Holocausto

¿Hemos aprendido las lecciones del Holocausto?

Parte Timothy Snyder de una afirmación tremenda: no hemos aprendido las lecciones del Holocausto. En el pensamiento de Hitler, que tenía un fuerte fundamento en la realidad material y ecológica del planeta, hay fuerzas que están presentes en nuestro tiempo, y que podrían volver a plantear un escenario de aniquilación de judíos o de otros semejantes. Lejos de desaparecer, la idea de que los fuertes tienen derecho a prescindir de la vida de los más débiles, se ha expandido y diseminado entre 1945 y nuestro tiempo.

Insisto: El Holocausto no ha terminado. No ha sido definitivamente sepultado. El que sea un capítulo de la Historia (el más atroz jamás conocido) no significa que haya sido cerrado. Al contrario, está abierto. Late. Recurrentes y alarmantes manifestaciones se producen aquí y allá. No es posible ya desconocer la advertencia que muchos han comenzado a hacer, entre ellos, el escritor argelino Boualem Sansal: el islamismo radical reproduce la lógica mental y operativa del nazismo. Cosificar a Hitler, convertirlo en un objeto del pasado, es cerrar los ojos en medio de un camino que, otra vez, podría conducirnos al abismo.

Hace apenas unos días, decía Sven Felix Kellerhoff, autor de un libro sobre Mi lucha, el libro de Hitler, que no debemos temer a sus contenidos. Contra ese optimismo (optimismo prototípico de un modo ilustrado de confiar en las habilidades de la razón para desarticular los fanatismos) actúa el pensamiento de Timothy Snyder: las ideas nazis no deben ser limitadas a sus proclamas racistas y antijudías. Reducirlo a esos tópicos, es subestimarlo. Hitler es una perversa mezcolanza de tópicos seudo-religiosos y zoológicos que no han desaparecido del planeta.

Copio un párrafo de Snyder: “Acertamos al asociar el Holocausto con a ideología nazi, pero olvidamos que muchos de los asesinos no eran nazis o ni siquiera alemanes. Pensamos ante todo en los judíos alemanes, a pesar de que casi todos los judíos asesinados en el Holocausto vivían fuera de Alemania. Pensamos en campos de concentración, aunque pocos de los judíos asesinados llegaron a ver uno. Acusamos al Estado, aunque el asesinato sólo fuera posible una vez destruidas sus instituciones (…..) La historia del Holocausto no se ha acabado. Su precedente es eterno y la lección aún no se ha aprendido”.

Purificación y ecosistema

En la médula del pensamiento de Hitler hay esto: una consideración sobre la potencial escasez material, especialmente de alimentos, y una voluntad ecológica según la cual, es inevitable y mandatorio destruir los factores corrosivos -el pueblo judío en su cosmovisión-, causantes del desajuste social y de la destrucción del futuro. Purificar el orden social, restituir la estabilidad del ecosistema, exige eliminar a los enemigos (que son más que enemigos políticos y raciales: se les atribuye una enemistad directamente relacionada con la existencia: al judío había que asesinarlo porque amenazaba la biología y la existencia del pueblo ario). El soporte mental de los asesinos nazis se basaba en la amenaza de la escasez y en una existencia sometida a riesgos más o menos inminentes. Hitler propagó su fantasmagoría en contra del pueblo judío, responsabilizándolos de la destrucción del futuro del pueblo alemán.

El análisis de Snyder se detiene en otro elemento de fondo: en los lugares donde los Estados fueron socavados de forma sustancial o simplemente destruidos, los judíos fueron arrasados de modo casi ilimitado, como ocurrió en Ucrania, Bielorrusia, Polonia, Austria, Checoslovaquia, o donde se mantuvieron Estados-títere como Eslovaquia o Croacia, o en dictaduras aliadas como las de Hungría y Rumanía a partir de 1943. Sin Estados fuertes que protejan a sus ciudadanos, la violencia de unos se asocia con la indefensión de otros. Esta verificación está asociada a una cuestión todavía más terrible: la mayoría de los judíos no murieron en campos de concentración sino que fueron asesinados por milicias, vecinos, policías, escuadrones de las SS o de la Wehrmacht, a balazos, golpes, acuchillados, quemados o enterrados vivos, en bosques, campos, oficinas, casas o en cualquier lugar, a cualquier hora, en circunstancias que son la pura atrocidad. Esto nos conduce a la más terrible perspectiva de lo humano: cualquiera, cuando menos se lo espera, puede asesinar a otro haciendo uso de la violencia más extrema.

Hitler en el futuro

En el nudo del pensamiento hitleriano está la cuestión del derecho-opción que el más fuerte tiene de liquidar al débil. La ley de la selva. La muerte del otro entendida como el principio de la propia vida. Ese pensamiento depredador, la de disponer de la vida de los otros, lejos de ser erradicado, ha mutado y se dispersado hacia las prácticas terroristas, de la delincuencia organizada, del esclavismo, de la discriminación religiosa, racial o social. Nos equivocaríamos de palmo a palmo si partiésemos de la premisa de que hoy somos mejores y tenemos un mayor aprecio por la vida que los cientos de miles de europeos que asesinaron, en acciones unilaterales y desproporcionadas, a millones de personas en enormes territorios de Europa.

Si algo ha cambiado desde 1945 a esta fecha es el conocimiento que la sociedad comparte sobre su capacidad de destruir y masacrar a los demás. El mundo se ha llenado de armas y una imaginación sobre los modos de matar y de causar sufrimiento a los demás. Pocas palabras bastan para que despachemos toda ilusión: Camboya, Ruanda, Sarajevo, Somalia (en los casos del genocidio de Ruanda y de la secuencia de masacres ocurridas en Somalia, la cuestión de la escasez y la propiedad de las tierras forma parte de la genealogía de la muerte ilimitada).

El todos contra todos vive ahora mismo su apogeo. Cuando un laboratorio en Francia sigue utilizando personas como cobayas para sus experimentos, ¿no está adoptando el pensamiento de Hitler que aseguraba que los judíos eran no-personas? Cuando Hitler escribe en “Mi lucha”, “creo actuar de acuerdo a los deseos del Creador. En la medida en que domine a los judíos, estaré defendiendo la obra del Señor”, ¿qué diferencia esta frase de las que vociferan los radicales islámicos que explican sus crímenes como consecuencias de un mandato divino? ¿Es que no son evidentes las pretensiones del Califato Universal con las de un Reich de mil años?¿No hay entre el crimen del islamista radical y el del nazi una afinidad en tanto que ambos se ejecutan estimulados por una legitimidad de fondo, una religiosa y otra racial?

Vivimos un tiempo de cambio climático y de una sensación cada vez más extendida de catastrofismo. Basta sentarse a escuchar un noticiero para verificar que las personas, en todo el planeta, cada vez parecen más dispuestas a hacerse parte de la acciones o de grupos violentos. Snyder dice en el excepcional capítulo que cierra Tierra negra, que a todos nos gustaría pensar que somos portadores de una esencial bondad humana. “Sin embargo, si se destruyesen los Estados, se corrompieran las instituciones locales y los incentivos económicos se encaminasen hacia el asesinato, pocos de nosotros mostraríamos un comportamiento ejemplar. Existen pocos motivos para pensar que somos éticamente superiores a los europeos de los años treinta y cuarenta o, para el caso, menos vulnerables al tipo de ideas que Hitler propagó e hizo realidad con tanto éxito”.

Nelson Rivera (@nelsonriverap) es ensayista, gestor cultural y director de “Papel Literario”, el suplemento cultural del periódico venezolano El Nacional

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