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Antes del huracán: La locura y Kiko Amat

“Los mejores libros siempre son de un lugar”, escribía Kiko Amat (Barcelona, 1971) en una de sus críticas en Babelia y para su novela última, Antes del huracán, sitúa la acción de en “el extrarradio del extrarradio”: Sant Boi del Llobregat. El autor posee un estilo fácilmente reconocible, que utiliza tanto en publicaciones en prensa como en sus libros. Por la nota bibliográfica sabemos que ha desempeñado oficios variopintos —camarero y DJ, por ejemplo— que quizás tengan poco que ver con el mundillo de las letras: profesor universitario. Su imagen tampoco parece la del intelectual tornasolado —americana, camisa, pantalones chinos, nunca zapatillas—, más bien coincide con la del amigo juerguista que ha andado y vivido mucho; aspecto de cowboy trasnochado curtido en mil y una noches. Por eso Amat, con sus brazos tatuados, ha demostrado no ser un escritor “como los demás”. ¿Cómo engendró la cultura escrita en español este portento?

El abaratamiento de los libros hace posible que hoy en cualquier ciudad dormitorio de clase media-baja existan bibliotecas que van fraguando lectores con una sensibilidad nueva. Era cuestión de tiempo que esta perspectiva se reflejara en el espejo sthandaliano de los libros. Pionera de este fenómeno cultural ha sido la literatura escrita en español con acento catalán: Juan Marsé ya mitificó el Carmelo convirtiéndolo en una cumbre literaria; Eduardo Mendoza mostró a Barcelona como la ciudad de los prodigios; Francisco Casavella tomó las harmonías de la rumba catalana, adoptó su iconografía, sus personajes, su germanía, para dibujar el Raval. Amat continúa con esta tendencia, esta vez naturalizada, sin artificios prosaicos de marginalidad, bohemia o golfemia. Más bien al contrario, convirtiéndolos en lo que son: los paisajes, los pasajes y los pasillos del grueso de la sociedad hispanohablante, nuestro día a día.

El barrio artístico es en la actualidad un distrito ocupado por los turistas y un ejercicio sencillo de lógica estadista demuestra que allí no podrá aglutinarse todo el arte, la gracia y las historias de una generación pobre, pero leída. A saber, un niño en una casa de alquiler, próxima al río pútrido que es el Llobregat, en una localidad rodeada de polígonos industriales donde los árboles sobreviven como estandartes anacrónicos de otro tiempo, donde suena el rumor sordo de los coches cruzando la autopista y se vislumbra el resplandor de las fábricas en lontananza, allí donde el mar no se concibe pese a estar próximo, se sitúa la trama entera de la novela Antes del huracán.

La locura. La historia.

Conocemos a Curro a través de tres narradores diferenciados, en etapas distintas de su biografía que van hilándose entre sí. La primera persona muestra la adolescencia temprana del protagonista y observamos la realidad con los ojos de un niño cuya familia se desmorona y que “pensaba en el sueño como una máquina del tiempo; te vas a la cama y el tiempo avanza, sin ti. Por tanto, puede ser que las cosas se arreglen mientras tú no te hallas allí para presenciarlas. Ocho horas de sueño maravilloso, de aventuras sin fin, y de repente estás en el futuro, donde ya pueden pasarte cosas buenas”. Este punto de vista se alterna con interludios en segunda persona: un joven en la veintena explica a un desconocido, en un bar, ciertos episodios significativos de la historia familiar. Aquí conocemos el gusto del personaje por la lectura, increpa al interlocutor por su ignorancia y por el alcohol, que “a veces, parecía ayudarle, le desagarrotaba (sic) los brazos y le soltaba la lengua. Pero era como el aliado traidor de las películas: el que te da la mano en el acantilado para luego soltarte cuando te confías y piensas que ya estás salvado”. Finalmente, ya en la madurez, en el presente actual, encontramos la tercera persona y a Curro interno en un hospital psiquiátrico reflexionando sobre lo vivido. Informes médicos nos hacen saber que “el paciente da muestras de extrema desorientación mezclada con lucidez y señales de una inteligencia superior a la media, y desarrolla un delirio visual con alucinaciones visuales y olfativas” derivadas de un pasado traumático. Estos recursos narrativos, tan bien tejidos, tienen la capacidad de dinamizar el ritmo de la obra. Por otra parte, el lector sospecha que el narrador omnisciente y los personajes nunca dejan de ser el propio Curro, el cual planea su fuga del frenopático con su mayordomo, a quien salvó cuando estaba a punto de suicidarse: “Plácido, me alegré, porque hasta aquel día me había sentido muy solo”.

“Pensaba en el sueño como una máquina del tiempo; te vas a la cama y el tiempo avanza, sin ti. Por tanto, puede ser que las cosas se arreglen mientras tú no te hallas allí”

Al más puro estilo cervantino, mediante diálogos inteligentemente descabellados, las escenas más trágicas se combinan a la perfección con momentos que llevan al lector a reír. A diferencia de la tragicomedia clásica, el humorismo no se utiliza para aligerar la tristeza de la escena, más bien al contrario: el recurso de enhebrar las lágrimas con la risa nos hace percibir la belleza de la prosa con una intensidad abrumadora. Se generan así tantas emociones encontradas que la razón se disloca y comprendemos que cualquiera es susceptible de ser barrido por el huracán.

Y el huracán no es más que el siroco, volverse loco, aunque “la gente se cree inmune, pero a veces te rompes. Algo se parte ahí dentro, los fusibles se funden. Se te queda todo suelto ahí dentro, ya no hay forma de repararlo.” Con todo, la obra tiene al final un mensaje positivo en el que “Curro siente la ilusión palpable de no estar solo, de ser parte de algo, de ser como los demás. Es todo lo que siempre quiso. Ser como los demás.”

 

Ricardo Rodríguez Boceta (@rodriguezboceta) es profesor y músico. Colabora con las revistas Visor Literaria, Almiar y Otra parte, entre otras.

 

 

 

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