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La defensa de lo íntimo en Lo que hace el tiempo de Yolanda Pantin

La reivindicación de lo íntimo y la fuerza testimonial de la poesía son los asuntos que trepidan dentro de Lo que hace el tiempo, el libro más reciente de la venezolana Yolanda Pantin, con el cual se adjudicó la vigésimo séptima edición del Premio Casa de América de Poesía Americana. Estructurado en cuatro partes que se mueven desde las acciones cotidianas, como el descanso, la tertulia o dejar pasar el tiempo hasta el papel del escritor en el hallazgo de lo asombroso, el discurso de la también autora de Bellas ficciones (2016) sintetiza dos momentos literarios que se entretejen.

Uno es el íntimo. Cuando en septiembre Casa de América anunció el fallo de su premio, la escritora se encontraba en plena madurez de su carrera, la cual hasta la fecha había sido reconocida con importantes premios como el Fundarte de Poesía (1989) en Venezuela, la Beca Guggenheim (2004) en Estados Unidos y el Premio “Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval” (2015) en México. El otro es el momento cultural de su país, donde durante los casi 20 años en que ha venido concretándose la intervención de la Revolución Bolivariana en todos los órdenes de la vida nacional, los intelectuales —y, en especial, los poetas— han sostenido una intensa discusión sobre el papel de la cultura y de su trabajo en la vida colectiva de los ciudadanos. Algunos de quienes reivindican la resistencia trabajan en sus obras las imágenes del fracaso institucional, la apología a la nostalgia, así como las descripciones de la inabarcable sensación de extranjería de quien vive dentro de Venezuela como un paria. Imágenes como esas pueden encontrarse en el poemario de Igor Barreto El muro de Mandelshtam (2017), editado en España por Baterbly Editores, o Salvoconducto (2014), publicada por Pre-Textos y escrita por Adalber Salas, una generación más joven que Pantin y Barreto.

 

Una lectura.

El valor fundamental de Lo que hace el tiempo es que atraviesa transversalmente ambos momentos tomando posición política desde lo personal. Pantin resiste. No solo como venezolana sino, en principio, como poeta. Ofrece el estilo propio de una autora con un discurso sólido, donde hasta los titubeos son parte de una necesidad de cuestionar la capacidad de la expresión literaria para dar respuestas a la existencia. “Soñé anoche que escribía/ y que era mi consuelo este cuaderno;/ no podía dormir por continuarlo/ sin saber lo que anotaba.// ¿Qué eras para mí, entonces, / poesía? No lo recordaba, / ni en el sueño, siempre,/ en la punta de la lengua. (…) En el sueño encontraba el cuaderno, / y empezaba con las primeras letras:/ a,/ e,/ i,”. En una entrevista que me concedió en 2012, dos años antes de que yo renunciara al periódico El Nacional —reproducida en las páginas de Colofón Revista Literaria—, me dijo que ante la hegemonía de la barbarie había optado por defender “el mundo interior”. Explicó que dentro de su casa o su cabeza “no se podrán meter” y citó de memoria un verso del poeta alemán Gottfried Benn que dice: “En esta casa no se puede entrar/ en esta casa hay que haber nacido”. Y es ese mundo interior, con el que combate la barbarie del externo, el que se encuentra explayado en las 89 páginas del poemario.

“La poesía

es una manifestación

y en lo que pueda

sin remedio, brota.”

En Lo que hace el tiempo, los versos tienen el olor de la lluvia caraqueña y la humedad multicolor de la exuberante naturaleza de Venezuela tamizados por el dolor de sus habitantes. Hacia la cuarta parte del libro editado en la Colección Visor de Poesía, el discurso de Pantin ha llegado desde lo cotidiano, el pasado y la familia, que resumen su visión de lo íntimo, hasta la capacidad que tiene la poesía de asombrarse con lo minúsculo. Ese es el momento en que está la obra de Pantin y el lugar metafórico donde se encuentran sus compatriotas. A puerta cerrada. En “Texas Wildlife”, por ejemplo, habla del hallazgo de un poema “en el último anaquel/ acurrucado”. Y en “Frágil” se refiere a la precariedad de la lírica: “La luz cae sobre algo (…)/ y era nada, o poca cosa,/ en la sombra, es un poema/ y en segundos deja de serlo”. Sin embargo, es en la prosa de “Testimonios” donde se sopesan la escritura y la experiencia y es también allí donde puede ubicarse la declaración de intenciones del libro entero. “La poesía como un reducto, fiel, rebelde ante el ominoso poder del capital. Su compromiso”, escribe para concluir con una vuelta al comienzo: “El poeta: un lector. Pero el asunto siguen siendo los testigos”.

 

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

La foto que encabeza este artículo es del venezolano Vasco Szinetar.

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