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Sarah Hepola llena las Lagunas de sus borracheras en unas memorias sobre la sobriedad

“Una laguna es un intento de esclarecer un misterio. Es un trabajo detectivesco sobre tu vida. Una laguna es: ‘¿Qué pasó anoche?, ¿quién eres?, ¿por qué estamos follando?’”. Esto lo escribe la estadounidense Sarah Hepola en el preludio a las memorias que sucedieron a su decisión de dejar de beber. El libro de 246 páginas editado por Pepitas de Calabaza y traducido Enrique Alda cuenta cómo creció acostumbrándose a beber cualquier cosa, a cualquier hora, incluso cuando estaba sola o antes de salir a un bar. Reflexiona sobre la libertad y sobre su autoestima, sobre su condición de mujer y sobre las formas en las que saboteamos nuestras vidas ante las más tontas censuras.

Hace también algo fundamental, y es justo en este gesto donde se encuentra la fuerza dramática del libro: nos demuestra lo fácil que es caer en espiral hacia el fondo. “Por descabellados y alcohólicos que fueran mis relatos, nunca sentí que se me juzgara por ninguno de ellos. De hecho, creo que las mujeres me admiraban”, escribe en las primeras páginas.

 

Una profesional.

Si embargo, una de las cosas que resulta más sorprendente de la historia que cuenta la autora de Dallas se manifiesta al contrastarla con la biografía que aparece en la solapa del libro. Allí está escrito que Hepola colabora con medios de comunicación de la talla de The New York Times, New Republic y The Guardian. Añade que trabaja como editora de Salon, un magazine en línea, especializado en variedades que incluyen noticias sobre política, economía, artes y entretenimiento. Además, en el libro cuenta que trabajó para el Dallas Observer y que tenía una columna en la “heterogénea revista digital” The Morning News, que llamó la atención de la editora de The New York Times, quien una vez le envió un correo invitándola a colaborar en el periódico más importante del país, junto al Washington Post. Pero no dice cómo le hizo sentir esto y ni siquiera si alguna vez bregó con alguna de las columnas que envió a este prestigioso medio, por culpa de una copa de más.

No es fácil para un profesional abrirse campo en un medio tan competitivo como es el periodismo y menos en un país como Estados Unidos, donde hay miles de personas con habilidades similares. ¿Cómo es que para ella, con el problema de bebida que venía arrastrando desde el instituto, no fue difícil abrirse campo en ese medio? Es cierto que hace intentos por justificarse y que tampoco se trata de una carrera en Medicina, donde hubiera podido matar a algún paciente, pero sus explicaciones no llegan a ser satisfactorias. Cuando se refiere al trabajo que consiguió a los 23 años en el semanario Austin Chronicle, se refiere a lo afortunada que se siente. Fue allí donde comenzó a emborracharse en el trabajo. Su narración aséptica parece dejar algo por fuera. “Hay gente que me pregunta cómo se puede beber tanto y conservar el trabajo”, escribe la autora en el capítulo cuatro: “Pero los bebedores encuentran el trabajo adecuado”. Es cierto que el estereotipo del periodista del siglo pasado es el de un hombre en la edad adulta, bebedor y divorciado. Pero lo es también de los detectives y de los entrenadores para deportes competitivos. El alcoholismo —y la farmacodependencia, que es una variante de aquel— ha sido siempre el defecto favorito de los antihéroes y los villanos en los dramas y las comedias ambientadas en oficinas. Solo digo que hubiera sido interesante que rompiera el mito de que la escritura y las borracheras son compatibles. Porque no lo son. No importa cuántos Charles Bukowski en el mundo digan que sí se puede escribir borracho.

 

Una mujer.

En Lagunas, resulta sorprendente la permisividad de los familiares y amigos de Hepola, tomando en cuenta que Estados Unidos es un país donde no se puede beber antes de los 21 años —pero sí ir a la guerra— y donde, a diferencia de Europa, nadie se atrevería a pedir un vermú antes de la hora de almuerzo.

Por debajo de la aparentemente frontal narración que sostiene la autora, ella va dibujando el retrato de su país desde dos ángulos. Uno es el de su hipocresía de venderse como una sociedad igualitaria cuando no lo es. “El alcohol es una droga contra la soledad. (…) Nadie era un intruso. Cuando bebíamos, todos nos llevábamos bien, como si la sensación de pertenencia, ese polvo mágico, se hubiese rociado sobre aquel aparcamiento”, escribe.

“El alcohol es una droga contra la soledad”

Uno de los grandes aciertos de estas memorias es la manera como relacionan el problema con la bebida de la autora con su condición femenina. Este es el segundo ángulo destacable en el retrato que hace de Estados Unidos: “Bebía para ahogar esas voces [dentro de la mente] porque deseaba tener la valentía de ser una mujer sexualmente liberada. (…) Bebía hasta llegar a un lugar en el que me daban igual, pero me despertaba siendo una persona que se preocupaba mucho. Muchos síes de viernes por la noche se convertían en noes los sábados por la mañana. Mi lucha contra el consentimiento estaba dentro de mí”. Porque en el asunto de la adicción, ser hombre o mujer marca toda la diferencia. Ya lo dice Hepola: cuando un hombre está borracho hace cosas; cuando es una mujer la que está en ese estado, se las hacen a ella.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

 

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