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Una antología de Juan Sánchez Peláez demuestra por qué el autor venezolano más que lectores, tiene feligreses

Es curioso y feliz poder hablar, finalmente, de la antología de un poeta que es al mismo tiempo un autor de culto y casi un desconocido fuera de su patria. Juan Sánchez Peláez (1922-2003) es un secreto a voces. Su nombre es santo y seña entre los que lo conocen. No exagero al decir que su obra, más que lectores, tiene feligreses. Desperdigados a lo largo y ancho de su natal Venezuela y de todo el orbe de la lengua, sus seguidores no somos muchos, pero somos devotos de su hechizo.

Tal vez fue el propio carácter del poeta, siempre alejado de la “vida literaria” entendida como pasarela de celebridades, lo que provocó la primera falta de difusión de su trabajo. El ejemplo mayor de lo que digo es la siguiente anécdota: un antología anterior, igualmente publicada en España y que trataba de presentarlo al público internacional (cosa finalmente conseguida por la editorial Visor y la Fundación para la Cultura Urbana con el magnífico libro que ahora comento) fue rechazada por el propio poeta, por estar en desacuerdo con algo del prólogo. Aquellos ejemplares nunca pudieron salir a la venta y, luego de años de irreconciliable pleito, fueron destruidos. Esto significó que el gran público nunca llegó a conocer la obra de Sanchez Peláez mientras él vivía. El venezolano estuvo consciente, en su momento, de tal implicación, pero prefirió eso que publicar un libro con el que no estaba de acuerdo. El poeta solamente respetaba sus instintos. Si dentro del poema lo define un tono alucinado y luminoso, lleno de epifanías, fuera del poema lo definía ese apego a su verdad interior, una honestidad sin límite.

Surrealista en letra y vida, Sánchez Peláez encarna la rara biografía del hombre que se dedica centralmente a su arte, y que no por eso tiene una obra voluminosa. Sus libros, todos juntos, suman apenas dos centenares de páginas. Obsesionado con la poesía como una suerte de magia oracular, el poeta no escribía mucho aunque escribía siempre. Es un surrealista que reescribe, corrige, que desanda sus pasos en el poema. Tal obsesión por el texto exacto (misterioso e inexplicable, pero exacto) no niega su estirpe surreal sino que la agudiza: buscaba la magia pura, destilada.

“Si dentro del poema lo define un tono alucinado y luminoso, lleno de epifanías, fuera del poema lo definía ese apego a su verdad interior, una honestidad sin límite”

Nacido en Altagracia de Orituco, Venezuela, en 1922, el mismo año en que James Joyce publicó su Ulises y Cesar Vallejo Trilce, Sanchez Peláez es un hijo de la vanguardia literaria de ambas orillas. Tenía apenas 18 años cuando su familia se traslada a Chile, a Santiago específicamente, y se une al único grupo surrealista americano reconocido por André Bretón: La Mandrágora. Ese temprano contacto con nombres legendarios en la poesía latinoamericana como Braulio Arenas, Enrique Gómez-Correa, Jorge Cáceres y Teófilo Cid, deja una marca permanente no solo en su escritura, sino en su manera de leer y de entender la realidad y la poesía misma. Es importante comprender que su paso por Chile no solamente afecta su estilo literario, sino que fundamentalmente cambia su esencia poética y personal. Este surrealismo, del cual se distancia más tarde para emprender una carrera exclusivamente personal sin grupo alguno, es el sitio de su formación sentimental y humana.

“Obsesionado con la poesía como una suerte de magia oracular, el poeta no escribía mucho aunque escribía siempre”

Luego de este primer viaje, la vida Sánchez Peláez tiene mucho de periplo. Luego de publicar, en Venezuela, su primer libro, que al inicio pasa desapercibido y luego lo consagra como poeta de culto: Elena y los elementos (1951), vive en Colombia como agregado cultural de la embajada venezolana en ese país. A ese libro, considerado reformador de la poesía venezolana, pertenece Profundidad del amor, uno de sus poemas más recordados. Cito solamente un par de fragmentos:

Las cartas de amor que escribí en mi infancia eran memorias

de un futuro paraíso perdido. El rumbo incierto de mi

esperanza estaba signado en las colinas musicales de mi

país natal. Lo que yo perseguía era la Corza frágil, el lebrel

efímero, la belleza de la piedra que se convierte en ángel.

(…)

Yo amo la perla mágica que se esconde en los ojos de los

silenciosos, el puñal amargo de los taciturnos.

Mi corazón se hizo barca de la noche y custodia de los

oprimidos.

Luego, Sánchez Peláez tiene dos importantes estancias en París (1956-1957 y 1959-1963), en donde desempeña cargos diplomáticos, y más tarde es invitado al International Writing Program de la Universidad de Iowa (1969-1970). Ya consagrado, recibe el premio nacional de literatura en 1976 y el doctorado honoris causa por la Universidad de los Andes en 2001. Muere en 2003, habiendo publicado Animal de costumbre (1959), Filiación oscura (1966), Lo huidizo y permanente (1969), Rasgos comunes (1975), Por cual causa o nostalgia (1981) y Aire sobre el aire (1989). Su presencia, se ha dicho muchas veces, es imprescindible para entender la poesía venezolana, y tal vez la poesía latinoamericana, del siglo XX.

La importancia de esta antología que Marina Gasparini Lagrange ha compilado, y que se presenta al lector con un breve pero sustancial prólogo de Alberto Márquez, entre las conocidas tapas negras de la editorial Visor, no puede exagerarse: es un acto de justicia que pondrá finalmente a este enorme poeta en los ojos de sus lectores. Creo, sin embargo, que esos lectores multiplicados todavía no serán muchos: la poesía de Sanchez Peláez no está hecha para las masas, sino para las cofradías que, por otro lado, pueden ser amplias.

“La poesía de Sanchez Peláez no está hecha para las masas, sino para las cofradías que, por otro lado, pueden ser amplias”

La selección, generosa, incluye una buena cantidad de poemas de cada libro del poeta. Sus dos últimos poemarios aparecen íntegros. Con esto, el lector de esta antología tendrá una imagen bastante clara del trabajo de Sanchez Peláez. Este libro no es, pues, solamente una introducción al poeta, sino una exploración guiada por expertos, un adentramiento intencionado.

El trabajo de Gasparini Lagrange y de Márquez logra su cometido exitosamente: hacer más visible la obra de un poeta luminoso, necesario. Al mismo tiempo, han logrado invitar al lector a acercarse a la poesía venezolana, que es una de las más vitales e interesantes del idioma (pensemos por ejemplo en Rafael Cadenas, quien ha ganado recientemente el premio Reina Sofía) y que frecuentemente olvidamos.

Estoy completamente convencido de que esta antología tendrá repercusiones estéticas en una nueva generación de lectores y poetas que rescatarán la influencia de Sánchez Peláez. La vida de este libro apenas empieza a revelar sus alcances.

 

Manuel Iris (@manueliris65) es poeta, ensayista y traductor. Autor de Cuaderno de los sueños (2009) y Los disfraces del fuego (2016). Obtuvo la beca “Charles Phelps Taft” de la Universidad de Cincinnati en 2012, y del PECDA del estado de Campeche en 2013.Es doctor en Lenguas Romances por la Universidad de Cincinnati y miembro del Seminario de investigación sobre poesía mexicana contemporánea de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Si te gustó este artículo, te invitamos a que leas nuestros textos sobre otros poetas venezolanos clásicos, como el dedicado a Eugenio Montejo y la reseña del poemario de Yolanda Pantin, Lo que hace el tiempo.

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