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En Deja que te cuente Shirley Jackson le pone el ajo a la ficción

Un año después de que Shirley Jackson (1916-1965) muriera de una insuficiencia cardíaca, su esposo, Edgar Hyman, un reputado crítico literario de la revista The New Yorker, recibió una petición de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos para que cediera el archivo de la escritora —junto con el de él, por su puesto, aún no eran tiempos de autoras—. Esos documentos y los contenidos en una caja de manuscritos que uno de sus hijos, Lawrence, encontró a mediados de los noventa son el punto de partida de Deja que te cuente, un extenso volumen de textos inéditos traducidos por Paula Kuffer.

En vida, la autora del célebre relato “La Lotería” (1948) publicó seis novelas, entre las cuales se encuentran Siempre hemos vivido en el castillo (1962) y La maldición de Hill House (1959), que Stephen King consideró como una de las más importantes obras de horror del siglo XX. También escribió una centena de relatos pero estos han sido incluidos en varias antologías después de su muerte, época cuando su escritura se hizo más popular. Y no es para menos: Jackson representa lo mejor de la tradición literaria del suspense estadounidense. El libro publicado ahora por Minúscula es imprescindible para comprender la obra poliédrica de esta autora debido a los tres tipos de el material que recoge.

Uno es el compendio de su ficción breve, género donde destacó la autora nacida en San Francisco, que ocupa dos de las cinco secciones en que está dividido el libro. Allí se presentan sus primeros cuentos, agrupados en la sección “Cuando termine esta guerra”, debido a que el tema recurrente es la Segunda Guerra Mundial. Otros cuentos, cuentos inéditos y sin recopilar, están identificados como “Han sucedido cosas repentinas e insólitas”, una frase que a veces ella usaba para describir la aparición del misterio en sus narraciones. En una y otra sección hay cuentos mejor que otros, pero en todos puede verse la hechura de una escritora sólida que no deja ningún problema del oficio sin resolver. Entre esos relatos está “Deja que te cuente”, el único inacabado, a pesar de que sirve de título para el libro.

“Una obra de ficción está incompleta si no se lee nunca”

Otro tipo de material es el relativo a su vida en familia, que no presenta como una colección de vivencias sino como extensas reflexiones sobre el significado de la maternidad, la vida en pareja y la crianza de los hijos, textos todos salpicados por mucho humor. “Dado que cuatro de los miembros de nuestra familia son niños, también hemos aprendido a no someter ningún asunto a votación democrática jamás de los jamases”, escribe en “Cómo disfrutar de una discusión familiar”, en donde incluye una lista de reglas que se lee como una receta de cocina escrita con una mordacidad desesperanzadora similar a la de David Foster Wallace. Estos textos siguen el camino de sus dos memorias publicadas en los cincuenta, cuyos títulos Life Among the Savages [Vida entre los salvajes] y Raising Demons [Criando demonios], sacan sonrisas y recuerdan que su vida transcurrió entre la familia y la constante maravilla de la escritura fantástica.

“Lo mejor de ser escritora es que puedes permitir disfrutar hasta el infinito de la extrañeza”

El tercer y último tipo de material en al antología es de incalculable valor, en especial para quienes empiezan a escribir. Se trata de sus ensayos y conferencias sobre el oficio, ambas con sugestivos títulos: “Preferiría escribir a hacer cualquier otra cosa” y “Me gustaría ver cómo resuelves esta frase”. En esas secciones, se descubre que a Jackson no le gustaba hablar de su escritura, a menos que tuviera que dar consejos, entonces escogía referirse a su trabajo y no al de otros. Se aprende, también, que a pesar de que no escribía más que un par de horas cada día, era una escritora a tiempo completo; una manera de sobrevivir a las aborrecibles tareas domésticas era inventarse historias fantásticas donde los objetos de su hogar se volvían lo que Sigmund Freud hubiera llamado unheimlich. “Teniendo en cuenta que el noventa por ciento de mi vida ha tenido lugar en mi cabeza, no creo que tenga sentido recordar sucesos concretos”, escribe en “Reflexión autobiográfica” como disculpa a su reticencia a la autoficción.

Leyendo esa parte aprendemos que ella pensaba en el lector a veces como “una amenaza” y otras como “socio silencioso”, el debate entre esas posturas la llevó a una conclusión que, por desgracia, los escritores olvidan con demasiada frecuencia: “Basta con que [el lector] cierre los ojos para que cualquier obra de ficción deje de tener sentido”. La frase pertenece a su conferencia “El ajo de la ficción” en donde establece su ars poética. Por eso es el texto más importante del libro. Demuestra que la piedra angular de su literatura es el trabajo con las metáforas. No queda claro si se trata de una autora que primero ve las imágenes y luego encuentra la narración que las justifica, pero yo he decidido que es así. Y me la imagino discutiendo con las imágenes de cada narración, como con los electrodomésticos de su casa que aseguraba que estaban vivos, para conseguir el ingrediente perfecto lo que llamaba “el ajo”: “una especie de clave, o tonalidad evocadora, en una historia”. Es lo que da sentido y sabor al banquete que es la literatura. “Hay pocos espectáculos más patéticos que un escritor enredado desesperadamente en una metáfora desbocada que ha quedado fuera de control e inunda toda la historia, matando a personajes y quebrando frases a diestra y siniestra”, cuenta. Pocas veces he leído una definición más exacta de la cotidianidad de un escritor. Porque el trabajo con las imágenes, los símbolos y los significados no debe nunca tomarse a la ligera. He allí la alquimia entre lectores y escritores, porque ¿cuál otra razón tenemos para leer, con tantas formas de entretenimiento que hay por allí, que encontrar las metáfora que sirvan para explicarnos la existencia?

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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