la edad del desconsuelo (principal)

La medida de la adultez: La edad del desconsuelo de Jane Smiley

¿Cuándo llegamos a la conclusión de que el tiempo es un continuo avance hacia la muerte?, ¿cómo descubrimos que la vida a la que estábamos destinados es la misma que tenemos?, ¿por qué es parte de la maduración como seres humanos descubrir estas y otras aflicciones semejantes?

La edad del desconsuelo de Jane Smiley se hace todas estas preguntas y otras muchas similares sin llegar a responder ninguna. Y eso es justamente es lo que hace a esta brevísima novela, de 113 páginas, una lectura fundamental, no en el sentido de que sea verdaderamente importante, sino en el más literal de la palabra: echa los cimientos de lo que será el resto de la vida. Nos preguntamos, pensamos, ergo, existimos. Ya lo decía Descartes. Y esto es notable porque hasta la página 25 la historia narrada por la autora nacida en Los Ángeles en 1949 no tiene nada de particular. De hecho, no es ni siquiera interesante: dos novios de la facultad tienen casados más de una década. Ambos son dentistas, comparten consulta. Tienen tres hijas.

Pero, entonces, en la página 25, la esposa murmura, sentada en la parte de atrás del automóvil de la familia, una frase que añade una dimensión completamente nueva a la historia: “Nunca más volveré a ser feliz”.

Se llama Dana. Esta declaración acaba con la tranquilidad de su esposo, Dave. ¿Está Dana engañándolo con otro hombre?, se pregunta. Pero comprende que eso es lo que menos importa. Lo crucial son las reflexiones sobre el tiempo que se entretejen con la cotidianidad de una familia mientras Dave evita a toda costa la respuesta a la pregunta que palpita en el aire cerrado del coche y en el ambiente de toda la novela. En cambio, se hace todas las preguntas posibles sobre sí mismo, sobre su relación de pareja, sobre la crianza de sus hijas.

“Nunca más volveré a ser feliz”

Dave acaba de darse cuenta que a los treinta y cinco años le había llegado la edad el desconsuelo. “No creo que sea por los años en sí, ni por la desintegración del cuerpo”, se dice a sí mismo: “Es por lo que sabemos, ahora que —a nuestro pesar— hemos dejado de pensar en ello. No es sólo que sepamos que el amor se acaba, que nos roban a los hijos, que nuestros padres mueren sintiendo que sus vidas no han valido la pena. (…) Es más bien que las barreras entre nuestras propias circunstancias y las del resto del mundo se han derrumbado a pesar de toda la educación recibida”.

Los personajes de las hijas son excepcionales, no tanto por su desarrollo, sino por la manera en que Smiley construye a cada una desde una característica definitoria: “cada niña tiene un sentido más desarrollado que los otros”. La mayor, Lizzie, es toda ojos y “reacciona a cada estímulo visual”. Stephanie, la segunda, todo lo escucha: “oye primero y luego busca”. Y Leah es todo piel, puro sentido del tacto, por eso es la que necesita el abrazo constante. En el momento de desfallecimiento del padre, cada rasgo de cada niña se convierte en una dolencia. ¿Qué ven, escuchan o sienten sus hijas?, se pregunta sin querer, tampoco en este caso, una respuesta. Como los monitos del santuario de Toshogu, que se tapan los ojos, los oídos o la boca, las tres hijas son los testigos silentes del desmoronamiento de la pareja. Son además las víctimas potenciales de la debacle personal de Dana y de Dave.

En la cotidianidad, la cual no se perturba por nada, más que en la mente del narrador, está la medida de su desgracia. Y en esto, la historia llega directo a nuestras más ocultas ansiedades. Porque el valor de La edad del desconsuelo no se encuentra tanto en su argumento como en las preguntas que sugiere en la mente de sus lectores.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

 

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