circa 1945:  A woman sits at a fold-out desk and writing a letter.  (Photo by Lambert/Getty Images)

Joanna Russ: Cómo acabar con la escritura de las mujeres

Ya es hora de dejar algo claro: Ni el #MeToo ni la rabia de las millenials son las razones para la aparente popularidad de las escritoras. Ellas no han salido de la nada ni han sido “descubiertas”. Su ejercicio profesional de la escritura lleva muchas décadas y antecede, en muchas épocas, al feminismo de la segunda ola. Viene de antes del sufragismo de principios del sigo XX y de los escritos de la mismísima Mary Wollstonecraft, autora de La vindicación de los derechos de las mujeres, en 1792. La escritura femenina existe desde tiempos de Christine de Pizan, quien en 1405 escribió La ciudad de las damas como respuesta a la querella de las mujeres, un debate literario surgido en el medioevo sobre las capacidades intelectuales de ellas y las razones de su subordinación a los hombres. No se trata de que la literatura de las mujeres existiera hasta ahora, sino que siempre se tomó por una anomalía cuando una mujer publicaba un libro, lo cual permitió que la crítica misógina de todos los tiempos aislar a las escritoras de su generación, haciéndolas extrañas o superfluas en comparación al trabajo de sus contemporáneos. Y a medida que cada generación de mujeres terminaba excluida del canon, las conexiones de las escritoras entre ellas y con los hombres se oscurecen y eso, a su vez, justifica más exclusión. Por eso cada generación de escritoras debe caer en el gesto adánico de reconstruir sus genealogías literarias, encontrar las heuellas del matriarcado en su literatura, rescatando a las escritoras de la marginalidad permanente en la que parecen estar sumidas. Una herramienta fundamental para este proceso es el libro de la Joanna Russ (1937-2011), Cómo acabar con la escritura de las mujeres, publicado en Estados Unidos el año 1983 y traducido hace poco por Gloria Fortún.

 

Negar y menospreciar.

Russ explica en la publicación editada gracias a una colaboración entre las editoriales Barret y Dos Bigotes que terminadas las prohibiciones que la falta de tiempo libre y de una formación inadecuada imponía a las mujeres que quisieran dedicarse a la escritura durante el siglo XIX, en el XX la negación de la autoría y el menosprecio de la crítica fueron las principales maneras de enturbiar su aporte intelectual. A las múltiples formas que toman la negativa de la autoría de una mujer y su menosprecio en la historia de la literatura escrita en inglés, la autora estadounidense dedica el libro de 248 páginas.

La negación de la autoría resulta evidente cuando se le atribuye a un hombre el trabajo de una mujer o cuando se considera que ha sido el hombre dentro de ella quien escribió tal o cual cosa. Pero la más cruel resulta de menospreciar su condición femenina y sus capacidades intelectuales asegurando, con la intención de alabarla, que está por encima de su género, lo cual es como decir que es casi tan inteligente como un hombre y, definitivamente, más inteligente que una mujer.

El menosprecio de la escritura de las mujeres es una mala costumbre que se mantiene en la crítica y el periodismo actuales y sustituye los viejos prejuicios sobre el ridículo que hacían las mujeres escritoras, la indecencia de ese oficio o la sospecha de que aquellas que lo ejercían eran anormales, neuróticas o desagradables. Algunas formas de menosprecio son considerar su literatura confesional, categorizar sus obras de ejemplos de regionalismo o en géneros literarios equivocados, lo cual termina por crear suerte de “guetos literarios” para las mujeres, como la literatura infantil, el gótico o la ciencia ficción.

“Lo que sigue sin ser aceptable está claramente etiquetado, no como ‘indecente’ (término decimonónico), sino con el calificativo moderno de ‘confesional’”, escribe Russ, quien por cierto fue una de las pioneras en la ciencia ficción feminista: “Según la crítica de Julia Penelope [Standley], esta etiqueta peyorativa combina dos ideas: que lo que se ha escrito no es arte (una versión de la idea decimonónica de que las mujeres escriben involuntariamente), y que dicha escritura es vergonzosa y demasiado personal (en primer lugar, la escritora no tenía que haber sentido o hecho tales cosas, y desde luego no tendría que habérselo contado a nadie)”.

En Cómo acabar con la escritura de las mujeres, un título irónico donde los haya, la desaparición de la experiencia de las escritoras es una alegoría de la invisibilidad de las mujeres como sujetos sociales. Es el resultado de valorar la experiencia femenina no como distinta a la masculina, sino como inferior. Por esa razón, más que señalar un problema cultural, lo que este libro hace es revelar el sesgo tramado dentro de la sociedad, la estructura cultural sobre la que se fundamenta la violación de los derechos humanos de las mujeres.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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