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Textos escogidos de Chuang Tse o cómo cambiar el paso cada día

En la mañana de la Historia, los “hombres verdaderos” no se rebelaban ante la escasez, no hacían planes, no conocían la tristeza por el fracaso ni la felicidad por el éxito, dormían sin soñar, sentían sin turbación y comían sólo porque debían. Pero llegó la escritura, que debilitó ese espíritu y enterró el saber espontáneo en una erudición vana, generando iluminados que se creyeron mejores.

Uno de ellos, Confucio, les tentó con leyes y normas basados en nobles conceptos. Así, a partir de ese momento, los seres trataron a sus vecinos sin equidad gracias a la Justicia, beneficiaron a familiares y amigos a través de la solidaridad e igualaron la confianza con el dinero. Como el caballo que sabe correr por la naturaleza y no necesita bridas ni látigos, la humanidad no requería de códigos para ser justa, solidaria y libre por nacimiento; pero empezó a creer que sí.

Por desgracia, todos dejaron de comportarse como niños que andaban sin saber adónde, que hacían sin saber el qué y que se amoldaban a los cambios que traía cada mañana. Esa energía vital se debilitó por varios medios: la inteligencia, la tecnología, el vivir entre el vulgo. Mejor mudar en un eremita que sólo siente y no piensa, que sólo se vale con sus manos, ajeno a cualquier artilugio. Entre la humanidad perdida de esos días, Chuang Tse tuvo que apartarse de los demás para alcanzar esa perfección olvidada. Esta sabiduría de la contemplación es la que se lee en el volumen de Textos escogidos traducido por Gabriel García-Noblejas —quien también hace la Selección, versión y epílogo— y publicado por Alianza Editorial. Y los relatos, viñetas y otros textos del libro describen una personalidad digna de reverencia.

 

Caminos de la perfección.

Al morir su esposa, el sabio se puso a golpear una palangana a modo de tambor con el que acompañar su canto. El maestro Hui, escandalizado, le invitó a que dejara de formar tanto ruido y se pusiera a llorar como un viudo debe hacer. Pero Chuang Tse le contestó que su compañera no había muerto, sino que se había transformado, como cuando el vacío varió y dio a luz a una niña, que con los años sería su mujer.

En aquella época, en la que sólo se hablaba de principios para alcanzar la paz, las guerras se sucedían en China, sus reinos no dejaban de combatirse. Chuang Tse se presentó al rey de Wei envuelto en harapos y descalzo. Ante la compasión del monarca, el maestro respondió que su verdadera desgracia consistía en vivir en esos tiempos de confusión. El hombre se comportaba como esos monos que saltan y bailan en las ramas de los árboles pero que eran incapaces de dar un paso entre las zarzas y los espinos.

 El mejor uso que se les puede dar a las palabras es callarse

Chuang Tse

A pesar de su fama ilustre, Chuang Tse se tuvo que retirar a las riveras de los ríos, a los bosques, pues pocos comprendían sus rarezas. Al llegar la hora de su muerte, supo que, si daba ejemplo, todos entrarían en razón. Cuando sus discípulos andaban ocupados en preparar el funeral, él les detuvo. Les prohibió que le colocaran los ceremoniales discos de jade sobre los ojos ciegos, ni que le dieran sepultura. Su ajuar funerario serían todos los seres que le rodeaban. Su cadáver sería alimento de los cuervos, los perros y demás alimañas carroñeras. Después de este gesto final de generosidad, sus enseñanzas sobre el Tao se extendieron por toda China.

Algunas corrientes taoístas, sobre todo la Escuela de los Maestros Celestiales, de la Joya Sagrada y de la Verdad Integral, primaron los ritos. Uno de ellos, el del “barro y la ceniza”, consiste en la confesión de las faltas a un Maestro para purificarse. Otro, el Rito de la Ofrenda, dura tres días, en los que se baila, se canta y recitan textos sagrados y peticiones, todo ello para atraer el favor de los dioses.

 

La trascendencia de Chuang Tse.

La centralidad de Chuang Tse en la cultura oriental es que él instauró la noción sobre el fin de la vida de todo creyente como un transfigurarse en inmortal; búsqueda que se popularizará en la dinastía Han. Para ello, muchos se retiraban a las montañas sagradas o parajes paradisíacos para vivir como hacían los hombres cuando reinaba el Tao. Allí, al seguir las técnicas para existir sin morir, que consistían en ejercitar la respiración, el cuerpo, vigilar lo que uno come y lo que uno ama, tomar el sol y meditar, uno adquiría la condición de inmortal. Incluso el emperador Wu envió una flota en busca de Penglai, la isla de los no muertos, uno de aquellos lugares míticos como Kunlun, la montaña de los que no mueren.

Si alguien destacado moría, podía llegar a divino. Lao Tse, el otro sabio del Tao, pasó a ser un dios. El resto, los que no eran reyes, reinas o grandes ministros, se tenían que contentar con convertirse en espíritus, en fantasmas, al expirar. Si se alcanzaba la maestría de lo sobrenatural, uno ascendía a fangshi, capaz de la invisibilidad, el viaje instantáneo a la cara opuesta del globo y de la obtención de objetos imposibles, entre otras maravillas. Uno de ellos, Dong Zhongjun, tras cobrar una buena tanda de golpes por un crimen y ser arrojado a una celda, pudo corromper su cuerpo hasta transformarlo en un cadáver con los ojos caídos en sus cuencas y agusanado. A los pocos días, revivió cuando se sintió otra vez libre.

 

 

Antonio Palacios colabora con las revistas Estación Poesía, Clarín, Letralia, El Coloquio de los Perros, Ariadna y Revista de Letras, entre otras. Publicó Yo sombra, en 2018, un libro que se comprende de una novela, un libro de entrevistas, una guía de viajes, una sátira y un ensayo poético sobre la verdadera naturaleza de los sevillanos.

 

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