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Benjamín Prado: “Hay algunos que no han abierto un libro en su vida pero están dispuestos a cerrarlos todos”

De Benjamín Prado aprendí que es necesario tener héroes. Las dos figuras más influyentes en su obra son Rafael Alberti y Bob Dylan, un poeta y un cantante que escribe “canciones en las que hay versos que yo querría poner en un poema”, confiesa. De Alberti heredó una influencia poética y también una actitud ante el mundo. En cada entrevista rescata con orgullo cada uno de los consejos del poeta: “Tómate muy en broma tu vida y muy en serio tu obra”. Y, por supuesto, aquello de “tener siempre un pie en la realidad”. Prado, que colabora en medios de comunicación desde hace más de treinta años, es uno de los escritores más conectados a la actualidad. Escribe una columna semanal para Infolibre, es tertuliano en el programa Más vale tarde de La Sexta y opina con frecuencia en Al rojo vivo.

Desde 1995, cuando publicó su primera novela, los críticos no han cesado en su voluntad de incluirle en alguna generación. Raro fue un éxito comercial y la ambientación beat —música rock, drogas, personajes raídos en conflicto con la sociedad— compartía analogías con otros autores como Ray Loriga o José Ángel Mañas, incluidos en la Generación Kronen. Pero Prado siempre se declaró “un desertor de todos los ejércitos”. Así que tampoco aceptó la condición de “poeta de la experiencia” que alguno le asignó ni estuvo cómodo dentro de la Generación del 99 que propuso el crítico José Luis García Martín. Hoy sabe que “un buen poema es un milagro de equilibrio”: ni muy oscuro ni demasiado claro como para caer en la sensiblería. Sospecha del exceso narrativo y de la poesía críptica y, al mismo tiempo, sabe que la poesía encierra un misterio.

Fui alumno suyo en un taller de creación poética, “Licencia para mentir”. Todas sus lecciones magistrales se apoyaban en una cita de T.S. Eliot: “Un buen poema es un resumen de toda la poesía en general”. Para el Prado poeta, la clave de este género estaba en “decir las cosas de un modo distinto para que te entiendan”. Así hacía referencia a las Odas elementales de Pablo Neruda, un libro que identifica a las tijeras con “pájaros que vuelan en las peluquerías” y a una cebolla con una “redonda rosa de agua”. El poema aspira a conseguir “que nunca más podamos mirar la misma cosa como lo hacíamos antes”, algo que ya advertía en Siete maneras de decir manzana, el ensayo publicado en Visor sobre su perspectiva de la poesía.

“Un buen poema es un milagro de equilibrio”

Visor publicó esta primavera Acuerdo Verbal, toda la poesía completa de Benjamín Prado. Si bien es cierto que las antologías siempre le han parecido un proyecto de “gente muy mayor”, hoy se muestra muy satisfecho con el resultado. Ha llegado dos años tarde al encargo de la editorial, pero la espera ha merecido la pena. Libro a libro, poema a poema, Prado ha cambiado palabras, corregido versos y tachado estrofas, tal como hicieran en el pasado Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda o Jorge Guillén, entre otros. “El que ahora lea Acuerdo Verbal estará leyendo un libro nuevo”, advierte.

Además, ha incluido poemas nuevos en libros anteriores, como El corazón azul del alumbrado o Todos nosotros, un libro-puente entre la primera fase de su escritura, muy influenciada por Alberti, y su poesía actual. Siente especial orgullo por el poema “Días de lluvia”, dedicado a su profesor Fernando Borlán, que le convirtió en escritor. “Ahora sólo necesito llevar un libro a mis lecturas”, bromea. Y añade como estímulo para seguir escribiendo el que ofrecen los lectores —“muchos jóvenes”, celebra— que abarrotan sus recitales.

 

Juan Urbano, el álter ego del Prado narrador.

Recitar poesía en público lo ha hecho preso de la relectura de sus poemas. Sin embargo, confiesa que no ha vuelto a leer una novela suya. “Ni loco, vería fallos por todos lados”, dice el escritor que siempre ha manifestado su obsesiva tendencia a la corrección de cada uno de sus textos —“Escribir es cribar”, reza uno de sus aforismos más certeros—. Los treinta apellidos, su novela más reciente, es la última peripecia de Juan Urbano, el profesor de Literatura con ínfulas de detective que tan pronto mete las narices en el caso de los niños robados durante el franquismo como se codea con políticos corruptos. Se trata de un personaje creado en clara alusión al Juan Panadero de Rafael Alberti.

Prado ha vuelto a ceder a su álter ego la oportunidad de desenterrar los asuntos más escabrosos de la historia de España. Si en Mala gente que camina fueron los niños robados durante el franquismo; en Operación Gladio, la historia de violencia borrada de la Transición; y en Ajuste de cuentas, una trama de corrupción política e inmobiliaria, en Los treinta apellidos Juan Urbano investiga el caso de una fortuna familiar de dudosa procedencia, hasta inmiscuirse en un caso de trata de esclavos durante la colonización española en América.

“Detrás de cada gran fortuna hay un gran crimen escondido”, es la cita de Honoré de Balzac sobre la que se apoya esta historia de piratas. Urbano encarna la filosofía del autor que considera que “en los clásicos están todas las respuestas” y, al mismo tiempo, siempre tiene una novela negra en las manos. Juan Urbano es el detective que se hace las preguntas que se harían Lope de Vega o Garcilaso. El título de la novela procede de una conversación real en la que un magnate reconocía, en mitad de una cena de empresarios, la naturaleza del Ibex 35. Según él, son 30 familias —Los treinta apellidos— las que mandan en España desde hace siglos, y cinco empresas las que entran y salen de la lista de un modo eventual.

¿Y si este relato ficcional, con un trasfondo de hechos fidedignos, no le gustara a alguna de esas treinta familias? “Lo primero que uno tiene que saber cuando escribe es a quien quiere molestar”. Dice Prado y se acoge a una frase de Oscar Wilde. Una de las conferencias que imparte lleva el título: “Si no quieren que la cuentes, es que es una buena historia”. La labor de Juan Urbano es la de revisar las verdades oficiales, pues “en España somos muy dados a arrancar páginas de la historia” y, en realidad, “las cosas que no se cuentan es como si no hubieran pasado”, concluye el autor.

Ha mantenido principios ideológicos firmes en cada intervención para los medios en los que colabora. Hace dos años, cuando lo entrevisté para mi Trabajo de Fin de Máster en la Feria del Libro de Madrid, sostuvo que “estamos en las peores manos posibles. Hay algunos que no han leído un libro en su vida pero están dispuestos a cerrarlos todos”. Todavía conserva su postura crítica hacia la concepción sobre el derecho a la libertad de expresión, y cree que hoy “ninguna editorial en España se atrevería a publicar Lolita”. Y añade que Vladimir Nabokov, su autor, “se habría ido derecho a la cárcel con el rapero Valtonyc”.

“En España somos muy dados a arrancar páginas de la historia”

Su función en los medios no se reduce sólo a opinar. En realidad, llegó al periodismo desde la literatura. Por eso disfruta de su labor en la radio o en la televisión cuando habla de libros, en La Ventana de Cadena Ser o en Todos somos sospechosos, el espacio de Radio Nacional para la novela negra. Preguntado por la actividad que más placer le proporciona en su vida cotidiana, no vacila en su respuesta: “Me gusta más leer que escribir”.

Prefiere que le llamen “pluriempleado” antes que se refieran a él como una figura ecléctica o multidisciplinar. Por si fuera poco, escribe canciones para artistas de la talla de Amaia Montero o Joaquín Sabina, y en cuanto puede “se cuela” en los espectáculos de Leiva, Coque Malla, Rebeca Jiménez, Gastelo, Rubén Pozo o Elefantes. “Sabina dice de mí que soy una estrella del rock sin disco”, recuerda entre bromas, poco antes de concluir la entrevista.

 

Jaime Cedillo (@JaimeCedilloMar) es periodista, músico y poeta. Colabora con El Cultural, publicación del diario El Mundo y con otros medios de comunicación. Se graduó en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la Universidad Rey Juan Carlos I y cursó el Máster de Crítica y Comunicación Cultural de la Universidad de Alcalá de Henares.

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