Kanada

En Kanada de Juan Gómez Bárcena la Historia cambia para seguir igual

En Auschwitz los prisioneros tenían diferentes labores. Algunos servían de esclavos para fábricas, constructoras o granjas alemanas afuera, pero los que trabajaban adentro se repartían en dos grupos: quienes trajinaban con cadáveres en los crematorios hasta que ellos mismos morían en las cámaras de gas y quienes recibían las posesiones de los reclusos para evaluarlas con el objeto de enviar las que tenían más valor a Alemania y depositar el resto en los almacenes “Kanada”, nombre irónico que recordaba que a Canadá —escrito con “k” en polaco y alemán— muchos emigrantes iban la buscar la riqueza que en Europa escaseaba.

Kanada es también la segunda novela de Juan Gómez Bárcena, cuyo protagonista es un profesor de Astrofísica que sobrevivió al campo de exterminio para volver a Hungría en los primeros y convulsos años del gobierno comunista de Mátyás Rákosi. El libro finalista del Premio Tigre Juan 2017 avanza entre el pasado y el presente, hilvanando recuerdos con acciones dentro de la cabeza del profesor que no sale nunca de su casa y es atendido, con carencias, por el Vecino y su Esposa. El trauma de lo vivido en Auschwitz y la incapacidad de involucrarse con el presente resultan de su necesidad de darle sentido a su época en Kanada, a donde llegó cuando sobornó con comida a un kapo —judíos y criminales comunes que ejercían posiciones administrativas bajas en el campo— y donde se mantuvo gracias a su pericia con los números. “Kanada es una sensación, una sacudida, un golpe que no puede comprenderse y que por eso nunca se borra, mientras que tu vida previa a la guerra es apenas un concepto, una idea que se desvanece en cuanto se explica”, dice en uno de sus delirios febriles el protagonista, quien asume su vida anterior a la guerra como si fuera la historia de un antepasado.

 

Las víctimas y la historia.

Más allá del trauma del sobreviviente que encarna el profesor, quien no deja de preguntarse qué sentido puede haber en el exterminio masivo de población civil e inocente, la novela evalúa la responsabilidad de ciertas víctimas en la tragedia y establece un juicio sobre la raza humana, empeñada en probar que “el mundo pertenece a quienes tienen fusiles y la voluntad de usarlos”. Por eso Gómez Bárcena no pierde mucho tiempo en demonizar a los nazis o a los soviéticos: son dos caras de la misma precariedad de la gente y permiten comprender el carácter cíclico de la historia. “Solo tú tienes la memoria suficiente para comprender que la Historia se repite, y estás condenado a permanecer a salvo”, se lamenta el profesor casi a final del libro: “El fin es empezar de nuevo. El fin es remontar el tiempo a contracorriente”.

“Kanada es una sensación, una sacudida, un golpe que no puede comprenderse y que por eso nunca se borra”

El valor fundamental de Kanada es su negativa a contar otra historia cándida sobre la Segunda Guerra Mundial donde víctimas y victimarios, como ratones y gatos, están perfectamente diferenciados. No. Lo que resulta verdaderamente inquietante de la novela es su sobrio pesimismo sustentado en la noción de que por muchos avances artísticos y científicos de la humanidad, cualquiera de sus miembros, sometido a condiciones extremas, es capaz de las peores vejaciones. Gómez Bárcena actualiza el tópico de la perversidad del totalitarismo para preguntarse sobre las razones dentro de cada individuo que han contribuido a que ese fenómeno político se repita una y otra vez e invita a pensar al mundo sin echar mano de la dicotomía entre culpables e inocentes. Porque, como piensa el protagonista de su novela, la inocencia es un peso que aplasta y “compromete al mundo entero”. En el fondo, Kanada quiere probar que nadie está exento de culpa y recuerda que la palabra “inocencia” es también sinónimo de “candor”. ¿No es la juntura de ambas visiones la columna vertebral de la posmodernidad? Porque si asumimos que pertenecemos a un grupo capaz de lo peor, la ingenuidad es un error caro. Y la vida es, entonces, un enorme sinsentido.“Si es posible sufrir los mayores castigos por nada, entonces es la realidad la que se erige en culpable”, se dice el profesor: “la que deja de tener sentido; un torbellino de cuerpos inertes que chocan sin razón, sin ningún motivo”.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

 

La imagen principal de esta nota muestra a los  del comando Kanada sobre una sábana sobre el suelo de Auschwitz sorteando las posesiones de los reclusos recién llegados 

Tags:
0 shares

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *