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En Buenas y enfadadas, Rebecca Traister explica por qué están enojadas las mujeres

El 5 de octubre de 2017, The New York Times publicó un artículo titulado: “Harvey Weinstein sobornó a quienes le acusaban de acosos sexual durante décadas”. Allí cuentan anécdotas sobre su conducta sexual inapropiada varias actrices, incluyendo a Rose McGowan y Ashley Judd. Otras mujeres usaron las redes sociales para sumar sus denuncias contra él y muchas otras aprovecharon para desenmascarar a otros agresores. El caso contra el cofundador de la productora Miramax fue el detonante de un movimiento volcánico que pronto trascendió la industria del entretenimiento. Miles de hombres fueron acusados, como el actor afroamericano Bill Cosby, el locutor de televisión Charlie Rose, el humorista Louis C.K. y el premio Pulitzer de origen dominicano, Junot Díaz. Había nacido el #MeToo, un movimiento destinado a revelar la universalidad de la violencia sexual que se ejerce sobre mujeres y niñas, una fuerza cuya difusión es planetaria desde que se magnificó a través del uso de las redes.

No solo personalidades, congresistas y senadores en Estados Unidos vivieron en carne propia la suerte de Weinstein, sino también se descubrieron hechos atroces que prueban cómo el sexismo está imbricado en todas las estructuras de poder del mundo: 26 denuncias acusan a miembros de la ONG británica Oxfan de explotar sexualmente a víctimas del terremoto de Haití del año 2010 y en Médicos Sin Fronteras despidieron a una veintena de personas por conducta sexual inapropiada. Un mes después de hacerse pública la acusación contra Weinstein, la prensa sueca reveló que Jean-Claude Arnault, el esposo de Katarina Frostenson, una de las miembros de la academia que decide al ganador del Premio Nobel de Literatura, tenía décadas agrediendo a mujeres.

 “Nunca desde que tengo memoria se había despreciado y sometido a tantas figuras de autoridad masculina blanca”

La aparición de la cólera de las mujeres como fenómeno social mastodóntico de combustible político es el tema estudiado por Rebecca Traister en su robusto ensayo Buenas y enfadadas: El poder revolucionario de la ira de las mujeres, traducido al castellano por Amelia Pérez de Villar y publicado por Capitán Swing. Lo común de las historias señaladas allí, y de los millones de testimonios y culpables que faltan, es “lo que los acontecimientos habían hecho pensar: que en las esferas públicas siempre se las había considerado, tratado o valorado [a las mujeres] como si fueran diferentes, que los hombres poderosos las habían utilizado y degradado y no las habían tomado en serio profesionalmente”, según escribe la colaboradora habitual del New York Magazine. El libro contextualiza el #MeToo dentro los sucesos políticos más recientes en Estados Unidos, como la elección de Donald Trump —quien encarna “el descrédito y la falta de respeto que siempre habían funcionado bien para mantener lejos de la presidencia a las mujeres y a los varones que no fueran blancos”— y la Marcha de las Mujeres en enero de 2017, la mayor protesta política de ese país realizada en solo un día. Sin embargo, el mayor aporte del libro es su descripción de una genealogía del enfado femenino a través de la historia de ese país y la importancia de esta como motivador de cambios sociales.

 

Primero fue una mujer.

En el año 1789, días después del asalto a la Bastilla, en plena Revolución francesa, una mujer comenzó a tocar un tambor y horas más tarde eran un grupo de diez mil personas camino de Versalles para atrapar a Luis XVI y a su familia. Al día siguiente, la monarquía había caído. En 1830, al otro lado del Atlántico, las trabajadoras de la factoría Lowell Mills, ubicada en Massachusetts, fueron las primeras en la historia estadounidense en convocar una huelga obrera. Más de un siglo después, Rosa Parks se negó a ceder su puesto en un autobús. En 1969, la lesbiana Storme DeLarverie fue la primera en tirarle una piedra a un policía convirtiendo la protesta callejera frente al bar Stonewall Inn de Manhattan en una violenta revuelta multitudinaria que fue fundamental para la liberación gay.

Los ejemplos acuñados por Traister sitúan el enfado femenino en el corazón palpitante de todas las revoluciones. El problema es que la historia ha borrado, desmerecido o ninguneado esa ira. Por ejemplo: en el documental Stonewall de 2015 producido en Hollywood desapareció DeLaverie. De la misma forma, es gracias al libro de 2010, At the Dark End of the Street de Danielle McGuaire, que se sabe hoy que el aporte de Parks a los derechos civiles no se limitó a negarse a ocupar un puesto en la parte de atrás de un autobús; ella trabajó toda su vida como activista contra las violaciones en grupo de mujeres negras y a favor de los negros que eran acusados injustamente de mala conducta contra las blancas.

“Eran los torturadores, por descontado, pero también eran nuestros amigos, nuestros mentores y nosotras mismas”

Buenas y enfadadas también es un catálogo de todas las maneras en que la indignación de las mujeres ha sido silenciada. Cómo las mujeres han preferido canalizar su ira a través de una instancia superior, de su papel como esposas y madres o, peor: suprimirla, esconderla detrás del llanto, maquillarla con humor o apenas signarla con palabras altisonantes. Solo algunas veces había surgido ese resentimiento con fuerza y, en todos los casos, las mujeres iracundas eran tomadas por locas. “Estamos programados para escuchar la ira de los hombres como algo estimulante, netamente estadounidense, (…) pero el ruido que hacen las mujeres que reclaman la libertad nos suena igual al que hacen las uñas en una pizarra, nuestra pizarra nacional. Y eso es porque la libertad de las mujeres reduciría, de facto, la dominación masculina y blanca”, opina la autora.

Uno de los mejores momentos del ensayo es cuando Traister se refiere a los desafíos del #MeToo, como aglutinador de la indignación femenina. El principal es que las mujeres no son propiamente una minoría oprimida —religiosa, racial o étnica, por ejemplo—, sino el grupo mayoritario de la población que forma parte de múltiples redes, como las profesionales, familiares y culturales, entre otras. A esta situación se le añade el hecho de los agresores denunciados son jefes, esposos y padres amantes para algunas mujeres. Aunque sirva de acicate para el cambio social, no toda la ira tiene afán revanchista, como dice Traister refiriéndose a lo que considera “el punto débil” del #MeToo y la razón por la que muchos hombres (y no pocas mujeres) se sienten heridos por el movimiento se vincula con la necesidad de establecer una respuesta para la ira de las mujeres. Lo que no toman en cuenta, sin embargo es que hacen falta muchos años de relaciones tóxicas con el patriarcado para llegar a este grado de resentimiento.

Dos limitaciones tiene este ensayo para un lector fuera de Estados Unidos. Uno es que, a ratos, Traister endiosa la figura de la excandidata presidencial del partido demócrata, Hilary Clinton, lo cual la lleva a dedicar demasiado espacio a desentrañar las causas de su derrota en las elecciones de 2016; otro es que la historia de la ira femenina que cuenta se circunscribe a su país. Lo segundo representa, sin embargo, una enorme oportunidad para mujeres y escritoras en el resto del mundo: trazar el recorrido de los movimientos sociales a partir de la voluntad de descubrir qué iniciativas femeninas el patriarcado ha hecho invisibles. Poner a las mujeres rabiosas bajo la luz cenital del presente. Estrenar la hora de las locas.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

Si te gustó esta reseña, seguro disfrutas la que escribimos sobre Los hombres me explican cosas de Rebecca Solnit.

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