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Una “carta pastoral” para Philip Roth, cuando hubiera cumplido 86 años

“Así es como vive la gente de éxito. Son buenos ciudadanos, se sienten afortunados y agradecidos, Dios les sonríe. Hay problemas, pero ellos se adaptan. Y entonces todo cambia y se vuelve imposible. Ya nada sonríe a nadie. ¿Y entonces quién puede adaptarse?”, escribía Philip Roth (1933-2018) en su incontestable Pastoral americana, de1997. Una prueba de que lo trágico existe, como parece decirnos esa cita de este autor clásico estadounidense, es que él nunca consiguiera el Nobel de Literatura.

La prosa americana ha engendrado figuras enormes como Paul Auster, Jack Kerouak, J. D. Salinger, Stephen King o Mark Twain. Muchos escritores y otros tantos lectores hemos aprendido a amar a los libros mediante el estilo ágil, profundo y entretenido que logran los estadounidenses. Pero Roth poco tiene que ver con fila de autores-leyenda citados. Sus obras recuerdan a la prosa filosófica, difícil, edificante, de los míticos escritores rusos como Antón Chejov, Léon Tolstoi o Fiódor Dostoievski. La simpatía que despiertan para este judío de Nueva Jersey se hace evidente, no solo en el modo de entender la novela como algo mucho más allá del entretenimiento, sino porque los cita a lo largo y ancho de sus libros. El dato es relevante al saber que no encontraremos semejantes nombres en la inmensa mayoría de las obras publicadas en Estados Unidos. Los motivos políticos y sociales para no citar los estandartes intelectuales de la antigua Unión Soviética son evidentes, y por eso sorprende encontrar el reflejo de estos personajes en el corazón (construido por Roth) de la prosa americana.

 

Seguidor de la tradición rusa.

“La política es la gran generalizadora, y la literatura la gran particularizadora (sic.), y no sólo están en relación inversa entre ellas, sino en relación antagónica”, afirma Leo, un personaje secundario en Me casé con un comunista (1998). Ese es un buen ejemplo del modo como Roth construye sus novelas. Allí, como en la mejor prosa decimonónica, los personajes, incluso los más pequeños, son importantes. En tiempos de subjetivismo romántico como los actuales, cuando prevalece la primera persona, Roth prefiere la tercera. Nathan Zuckerman es su alter ego (alter mente): un escritor que siempre escucha, explica e imagina lo que dicen, lo que dijeron, lo que hubieran dicho, los demás. No hay trampas: lo narrado es solo una interpretación de un personaje que vive alejado del mundo en una cabaña en medio del bosque. Los recuerdos se imbrican con las suposiciones y el todo es una amalgama que dibuja de una manera sublime los retratos múltiples de la vida, del misterio incognoscible: los lados infinitos del prisma humano.

“La política es la gran generalizadora, y la literatura la gran particularizadora, y no sólo están en relación inversa entre ellas, sino en relación antagónica”

De esta manera, se puede entender la obra de Roth como un símbolo, como “un minúsculo símbolo de la infinidad de circunstancias en la vida de otra persona, de esa ventisca de detalles que forman la confusión de una biografía humana, un minúsculo símbolo que me recordaba por qué nuestra comprensión de los demás es, en el mejor de los casos, ligeramente errónea”, como Zuckerman señala en La mancha humana (2000).

 

Trípticos, trilogías e historias.

Estructurar una novela a partir de voces que cuentan la historia de personajes que no son ellos mismos exige la maestría narrativa necesaria para no perderse en el laberinto minoico de la narrativa. Esta clase de juegos encuentran en Roth un nivel pocas veces alcanzado por otros escritores. En sus novelas sabemos el final al terminar primero o segundo capítulo. Alguien cuenta un relato al protagonista que sorprende por su desenlace, pero consigue intrigar al escritor que irá profundizando en los hechos y en las causas que dieron lugar a aquella historia. Se cumple esta premisa en todas las novelas de su Trilogía americana la deliciosa colección que recoge sus tres libros más aplaudidos.

Cada obra del tercio se sustenta sobre una paradoja que confronta a la política con la literatura. Pastoral americana, ganadora del Premio Pulitzer de 1998, explica la caída en desgracia de Seymour Irving Levov, apodado “El Sueco”. Un ídolo y referente de los chavales de la comunidad judía de Newark. Al cabo de los años, el narrador encuentra al hermano del héroe de su infancia. Él le cuenta que El Sueco murió de un cáncer que, según él, le provocó su hija: una activista culpable de la muerte de dos personas en un acto terrorista. De la sorpresa que produce este hecho arranca el motor de la novela y una dilatada reflexión sobre lo que en Europa se considera la derecha y que en el continente americano es el conservadurismo. El personaje se ve arrasado por los designios del destino y tiene en su propia hija su principal enemigo.

El horizonte de expectativas que el lector configura al iniciar el segundo libro es la reformulación de los ideales del american dream. Se trata de Me casé con un comunista, la novela premiada con el Ambassador Book Award en 1998. Allí Roth sitúa el punto de vista en el lado contrario de la novela anterior, cuando en Estados Unidos ser comunista era legítimo, intelectual, bueno y justo: la encarnación de los ideales de Abraham Lincoln en nada menos que el socialismo soviético. La figura central de la novela es Ira Ringold, quien se ve envuelto en problemáticas diversas durante el macartismo, que acabó con todo rastro socialista.

«Esa ventisca de detalles que forman la confusión de una biografía humana»

En La mancha humana, la última pieza dela trilogía, el recurso de la paradoja alcanza el culmen de la narrativa de Roth: Coleman Silk es expulsado de la universidad como decano y profesor en lenguas clásicas por pronunciar, de entre todas las formuladas durante sus años de docente, una pregunta escueta y sin importancia en el aula: “¿Conoce alguien a estos alumnos? ¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?”. Los alumnos resultaron ser negros y denuncian al profesor por racismo, aunque ellos nunca fueron a clase y el profesor desconociera su color de piel. “Y si añadí lo de negro, fue sin ninguna intención, quizá porque había estado releyendo La Ilíada y me había quedado con el latiguillo: las negras naves, las negras olas, las negras entrañas”, explica el protagonista en en la novela ganadora del Premio Faulkner 2001. La maestría de Roth estriba, además de en su crítica sucinta al mal llamado puritanismo, en el hecho de que el profesor Silk es también  negro. Lo ha estado ocultando toda su vida, haciéndose pasar por judío, porque su piel era clara y porque, en verdad, vivía en la sociedad racista, clasista y elitista. Y he allí que en estos tres libros se puede resumir lo importante de la obra de Roth y sintetizar las grandes paradojas de la cultura estadounidense.

 

Y, sin embargo.

Y, sin embargo, Roth nunca ganó el Nobel de Literatura y, puesto que murió en 2018, ya nunca lo hará. “Nada dura, y sin embargo nada pasa tampoco. Y nada pasa precisamente porque nada dura”, como él mismo escribiera. Lo que sí consiguió fue el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2012. En el discurso de recepción, que pronunció —en diferido dado que no asistió a la ceremonia—, se sorprendía de haber recibido semejante galardón de un país en la periferia de Europa y, a veces, en la periferia del mundo. Él, que había escrito siempre sobre Estados Unidos, ¿por qué interesaban sus obras allá en el viejo continente?: “Lo que ves desde esta tribuna silenciosa en mi montaña, en una noche tan espléndidamente clara como aquella en la que me dejó para siempre, murió al cabo de dos meses, es ese universo en el que no se entromete el error. Ves lo inconcebible: el colosal espectáculo de la falta de hostilidad. Ves con tus propios ojos el vasto cerebro del tiempo, una galaxia de fuego que no ha encendido ninguna mano humana.

“Las estrellas son indispensables”, dijo entonces.

Que este escrito y esta cita final del propio Roth sea un homenaje para la estrella norteamericana extinguida el año 2018. Que sirva como carta pastoral en su memoria.

 

Ricardo Rodríguez Boceta (@rodriguezboceta) es profesor y músico. Colabora con las revistas Visor Literaria, Almiar y Otra parte, entre otras.

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