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Cómo tomar Serotonina y cómo leer a Houellebecq

Michel Houellebecq (Francia, 1958) es un fumador empedernido. Sujeta su cigarrillo entre los dedos anular y corazón, dejando libre el índice para empuñar una eterna copa de vino. Muerde la boquilla cada vez que aspira y mira a su entrevistadora con los ojos entrecerrados, como hacen quienes piensan bien lo que dicen, como hacen los borrachos. De esta guisa aparecía en 2015 en un programa de TV3, Televisión de Cataluña, con motivo de su polémica novela Sumisión (Anagrama) con la cual sacudió a la opinión pública. El libro situaba la acción en una Francia distópica dominada por el fundamentalismo islámico. La novela fue un escándalo y un éxito. Houellebecq afirmaba que ya había publicado bastante, que estaba cansado de ser una star literaria, que quizá era la última vez que sacaba un libro en vida y que reservaba algunas obras para después de muerto. En enero de este año Anagrama lanzó Serotonina, novela que diez días después alcanzó la segunda edición.

Algún crítico profesional dedicó unos tweets a denostar la novela antes de que se publicara para el resto de público y afirmó no haber pasado mucho más allá de la página cien. Otro la defendió con modestia porque todo cabe en el arte. Viendo la calidad literaria de ambos, encumbrados no se sabe muy bien por quién, que escriben libros rocambolescos sobre librerías y pasajes que interesan a muy pocos, y tampoco a mí, yo no pude dejar de sentirme atraído por la última palabrota de Houellebecq.

A Florent-Claude, hombre de mediana edad, no le gustan ni su nombre ni su vida. “No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado un primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo (debo confesar, sin embargo, que las cafeteras eléctricas van muy rápido).” De profesión agrónomo, abandona su trabajo, su casa, su mujer —una japonesa veinteañera solo interesada por su dinero— en busca de los lugares y los amores de su pasado, en busca de una verdad entre tanto sinsentido: el punto donde se torció su vida. Para sobrellevar la carga emocional, toma antidepresivos cuyos “efectos secundarios indeseables observados con mayor frecuencia eran las náuseas, la desaparición de la lívido, la impotencia. Yo nunca había sufrido náuseas.” Es sencillo imaginar el resto.

El ritmo de la narración es muy dinámico, como suele ser frecuente en los escritores europeos del subsuelo (el primero, Dostoievski) también llamados underground en Norteamérica (el último, Bukowski). El ingrediente secreto parece ser esa escritura semiautomática que no prescinde de las vaguedades y las reiteraciones, pero a la vez tiene cuidado para no dejar ninguna frase vacía de contenido, ausente de genialidad. Los recuerdos más importantes de Florent-Claude son a la vez borrosos y así, hablando del que considera el gran amor de su vida, dice: “nos conocimos en el andén C de la estación de Caen, una mañana soleada de un lunes de noviembre, hace ahora diecisiete años, o diecinueve, no lo sé.” El tiempo es una entelequia, los lugares son eternos.

Y son distintos. Abundan los paisajes rurales de la Normandía invernal con su niebla, su llovizna y su ganado bovino. Incluso aparece nuestra tórrida N-340, en verano, a la altura de Almería. Desde esta perspectiva, la novela parece un diario de viajes o un cuaderno de bitácora que va tomando forma a medida que el protagonista yerra de un lugar a otro, huyendo siempre de París porque “me repugnaba esta ciudad infestada de burgueses ecorresponsables [sic], yo también era burgués, pero no era ecorresponsable, circulaba en un 4×4 diésel, puede que no hubiera hecho gran cosa en mi vida, pero al menos habría contribuido a destruir el planeta.” Una actitud, por lo menos, reprobable.

No obstante, este comportamiento enlaza con el tema general de la obra, que no es otro que la desesperanza, y la desconfianza, del yo, del ciudadano medio, hacia la cultura y la sociedad actuales. Tema tabú en los medios masivos, tema doloroso y central desde la perspectiva de Houellebecq cuando escribe: “Hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente, no se dan las condiciones históricas.” Dicho lo cual, parece que el único camino es la vía que toman miles de europeos cada año, quienes aplastados por la realidad se animan a “un momento de puro terror y luego se acabó, entregaría al Señor mi alma incierta.” Pero de momento, la muerte no le interesa.

“Hoy debemos considerar la felicidad como un ensueño antiguo, pura y simplemente, no se dan las condiciones históricas”

Podría parecer que la novela es pura depresión y melancolía: nada más lejos de la realidad. Muchos chistes que se cuentan, bromas que se hacen en nuestro día a día, tienen un elemento trágico. Así el autor consigue momentos desopilantes mediante diálogos y escenas tan absurdas como verosímiles, mediante otros personajes secundarios. Aymeric es el mejor amigo de Florent, estudiaron juntos en la facultad, ambos son de familia adinerada. Su vida también es un desastre y la pasan emborrachándose como en los viejos tiempos. Por otra parte, está Camille, su gran amor de juventud. Ella lo abandonó cuando lo cazó con una de sus amantes. Él pensará en ella todas y cada una de las noches que le queden por vivir. Viaja a Normandía porque Camille y Aymeric viven allí. Luego, vuelve a París cuando los antidepresivos empiezan a escasear. Los necesita.

Su terapeuta, el doctor Azote —nitrógeno en francés— es quien le receta el Captorix, la serotonina sintética. Este médico, también fumador empedernido, establece cierta complicidad con Florent y acaba recomendándole que deje las pastillas en pro de otro tratamiento alternativo: “Las llaman escorts, algunas no están mal, ya sabe. En fin, hay que ser honesto, son la excepción, la mayoría son cajeros automáticos en estado puro, se sienten obligadas al teatro de fingir deseo, placer y amor y lo que haga falta, pueden engañar a gente muy joven y muy estúpida, pero no a la gente como nosotros.” Como se aprecia, el texto no se censura.

Para disfrutar de la obra, hay que acercarse a ella desde la ironía. Si uno toma en serio todo lo que se dice, el lector puede estar ante una historia de terror, sobre todo, supongo, si se encuentra en la mediana edad, como muchos críticos y escritores.  No obstante, vista con distancia, deshumanizada, se puede llegar a reír de verdad con la desgracia humana, y quizá Houellebecq propone ese método como el auténtico antidepresivo posmoderno: una literatura que, incluso, se ríe de sí misma. “Al igual que ese viejo imbécil de Goethe (el humanista alemán de tendencia mediterránea, uno de los viejos chochos más siniestros de la literatura mundial).”, o también, “Marcel Proust, que al final de El tiempo recobrado, concluía con notable franqueza que el escritor, contrariamente a lo que cree todo el mundo, no necesitaba en absoluto conversaciones intelectuales, sino amores ligeros con muchachas en flor. Me importa mucho sustituir “muchachas en flor” por jóvenes coños húmedos, esto contribuirá, me parece, a clarificar el debate sin detrimento de su poesía.” O quizá esto revele una amargura recalcitrante, porque “cuando nuestro corazón ha hecho su vendimia/ vivir es un mal, escribía más certeramente Baudelaire.” En el fondo, qué importan los gustos del autor.

«Marcel Proust, que al final de El tiempo recobrado, concluía con notable franqueza que el escritor, contrariamente a lo que cree todo el mundo, no necesitaba en absoluto conversaciones intelectuales, sino amores ligeros con muchachas en flor. Me importa mucho sustituir “muchachas en flor” por jóvenes coños húmedo»

La contraportada de la edición de Anagrama afirma que Houellebecq entiende el amor como una entelequia. Eso no es exacto, de hecho, en lo más hondo del pozo existencial que dibuja el autor, el amor “permite, con todo, transformar nuestra existencia terrenal en un momento soportable, que incluso es, en verdad, el único medio de soportarla.” Así, la quimera aparente no lo era, sino el mundo exterior que “era duro, implacable con los débiles, no cumplía nunca sus promesas y el amor seguía siendo lo único en lo que todavía se podía, quizá, tener fe.” Y por eso aparecen fragmentos de exquisita ternura como “todas las parejas tienen sus pequeños ritos, ritos insignificantes, hasta un poco ridículos, de los que no hablan con nadie.” Entre tanta tristeza, también hallamos lírica.

«Todas las parejas tienen sus pequeños ritos, ritos insignificantes, hasta un poco ridículos, de los que no hablan con nadie»

Houellebecq afirmaba en aquella entrevista de 2015 —allá, cuando iba por la segunda copa de vino— que, a sus lectores, a los de verdad, no les interesan sus opiniones, sino su visión. Un escritor clásico como Albert Camus dejó dicho que las personas deben estar por encima de las ideas. En esta clase de obras el lector no debe buscar la verdad, sino la sinceridad, que no es lo mismo. Otros autores internacionales han optado por esta vía con buenos resultados editoriales. Es el caso del noruego Karl Ove Knausgard con Mi lucha o Manuel Vilas y su Ordesa. Sin duda, junto a Houellebecq, representan un fenómeno literario en auge.

“¿Cedimos a ilusiones de libertad individual, de vida abierta, de posibilidades infinitas? Es posible, eran ideas propias del espíritu de la época. Nos conformamos con adaptarnos a ellas, con dejar que nos destruyeran; y luego, durante mucho tiempo, con padecerlas.” Y para soportarlo, se puede probar con antidepresivos o con Serotonina.

“Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible.”

Que el lector decida.

 

Ricardo Rodríguez Boceta (@rodriguezboceta) es profesor y músico. Colabora con las revistas Visor LiterariaAlmiar y Otra parte, entre otras.

 

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