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Estambul Estambul, la ciudad soñada por Burhan Sönmez

“Era la ciudad donde la realidad parecía evidente, pero no lo era.

Es una larga historia, pero yo seré breve”

Burhan Sönmez (1965) nace en el seno de una familia kurda en la Turquía de los años sesenta. Por las escasas noticias que llegan a Europa, sabemos que la región en Asia Menor de Kurdistán nunca ha encontrado encaje pacífico entre Turquía, Irak, Irán y Siria, los países donde está presente. Su pueblo ha estado siempre perseguido; su lengua y su cultura sobreviven a la extinción. Algo de eso está presente en las historias de Estambul Estambul, la última novela de Sönmez, traducida por Gaizka Etxeberria y publicada en el catálogo de Minúscula. También hay en el libro algo de la tradición oral de la lengua materna del escritor: la kurda. El resultado es una novela escrita en turco, pero de una temática prohibida: la represión.

 

“Es una larga historia, pero yo seré breve”.

Cuatro hombres comparten la desesperación dentro de una celda minúscula en el subsuelo de Estambul, donde nunca llegan ni la luz del sol ni el aire fresco. El lector desconoce la razón por la que están encerrados, tampoco si conseguirán salir de allí. La atmósfera es asfixiante. Se siente el corazón oprimido y la respiración entrecortada; el olor a sudor, a sangre. Y se oye la puerta de hierro y los gemidos de los demás presos. Los pasos de los guardias y las torturas, un poco más tarde. Justo arriba de sus cabezas, se desarrolla con normalidad la vida en la ciudad. “Si estuviéramos fuera no quisiera encontrarte ni estar en el mismo lugar que tú. Pero aquí estamos entregados al dolor, al borde de la muerte. No estamos como para juzgar a nadie”, se dicen entre ellos. Y cualquier cuento es bueno para distraerse de la miseria. Y transcurren las horas inciertas en el más oscuro de los pozos.

Una de esas historias dice que hay un mundo paralelo más allá del cielo. Un mundo donde tenemos a alguien que es nuestro gemelo, pero en el lado contrario de nuestras circunstancias. Si tú eres un hombre, ella es una mujer, si eres feliz, ella no lo es. Cuando tú sufres; ella ríe. Todos tenemos un alma gemela en el cielo. En Estambul Estambul, el lector encuentra a su alma gemela en el subsuelo de Turquía.

Pero esta celda inmunda, demasiado estrecha para cuatro personas —incluso para cuatro animales— no es un lugar lejano al paraíso. En las mayores penalidades, estos individuos ríen y olvidan su presente porque el ser humano es así, “el ser humano es diferente, porque ha aprendido a soñar. No se conforma con las cosas que ya existen”. Y allí, en Estambul, “la ciudad es el lugar de los sueños, ofrece posibilidades infinitas, y en ella el hombre no es parte de la naturaleza, sino un artesano”. La ciudad será siempre soñada.

“El ser humano es diferente, porque ha aprendido a soñar. No se conforma con las cosas que ya existen”

El dolor y la fantasía llegan a un punto en el que no se distinguen. Es interesante ver el mundo árabe desde sus cuentos. Los libros sirven para viajar a otras realidades secretas. En la novela se cuenta la historia de una niña tan miope que no puede ver las estrellas por la noche. Pero ella es estudiosa, y las conoce por los libros; no le hace falta ver las estrellas, las tiene en el lugar más importante, en su imaginación. En Estambul Estambul hay escenas muy conmovedoras. En occidente ya no se tiene tiempo para este tipo de historias: todo es dinero, aunque el dinero nunca haya podido comprar una sola onza de amor.

Cuando yo trabajaba en un hotel, un argelino me contó una historia árabe. Estábamos tirando la basura, el futuro era algo incierto para ambos. Y su historia iba sobre padres e hijos: Un hombre cargaba a su padre sobre las espaldas por un camino. Llegados a un punto, el hijo decide liberarse y dejar a su padre sentado sobre una piedra: “No puedo seguir cargando contigo, he de hacer mi camino”, le dijo a su padre. “No te preocupes”, le respondió este: “en esta misma piedra, en este mismo lugar, dejé yo a mi padre cuando tenía tu edad”. Ahí acababa la historia. Hay que encontrar la pregunta.

“El infierno no es el lugar donde sentimos dolor, sino el lugar donde nadie oye nuestro sufrimiento”

La novela de Sönmez recuerda al lector occidental que existe un mundo más allá del Cáucaso, no tan diferente al nuestro. Las guerras, los atentados, los conflictos que salen en la televisión, pasan por delante de nuestros ojos como una mentira objetiva. Por eso estas ficciones son fundamentales para tomar conciencia. En un libro, en un cuento, llegamos a comprender que la esencia de las personas es la misma en todas partes.

Hoy estaba en mi trabajo —ahora soy profesor, dejé los días del hotel atrás— y hablaba con un compañero. Decía que tenía que controlarse, que podía pasarse las horas leyendo y olvidarse de la realidad. Sus palabras me han recordado a los cuatro prisioneros encerrados en el sótano de Estambul Estambul. Ellos podían afrontar el infierno a través de las historias. Porque “el infierno no es el lugar donde sentimos dolor, sino el lugar donde nadie oye nuestro sufrimiento”. Sorprende saber que Sönmez estuvo encerrado en una de esas cárceles. Luego le tocó vivir un exilio de diez años. Ha vuelto a Turquía para ser un disidente, para escribir libros incómodos, para la libertad. Ha vuelto para contar historias.

Ricardo Rodríguez Boceta (@rodriguezboceta) es profesor y músico. Colabora con las revistas Visor Literaria, Almiar y Otra parte, entre otras.

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