documentación. Con todo, los paréntesis que dedica el autor al modus operandi de su propio proceso de investigación dinamiza el trance.

Entre tantas visitas a los Centros de la Memoria, Faraldo narra el caso de Laura, con la que se reunió en plena fase de documentación: una española que se casó en la RDA y fue espiada por su propio marido, agente colaborador de la Stasi. Algunos de los sucesos que se cuentan en este ensayo bien podrían ser un suculento calvo de cultivo para muchos directores de cine. Las redes del terror contiene un interesantísimo material documental con numerosos ejemplos absolutamente reveladores. No obstante, “la apertura de los archivos no ha traído la concordia nacional” que todos esperaban, sino polémica y paranoia, concluye el autor.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares

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