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Hombre en ruinas y la fragmentación de la memoria de Pablo Montoya

Dos anotaciones sobre las ruinas: María Zambrano, en El hombre y lo divino, declara que las ruinas producen una cierta fascinación porque contienen algún secreto de la vida. Su rareza está en que no tienen autor, no más que el tiempo. En las ruinas se sustenta la imagen del sueño más hondo de la vida humana: alcanzar la condición divina. Chantal Maillard, en La razón estética, considera que las ruinas son testimonios de caducidad. Las edificaciones del pasado, las esculturas, los requiebres de la piedra y del granito, evocan una memoria que transita entre la vida y la muerte. Las ruinas suscitan, también, la posibilidad de la reintegración. Volver a un orden natural, en tanto la ruina, como templo, para restituir lo que fue en lo que viene siendo.

Pablo Montoya (1963), profesor y escritor colombiano, ha venido desarrollando una obra diversa, que transita entre el cuento, la novela histórica, el ensayo y la poesía. Hombre en ruinas (Sílaba, 2018) es un libro de poemas. Escrito con el pulso de los años, se nota allí que Montoya cultiva en su escritura una forma artesanal: la relación con las palabras se asemeja al alfarero, tal vez al carpintero, otras veces al escultor. Tres oficios en uno, el de poeta, quien intenta consumar el paso del tiempo en una sola ojeada sobre las cosas. Lento y pausado, acercándose al monumento, a la escalinata, al muro arrugado, al delirio concéntrico del pasado, Pablo Montoya inicia su periplo en Roma, en el año 2009. “Soy un hombre en ruinas”, llega a sentir en el primer poema. Los aprendizajes cultivados, los viajes, los libros leídos, todo se derrumba cuando la mirada se turba frente al desorden palpable del tiempo. La escritura se entreteje en viaje, porque las palabras deben ser vueltas a pronunciar. El huso y los hilos son devueltos a los caminos que precisan de un nuevo tránsito. El Coliseo romano, el Cairo, Ciudad de México, algunas capillas europeas, viejos acueductos, rostros fatigados, todos estos son tramas de un viaje interior que intenta anudarse, porque aquello que se palpa en la vida tiende al olvido, y lo que no se repasa con las yemas de los dedos, se evapora. Hombre en ruinas es un intento por atesorar esas fragancias del tiempo. Los poemas articulan un deseo por lo perdurable. La pequeña brasa, entre cenizas, pide ser vista, por última vez, para que arda frente a los ojos. Ese baile, esa perplejidad del decir, no es más que la nostalgia de las cosas que intiman su presencia antes de desaparecer.

Todo mi cuerpo es quien escucha. Y es la luz de miles de rostros la que es depositada en mí. La música petrificada define mi condición más plena. Soy un rastro efímero que los sonidos prolongan.

Pablo Montoya, Hombre en ruinas

Hombre en ruinas destaca porque en su lectura se pueden palpar los espacios de escritura. No sé si esto sea un don del libro o solo un artificio verbal del autor, pero en las quince partes que componen la publicación, sentimos una desmesura, una suerte de volcamiento de la realidad, que pesa y atosiga. El poeta se rinde ante las imágenes y desciende sobre ellas, anudando la palabra para que no desluzca en el uso inadecuado. De ahí esa cualidad innegable de la poesía de Pablo Montoya: justa, medida, pensada, a ratos intuitiva. “Lo que veo es bruma. Contorno de un horizonte que tal vez fue mío. ¿Ese aún soy yo? ¿Un destello que culminará en el silencio? ¿Qué quedará de mí? ¿Qué de esta imagen que intenta nombrarme?”.

¿Por qué leer Hombre en ruinas? Porque nos acerca a la herrumbre del tiempo y nos obliga a mirar atrás. En tiempos modernos, no nos queda más que tornar la mirada a esos espacios habitables donde un hilo de voz susurra, aún, sobre lo que ha sido. No es esta una poesía donde abunda un cierto lirismo enternecedor, no. Su fruición pintoresca atiende a otros valores estéticos, más cercanos al viaje, al recuerdo, a la fragmentación de la memoria, a la ansiedad, a la duración de las huellas. Estos motivos suscitan otras experiencias de lectura de la poesía colombiana. Este libro es otro tejido de voces y palabras que enriquece la tradición poética de este país de selva y de cemento.

 

Wilson Pérez Uribe (@WilsonP_U). Escribe poesía y ensayo. Algunos de sus poemas y ensayos han sido publicados en Colombia, España y México en revistas como La Tagua, Aurora Boreal, Suma Cultural, Otro Páramo, Periódico de poesía UNAM, Literariedad, Desván y Cronopio, periodismo cultural. Entre sus poemarios destacan El amor y la eterna sinfonía del mar (2011) y Movimientos (2018).

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