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En Los testamentos, Margaret Atwood relata el principio del fin de Gilead

La secuela de El cuento de la criada, la célebre distopía escrita en 1984 por la autora canadiense Margaret Atwood acaba de publicarse y se titula Los testamentos. El thriller relata una conspiración para acabar con el gobierno teocrático de Gilead, el totalitarismo impuesto por una facción extremista del cristianismo puritano en la Costa Oeste de Estados Unidos, a través de tres voces: la de una niña criada por una familia pudiente del país, Agnes; la de Nicole, una joven que creció en Canadá, pero que desciende de una criada de Gilead y la de la Tía Lydia, el único personaje que aparece en el libro anterior. EL desarrollo moral de esta mujer, me pareció el logro fundamental de Los testamentos.

Tía Lydia aparece en la secuela a El cuento de la criada como alguien que hace lo necesario para evitarse el daño o la muerte. En Gilead, tal determinación puede llevar a la ignominia y al crimen. Ella pertenece a la casta que se encarga de la educación femenina: en un país donde las mujeres no pueden leer, su instrucción significa adoctrinamiento y control, en especial de las criadas, el grupo de mujeres fértiles destinadas a la procreación y por eso se las coloca en hogares de la clase pudiente, donde las esposas no han podido tener hijos para que los comandantes, esposos y cabezas de hogar, conciban su descendencia. Las criadas de la ficción tienen un antecedente bíblico: las dos que tiene Jacob con sus esposas Raquel y Lea: entre los cinco tuvieron doce hijos, pero a las criadas no se les permitía reclamar los suyos. En Gilead tampoco pueden ocuparse de sus vástagos: una vez que dan a luz, se las envía a otro hogar con otra familia para que continúen su labor. Atwood ha dicho que todo lo que ocurre en sus novelas ha ocurrido alguna vez en alguna parte, porque todo lo ha tomado de la historia.

Tres mujeres cuentan la historia que estructura Los testamentos. Sus distintas edades y situaciones otorgan profundidad al argumento, mientras perfilan personajes poliédricos. Este tratamiento de los personajes sin descuidar las acciones es el mayor valor de la literatura de Atwood, en donde las mujeres no son pintadas como víctimas, sino como seres humanos que deben tomar difíciles decisiones en las situaciones más adversas.

“La habilidad para elaborar mentiras verosímiles es un talento que no debe subestimarse”

Tía Lydia, Agnes y Nicole, como Defred en el primer libro, no son heroínas de un feminismo binario; sino representan el mundo de claroscuros que todos habitamos en donde la culpa de muchas ignominias debe atribuírsele también, desgraciadamente, a las mujeres. Y conste que no estoy defendiendo al patriarcado; lo que digo es que no se articula un poder sin que todos nos involucremos. De esto hablan ampliamente las teorías de Michel Foucault. “La habilidad para elaborar mentiras verosímiles es un talento que no debe subestimarse”, escribe Tía Lydia en una de las entradas de “El Ológrafo de Casa Ardua”, el diario donde cuenta la historia de cómo llegó a convertirse en una persona con poder, pero despreciable. Lo peor es que la frase no tiene intención de ser cínica: en Gilead (y en el resto del mundo también, debemos aceptarlo) saber mentir es, en verdad, una enorme ventaja.

 

La palabra del feminismo.

El valor del testimonio de Tía Lydia es que completa el ofrecido por Defred en el primer libro sobre la caída del gobierno estadounidense y la imposición de una sociedad fundamentada en enseñanzas puritanas que se creían superadas desde el siglo XVII. Cuenta qué pasó después del golpe de Estado que acabó con el estado de derecho estadounidense y las duras pruebas que tuvo que soportar para ganarse la confianza de los comandantes y encumbrarse entre otras Tías, algunas mucho más doctrinarias que ella. “Vivimos en tensión, todos; vibramos; nos estremecemos; estamos siempre en vilo. ‘Reino del terror’, solía decirse, pero el terror no reina, exactamente. Más bien paraliza. De ahí esta calma antinatural”, escribe.

Criadas en dos sociedades diferentes, los testimonios de Agnes y de Nicole permiten contrastar las degradaciones a las que se ven sometidas las mujeres en Gilead a través de dos relatos diferentes de la búsqueda de la madre, pues ambos personajes son huérfanas. El estilo literario recuerda a las novelas de formación del siglo XIX, como Oliver Twist de Charles Dickens. El uso de este formato, así como de los diarios, para construir el relato es típico de la literatura de Atwood, tal y como hace en otra famosa novela suya, Alias Grace. Su uso de la literatura testimonial le permite al narrador la preconcepción de que existe un lector futuro. Esto reviste de valor alegórico a los hechos narrados y de fuerza discursiva a las opiniones expresadas.

“Las Tías en la escuela nos ensañaban que debías acudir a alguien con autoridad —refiriéndose a ellas mismas— si algún hombre te tocaba de manera inapropiada, pero no éramos tan estúpidas para armar un escándalo”, escribe Agnes. El testimonio no suena extraño para la actualidad. Si las fantasías apocalípticas de Atwood se refieren al uso de la religión como justificación de la tiranía es porque, con frecuencia, lo ha sido a lo largo de la historia. Leí Los testamentos en paralelo al ensayo de Mona Eltahawy, El himen y el hiyab: Por qué el mundo árabe necesita una revolución sexual y no pude evitar comparar el relato de ficción con la realidad del Estado Islámico y de la vida de muchas mujeres en las sociedades árabes.

“‘Reino del terror’, solía decirse, pero el terror no reina, exactamente. Más bien paraliza. De ahí esta calma antinatural”

Las novelas de Atwood señalan cómo las Tías adoptaron ciertas ideas del feminismo de los años 80 —como la campaña de protección contra el acoso sexual que invitaba a las mujeres a quedarse en casa o a vestir de cierta manera—y lo transformaron a su favor. Y he aquí uno de los aciertos de las obras de Atwood que la serie del canal de video por demanda Hulu (HBO España y Paramount Chanel Hispanoamérica) no ha reproducido: la visión crítica del feminismo finisecular. Ya desde que escribía la novela se daba cuenta que los postulados de aquel feminismo podían prestarse para que algunas oportunistas juzgaran el comportamiento de otras mujeres. En la serie de televisión, las posturas son más binarias: estás contra Gilead o no lo estás. Es en los matices y las múltiples dimensiones de sus personajes donde se encuentra el valor narrativo de Atwood. Defred no es una rebelde como su amiga Moira ni una feminista como su madre. No le interesa la igualdad de género, pero se encuentra en una situación donde es una víctima y debe reaccionar para salvarse. A medida que la serie se alarga inexplicablemente de temporada en temporada, Defred se va convirtiendo en una femme Nikita lista para lanzar un golpe, cuando es necesario. Y así evitan parte de la crítica social a ciertas posturas moralistas del presente.

Leí con fruición Los testamentos, casi en 48 horas, sin poder separarme del libro, como me pasó con El cuento de la criada, el cual devoré durante un vuelo trasatlántico, renuente a bajarme del avión antes de terminarlo. Pero si me ponen a escoger entre una y otra novela me quedo con la primera, por Defred. El valor del testimonio de esa editora, amante de los libros, que de repente es forzada a dejar de leer, de escribir e, incluso, de hablar cuando no le han dado permiso fue lo que más me dolió. Me llegó a mi corazón de amante de la literatura. Y me dio pesadillas. No me dolió tanto que la redujeran a una reproductora, a mí que nunca me ha interesado la maternidad. Me dolió la imposibilidad de la comunicación. Me llegó al núcleo de un miedo atávico. Por eso, cuando, por fin, cerré El cuento de la criada, en la conversación interna que desde hace años llevo con el patriarcado (y yo sé que es una ficción, pero igual), me dije:

“Desgraciado, se lo quitaste todo: ¿también le vas a quitar la palabra?”.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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