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La vida de Rebecca Jones, de Angharad Price, el tiempo ungido en el corazón

La vida de Rebecca Jones es un prontuario literario de anotación profunda, cuyo deleite es advertido por el lector en las primeras páginas. La autora galesa Angharad Price, elabora una bellísima narración transgeneracional. Donde la naturaleza enmarcada en el recóndito valle de Maesglasau, configura la cosmogonía física y metafísica de su universo familiar.

En el ejercicio de la memoria, el acto de conspiración es rotundo y conjunto. Su etimología designa ese respirar el mismo aliento, ese respirar unidos en correspondencia a la aspiración del grupo. ¿Acaso podemos renunciar a su efigie tallada –la de la memoria- que entroniza nuestro oratorio de sombras y procura la fe en la búsqueda de nosotros mismos? El rescate de la línea de pensamiento sobre el tiempo vivido es un volver a empezar. El recuerdo es el mensaje prisionero en una botella que, lanzada al océano con destino incierto y tras azaroso viaje, arriba desde el otro lado del mundo, para despertar las vivencias que en el pasado recobran el pulso de la existencia.

 

Rebecca Jones representa la identificación atávica del ser humano con el paisaje. En la correlación de fuerzas que interaccionan en esta obra, las telúricas son especialmente significativas y cargadas de alegoría sobrenatural. Impresiona el arrojo expresivo y riquísimo lirismo con el que su autora intercede en la autobiografía de una anciana nonagenaria a lo largo del siglo XX. La granja familiar en Gales albergará varias generaciones cuyas vicisitudes serán el hilo conductor de la narración. Insertada en las reminiscencias del mundo rural tan hermoso como descarnado, las labores agrícolas y ganaderas, lejos del carácter bucólico, son una lucha tenaz de supervivencia y esforzada resistencia.

Los valores de esta obra aquilatan ese preciso espacio donde la literatura adquiere connotaciones poco habituales. No se enfatiza el sesgo femenino, aunque narre una voz de mujer en primera persona. Alimenta una corriente pausada de experiencias y vitalidades donde la maternidad natural o contraída por los vínculos hereditarios del núcleo familiar y su interacción educadora, impera inteligente e indefectiblemente. El eco femenino sostiene un fundamento mayor que solo puede provenir de él: la sabiduría de la conciencia meditada y en silencio. Un silencio que germina en el mayor y más sólido bastión: la esperanza. El eco intemporal se adueña de la narración, insistiendo estoicamente en proseguir el camino y afrontar el destino de los acusados y pronunciados desniveles del valle. El pálpito irrigado por la sensibilidad contemplativa de Jones, es una metáfora carnal. Novela testimonial que sume a los lectores en otro tiempo y lugar caracterizados por la brega constante, pero también por un impulso de honra y celebración de raíz ancestral.

 

Paisaje y estética.

La belleza del paisaje galés remite a un territorio edénico, aunque duramente esforzado. La virginal naturaleza protegida por una orografía arriscada, contiene aura mitológica revitalizada en la obra Tratado  de las artes del campo, fechado en 1774, y cuyo autor, Hugh Jones de Maesglasau forma parte del árbol genealógico tanto de la autora como del personaje en el que toma resonancia. Fragmentos de esta obra interfieren en el texto principal como aves de paso cuya estela se traduce en la observancia sacra de los fenómenos naturales que condicionan al ser humano. La sencillez y emoción se enroscan en el árbol que nutre de sombra estos pensamientos tan ceremoniales como profundos en su brillantez expresiva. En este canal de transparencia chapotea Angharad Price para, a continuación, liberar sus pasos húmedos, hollar ese territorio personal e intransferible de su escritura y ofrecernos una epifanía. Realismo, simbolismo y naturalismo interaccionan discreta y sutilmente con una envoltura existencialista. El cromatismo de las imágenes literarias contrasta con las fotografías en blanco y negro, fedatarias de un mundo no tan lejano como olvidado.

“¿Qué es la familia? Un ancla que nos mantiene en el sitio. Nos contiene seguros en la tormenta. Nos retiene en la bonanza. Es una bendición y un lastre, en particular para los jóvenes y quienes procuran la libertad”

La familia es el latido unísono que posterga todo lo que no contenga ese andamiaje de construcción común, influenciado por el medio donde aferra su ser colectivo. Aunque también es una forma de retención ante lo promisorio. El relato arguye esta dicotomía y subraya tanto las aspiraciones legítimas como los deberes contraídos u obligados: “¿Qué es la familia? Un ancla que nos mantiene en el sitio. Nos contiene seguros en la tormenta. Nos retiene en la bonanza. Es una bendición y un lastre, en particular para los jóvenes y quienes procuran la libertad”. La vida de Rebecca Jones es el desafío de una mujer que alienta en su vida otros caminos que no logrará recorrer. Es un tributo a la invicta determinación de las mujeres, una andar los pasos hacia la memoria herida pero dignificada por su trabajo titánico.

 

Sobre la traducción.

Price escribió la novela en galés, lengua cuyo número de hablantes no supera los 700.000; no como planteamiento reivindicativo, sino porque es su idioma materno. De ahí que sus traducciones contengan un reto que se ha resuelto favorablemente para el lector. Lloyd James y Julia Osuna Aguilar nos han recompensado con su notable trabajo y abren la puerta a pensar que si la belleza del texto traducido es de esta talla, qué podríamos hallar en el original. El prólogo de Jane Aaron, tanto a la edición inglesa como a la española y el epílogo de Marta Sanz, se pliegan y encierran sobre sí dos visiones complementarias, pero bien distintas: la anglosajona y la hispana. La primera metódica en cuanto a la aproximación de los rasgos narrativos y el debate que contrae la obra y la afirmación de la escritura galesa. La segunda, un exordio que titula, Escribir para resucitar, y que, tras la lectura de la obra, nos obliga a reflexionar sobre lo acontecido en ese mundo donde todo está por hacer y nada nuevo se forja sin pasión ni ternura. El tránsito de un siglo aletea ante nuestros ojos en un territorio donde los niños aprenden con poemas y versículos bíblicos. Entrañan la armonía de una latitud pérdida. Ese pasar dos veces por el corazón, “A veces creo que el acto de recordar la vida produce más placer que la vida en sí. Podemos seleccionar, borrar, amplificar, recrear, interpretar los recuerdos, mientras que la vida en sí misma es impredecible e ingobernable. Hay cosas que pueden rememorarse a voluntad; otras lanzarlas al poso sin fondo del olvido.

 

Pedro Luis Ibáñez Lérida pertenece a la Asociación Colegial de Escritores de España, sección Andalucía, así como a la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios.

 

El retrato que acompaña a esta reseña es de Angharad Elen.

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