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Ellas hablan, de Miriam Toews: la importancia del testimonio para detener la violencia

“Que yo sepa, lo único que hemos decidido es que las mujeres no son animales, e incluso a esa conclusión hemos llegado sin un consenso real entre nosotras”, es la desesperada reflexión de Mariche Loewen, miembro de una remota colonia menonita llamada Molotschna, después de un día de reunión con las abuelas, las madres y las nietas de las familias Friesen y Loewen. Discuten la posibilidad de abandonar a sus esposos y padres, luego de que estos decidieron perdonar y reintegrar en la comunidad a los hombres que las agredieron sexualmente. Ellas hablan, la novela escrita por la canadiense Miriam Toews, se compone de las transcripciones de las reuniones que ellas celebraron entre los días 6 y 7 de junio, a escondidas, en un granero. Las mujeres son analfabetas, por eso deben recurrir a August Epp para que deje constancia de sus opiniones. Y es Epp el encargado de “tejer” sus voces.

Las Friesen y Loewen son una mínima parte de las 300 mujeres de la comunidad que entre los años 2005 y 2009 se levantaron por las mañanas adoloridas, con golpes o con los cuerpos sangrantes. “Se producía, de media, una agresión cada tres o cuatro días”, calcula Epp. Durante meses se quebraron la cabeza tratando de saber qué les pasaba mientras dormían; sin saber cómo, algunas de ellas quedaron embarazadas. El pastor de la comunidad les decía que sus sufrimientos eran castigos por sus pecados y que se los administraba una fuerza sobrenatural, Dios o el Demonio. Cuando una de ellas descubrió que se trataba de un grupo de hombres que las drogaban con tranquilizante para caballos con el objeto de dejarlas inconscientes y poder violarlas, el resto de hombres en la comunidad la trató de loca. Y cuando los agresores confesaron y fueron detenidos, esos mismos hombres (sus padres, sus esposos, sus hermanos) accedieron a pagarles la fianza.

 

Machismo estructural.

Decir que Molotschna es una comunidad patriarcal y autoritaria es atenuar la violencia soterrada contra las mujeres de la cultura menonita que se describe en Ellas hablan. Y el problema es que, aunque ellas llegaran a liberarse de quienes las tiranizan, en su cultura, la violencia machista es estructural Ya su falta de estudios es un obstáculo para abandonar a sus agresores, porque ¿cómo salir de allí, si ni siquiera saben leer un mapa?

«Se producía, de media, una agresión cada tres o cuatro días»

“Toda violencia es injustificable”, explica Agata Friesen: “Si las mujeres nos quedáramos en Molotschna (…) estaríamos traicionando el principio vertebral de la fe menonita, que es el pacifismo, porque al quedarnos estaríamos colocándonos conscientemente en una trayectoria de choque directo con la violencia”. A pesar de que el ritmo de la novela se mantiene casi siempre estable y que no reserva grandes sorpresas su trama, el mayor valor de Ellas hablan es que pone el acento en la psicología y la expresión de las mujeres que nuca han tenido voz. Lo más impactante de lo contado en la novela publicada por Sexto Piso pasó en realidad, porque Toews basa su argumento en un incidente similar ocurrido en una comunidad menonita de Bolivia. El gran valor de la novela es demostrar de que, incluso en el siglo XXI, muchas mujeres siguen siendo esclavas de su género. Y que muchos hombres se benefician de esa situación.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

La foto que acompaña a esta reseña es de Consuelo Cabral.

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