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Casa natal de la memoria, sobre La Ciudad en el Espejo de Mirko Kovač

La historia de la literatura es el retrato de una alucinación inexplicable. Este deslumbramiento indica la obsesión de la humanidad por relatar todas las historias. Cada palabra ha sido escrita con un propósito común: la eternidad.

Una novela jamás se escribe en vano. Y La ciudad en el Espejo, de Mirko Kovač (Nikšić, Antigua Yugoslavia, 1938 – Rovinj, Croacia, 2013) es el ejemplo perfecto de esta necesaria obsesión narrativa.

La familia, con todas sus complejidades y entreveros monstruosos, siempre será objeto de dramas generacionales. Kovač sabe mirar las ternuras y dolores de sus familiares y los hace literatura, seres verbales, a través de una delicada autopsia de los individuos. La ciudad en el espejo revelará la verdad de su padre alcohólico, de su madre irresoluta, y contará las historias íntimas de los personajes más cercanos: familiares de extrema fealdad, jorobados proféticos, abuelas de histerismos salvajes, maestras extrañas, seductoras.

Nadie se salvará de ser contado.

La novela es una cornucopia de personajes, posiblemente reales, que aparecen y desaparecen a través del cristal de la autoficción. Kovač escribe sobre sí mismo y disecciona su historia como lo haría alguien que la mira desde afuera, pero que siente todo desde adentro: “En cuanto acabe este libro me olvidaré de todo el clan, pero entretanto tengo que trepar por el árbol genealógico y sacudir las ramas de las cuales, mientras dure esta aventura, se desprenderán las frutas podridas”.

“Tengo que trepar por el árbol genealógico y sacudir las ramas de las cuales, mientras dure esta aventura, se desprenderán las frutas podridas”

En La ciudad en el espejo, la memoria destila desde la escritura la realidad del amor y el odio en una familia corriente, habitantes de un mundo excepcional. El recuerdo y sus peligros arden como discurso central de la historia. ¿Es la memoria una forma de sanar o de herir el pasado? ¿Cuál es la intención de contar cada detalle del dolor de un puñado de seres humanos escondidos en los confines de Europa? Kovač sabe contestar la pregunta: “La imaginación a menudo es capaz de definir mejor la realidad que ella misma”. Solo desde la imaginación es posible que esta novela de aprendizaje, que transcurre desde la infancia hasta la adolescencia del narrador, y más allá, porque la hisotira es contada desde la vejez, funde en el lector una ternura sin lágrimas, graciosa y humana a la vez.

La lectura de La ciudad en el espejo crea un pacto ficcional interesante. Los pequeños sucesos que determinan el andar de la novela —por ejemplo, las distintas casas compradas, vendidas o perdidas a través de los años, la visita a Dubrovnik, la búsqueda del padre— determinan también la verosimilitud de la historia, y sumergen al lector a un mundo realista. En esa tranquilidad narrativa la novela transcurre, funda una nueva realidad y la enternece. Adentro, los combates son muchos y lejanos. La nostalgia inunda las páginas, sí, pero no ahoga la imagen fundamental de la novela: la soledad de un hombre que al final de su vida cuenta su historia. “Si las personas mostraran la misma alegría las unas por las otras, entonces podría hablarse de las maravillas de este mundo”, dice Kovač.

“Solo estos dos hogares, el del inicio y el del fin, guardan relación, y lo demás es literatura”

Esta aseveración solo es posible desde una lejanía narrativa excepcional. Sobre su abuela Petruŝa, dice: “Tenía un gran talento para contar historias y me enseñó que es más difícil escuchar y absorber historias que contarlas”. La distancia le ha permitido al narrador escuchar quellos cuentos, absorberlos y retratarlos de la forma en que nacieron, desordenados y caóticos, como su familia.

Por esto, La Ciudad en el Espejo propone que la historia y sus individuos se enfrenten a sus propios reflejos. Solo allí conocerán sus verdaderos rostros. “Un espejo es el lugar para encontrarse con otros”, añade Kovač. Así, el narrador se enfrenta a su espejo y encuentra sus evocaciones. El espejo no solo contiene las verdades y contradicciones familiares, sino que contiene también la historia de la ciudad, un relato de angustia política y existencial.

No hay familias felices así como no hay ciudades sin tristezas.

Yugoslavia ya no existe.

Kovač miró de cerca los profundos cambios en su país. El dolor en esa situación está justificado. La memoria destila desde la escritura algo más grande que sí misma: el mundo que la contiene: La ciudad en el espejo es el retrato del inicio y el final de un recuerdo. Así es como Kovač entiende, al final de su vida, la intención de su novela: “Entre la casa natal y aquella en la que uno hace el balance de su vida queda solo el interín. Incluso hoy en día, a mi edad, a decir verdad muy madura, estoy convencido de que solo estos dos hogares, el del inicio y el del fin, guardan relación, y lo demás es literatura”.

 

Jan Queretz (@janqueretz) es escritor y poeta venezolano. Lleva la columna “Literatura viva” en The Wynwood Times:https://www.thewynwoodtimes.com/literatura-viva/ Su página web es: www.janqueretz.com

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