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infidelidad (imagen cien noches)

Cien noches de promiscuidad y literatura propone Luisgé Martín

Lo principal en Cien noches es el proyecto de promiscuidad literaria que propone. Hace diez años, la crítica hubiera llamado a la obra de Luisgé Martín ganadora del Premio Herralde del año 2020, un “artefacto literario”. Hoy nadie se atrevería a usar esa etiqueta, tan común otrora que ha perdido su vigencia. Y, sin embargo, la estructura y el trabajo, individual y a “varias manos”, que tiene por detrás sugiere la imagen de una enorme máquina llena de piezas destinadas a encajar, como un rompecabezas, en una trama, donde los protagonistas se mueven, a través del tiempo, entre América y Europa.

Lo que Martín llama “promiscuidad literaria en una novela promiscua” —al final, en los Agradecimientos— se manifiesta en cinco relatos autónomos escritos por Lara Moreno, Sergio del Molino, José Ovejero, Edurne Portela y Manuel Vilas, que aparecen con la forma de expedientes de adulterios a lo largo de la obra para probar que la mayoría de las personas podría caer en la infidelidad, si la oportunidad se les presenta. No se sabe qué escritor escribe qué en este “cameo literario”, lo importante es que están allí y que sus palabras hacen el estilo de la obra también un poco promiscua.

Veamos cómo ocurre esto.

         En el argumento de Cien noches se combinan dos líneas narrativas. Una es la investigación sobre las vidas de seis mil personas (sin su consentimiento) para concluir, con poco margen de error, si la mitad de los seres humanos que dicen ser fieles a su pareja, lo son realmente. El multimillonario estadounidense llamado Adam Galliger patrocina el proyecto en donde nadie se detiene en la ponderación sobre la ética de vigilar a miles de personas a través de sus aparatos tecnológicos, sin que estas puedan hacer nada. La línea argumental está interrumpida por los expedientes de adulterios antes señalados —en total, seis, porque Martín escribe uno—, creando múltiples historias dentro de la historia. Pero esta línea se agota en sí misma, cuando aparecen sus resultados predecibles, a la medida de los intereses de Galiger: “Un porcentaje muy alto de los hombres y las mujeres monógamos no lo eran por determinación propia, sino por azar. Por incapacidad para dejar de serlo. Por simple desconocimiento o desinterés”. Lo entrañable en Cien noches no está escrito en clave de experimento —un poco a lo distópico, con aspiradoras y computadoras vigilando a ciudadanos— sino desde la reinterpretación del género policial en términos románticos.

         La fuerza dramática de la novela la lleva la segunda línea narrativa. Su protagonista es Irene, amiga y pareja sexual esporádica de Gallinger, con quien comparte opiniones sobre las relaciones sentimentales. “A menudo he tenido la idea de que la infidelidad es una virtud conyugal, una ley de la naturaleza que contribuye a avivar el amor o protegerlo”, se plantea ella, desafiando la moral de su conservadora y (bastante) acomodada familia de Madrid: “No me he atrevido nunca a defender abiertamente esa postura porque parece una justificación intelectual de un comportamiento primario”. Pero la historia que la define no es la del sexo, sino la de un amor de juventud.

El recurso más usado en la novela es el cinismo, característico de la prosa de Martín en obras como la novela autobiográfica El amor del revés o el ensayo Un mundo feliz. Pero el objetivo de Cien noches es la cuidadosa separación entre amor y sexo. “El amor erótico entre dos personas dura como máximo cien coitos. Cien encuentros. Cien noches. A partir de esa cifra, todo es previsible y ordinario”, escribe. Y, sin embargo, Irene pasa toda la vida buscando al asesino de su primer novio, Claudio. Aquel muchacho a quien tantas veces fue infiel —“quería saber de primera mano si el vínculo afectivo con una persona cohíbe o daña la sensibilidad erótica hacia otras”, explica— aparece un día muerto en su casa, quizá como consecuencia de los turbios negocios de su padre en Argentina. En este momento, Cien noches se convierte también en una novela de detectives, pues Irene se dedica por completo durante todo su ejercicio profesional como psicóloga forense a interpretar la mente de los criminales para comprender cómo y por qué ocurrió aquello con Claudio.

En el fondo, debajo de toda la palabrería sobre amor libre y sexo desenfrenado, Martín queda ante el lector como un romántico. Las relaciones ocasionales como las duraderas aparecen en esta obra como hechuras de los anhelos humanos. “Hay amores felices que nunca tuvieron un coito memorable; y hay orgasmos mitológicos que fueron engendrados en lugares oscuros, sin saber a veces con quién”, se lee en la obra: “La sexualidad humana, como el amor, es un ejercicio de invención. Solo depende de la fantasía”. Cien noches es, en ese sentido, un interesante testimonio sobre el amor.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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