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Domingo concentra toda la melancolía en la ficción y la vida de Natalia Ginzburg

La voz de Natalia Ginzburg entreteje el testimonio íntimo con las más profundas preocupaciones sociales. De esto es testimonio Domingo: relatos, crónicas y recuerdos, el libro traducido al castellano por Andrés Barba y recién publicado por la editorial Acantilado. Su estructura bipartita, en donde primero aparecen siete relatos de ficción y luego otros trece de no ficción, identificados como “Crónicas y recuerdos”, permite comprender de qué manera la vida de la autora está estrechamente relacionada con los asuntos de su producción literaria. En realidad, los “recuerdos” de Ginzburg son la materia prima de sus cuentos tanto como de sus crónicas. Y si en la segunda mitad del libro se mezclan recuerdos y crónicas se debe más a una consideración de estilo que de contenido. Porque, incluso en el caso de los cuentos, los temas de la niñez y las tribulaciones de la pobreza atraviesan todos los textos.

A estos asuntos se les suma el del final de la Segunda Guerra Mundial, un tiempo difícil para la familia de la autora, debido a la ascendencia judía y las inclinaciones comunistas de su marido, Leone Ginzburg. Sin referirse a los acontecimientos políticos de la época, la autora describe el ansia, el miedo y la soledad que padecieron los habitantes de las zonas rurales italianas desde la invasión de los aliados, en julio de 1943, hasta el fracaso de los nazis en mayo de 1945. Lo hace a partir de su experiencia en un pueblo de los Abruzos, al noreste de Roma, a donde se mudó con sus tres hijos para estar cerca de su marido durante su período de reclusión. En los Abruzos Leone Ginzburg padeció entre 1940 y 1943 un confinamiento, un castigo impuesto por el gobierno, como una especie de exilio sin salir del país. “Dejar de tener miedo no quiere decir necesariamente haberse vuelto valiente”, explica la autora en uno de sus “recuerdos y crónicas”: “Puede significar, sencillamente, que el miedo nos ha abandonado y que en el lugar donde antes estaba el miedo, ahora hay un vacío”. La misma angustia dolorosa de estos pensamientos aparece en los cuentos de Domingo como “El paso de los alemanes por Erra” o los textos de no ficción “Crónica de un pueblo” y “Campesinos”.

Pero es en el poema “Recuerdos” que divide en dos al libro, donde es más palpable la cohesión del dolor seco que transpira la literatura de la autora de Léxico familiar (1963). Está dedicado a su marido, que sobrevivió el confinamiento para que la Gestapo lo matara en una cárcel de Roma, el día cinco de febrero de 1944. “Te asomas un rato a la ventana tranquila/ y contemplas en silencio el jardín en la oscuridad./ Entonces, cuando llorabas, estaba su voz serena./ Entonces, cuando reías, estaba su risa apagada./ Pero la cancela que se abría por las noches quedará ya cerrada para siempre,/ y tu juventud desierta, el fuego apagado, la casa vacía”.

El final de algo.

Lo que tienen en común los textos de ficción y no ficción congregados en Domingo es la sensación del final de algo. Puede ser la finitud del tiempo, como en el caso de “Septiembre”, el cuento donde se alude al cambio entre el verano y el otoño a través de la maduración de una niña o en el caso de “Domingo”, el cuento del cual toma su nombre la colección; allí, el final de la semana es también el de una relación. Otra manifestación del término de una etapa se encuentra en la muy personal crónica “Verano”, en donde ese período supone la renovación de la maternidad para la autora, después del golpe tremendo de la muerte del marido. “Del mismo modo que mis hijos habían perdido a su padre, perderían también a su madre, pero no tenía gran importancia porque el asco y la vergüenza a veces nos asaltan en ciertos momentos de la vida y cuando esto ocurre nada nos puede ayudar”, explica.

“Dejar de tener miedo no quiere decir necesariamente haberse vuelto valiente”

Frente a lo que se acaba en la historia íntima y en el ciclo de la vida, bellamente ilustrado por los argumentos y las imágenes de los cuentos de Ginzburg, algo queda. Lo que se mantiene, por desgracia, es el desamparo de los pobres. La imposibilidad de la sociedad y de los políticos de comprender sus necesidades, antes y después de la guerra, aparece en crónicas como “Los cuervos vuelan sobre Matera”, “Mujeres del sur” o “Los inválidos”. En esta última dice: “Ahora sé quiénes son los inválidos porque he comprendido de pronto lo que significa haber trabajado muchos años y que te echen a la calle con una carta y con unos cuantos billetes de mil que ya se sabe cuánto valen y lo que duran”. La cita cierra la crónica y puede servir también para cerrar esta reseña. Como Ginzburg reconoce al otro en su literatura, nosotros, los lectores y lectoras, intuimos la profundidad de un mundo emotivo adyacente a nuestra realidad, presente para cundo queramos mirarlo.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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