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En La vida de las cosas, Remo Bodei estudia la prolongación del individuo en el mundo material

Al despertar, las cosas nos devuelven al mundo. Nos conectan otra vez con lo que nos rodea. La familiaridad con ellas nos orienta. Viven en nuestro campo perceptivo y en nuestra lengua. Son parte sustantiva del mundo de cada quien. A menudo las cosas forman parte de nuestras rutinas y olvidamos que ellas portan valores afectivos y simbólicos. No son inmunes al paso del tiempo: también las cosas envejecen, se cargan de memoria.

Las cosas son “el envés”, la prolongación del individuo: “cualquier objeto es susceptible de recibir investiduras o ‘desinvestiduras’ de sentido, positivas o negativas; de rodearse de un aura o de ser privado de ella; de cubrirse de cristales de pensamiento y de afecto o de volver a ser una ramita seca; de enriquecer o empobrecer nuestro mundo, agregándoles o sustrayéndoles valor y significado a las cosas” (comento La vida de las cosas, del filósofo Remo Bodei, Editorial Amorrortu, Argentina, 2013).

Difícilmente el ser humano puede separarse (desmembrarse) de las cosas. Pessoa lo advierte: abandonar las cosas nos conmociona. Freud señaló que las cosas forman parte del duelo. Lévi-Strauss sostenía que el excedente de significación que es parte de nuestras vidas terminaba distribuido entre las cosas. Kant sostenía que dependemos más de las cosas que ellas de nosotros. Umberto Eco habla de “documentos dotados de intrínseca dignidad”. Heidegger criticaba a Husserl porque mantuvo separados al sujeto y el objeto. En su pensamiento, Heidegger decía que las cosas eran aquello que venía hacia cada uno de nosotros.

La obviedad banaliza las cosas. Al revés: el descubrimiento de las cosas es el resultado de una victoria contra la obviedad. Cuando una cosa es descubierta, una íntima necesidad sale a flote. Las cosas tienen la misma propiedad que otras personas: activan la conciencia, porque la conciencia no es algo suspendido en el vacío, sino que existe en relación a personas y cosas concretas.

Si a cada generación corresponde un paisaje de cosas, el siglo XX ha sido el de la explosión, el de la multiplicación de las cosas. Desde entonces vivimos en el auge de la cultura material, donde los objetos son superados por otros. Baudrillard se preguntaba si el consumismo no terminaría destruyendo nuestro vínculo con las cosas. Rilke se alarmaba por la aparición de cosas vacías, sin “atisbos de vida”. Que las cosas tienen una enorme significación lo demuestra el lugar que ocupan en la acción de los vándalos. Pero también hay en ellas otra funcionalidad: ellas parecen dispuestas a llenar algo que nos falta: un vacío o algo semejante a un vacío. O quizás las tenemos porque sabemos que de ellas solo vemos la superficie, y que cada una contiene un secreto que algún día nos será finalmente revelado.

 

Nelson Rivera (@nelsonriverap) es ensayista, gestor cultural y director de “Papel Literario”, el suplemento cultural del periódico venezolano El Nacional

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  1. Estelio Mario Pedreáñez

    Ésta reseña es ilustrativa, pedagógica, educativa, porque al yratar de un libro que expone la prolongación del individuo en el mundo material, y contener referencias y citas de Martín Heiddeger, el filósofo nazi, nos hace pensar en los más grave: La «cosificación» del ser humano, que desconoce su dignidad para rebajarlo a cosa, o «animales», como hicieron los nazis con los judíos, para así «justificar» su exterminio: Hitler los llamó «sabandijas», «ratas», «piojos», y el barbudo dictador tropical llamó a sus opositores «gusanos», porque se nutrian de la misma ceguera y odio irracionales, que en la Alemania de 1933 a 1945 presenció el fin del filósofo como «amigo de la sabiduria», decadencia simbolizada por el racista aleman Martin Heidegger, quien fue Nazi, admiró y apoyó publicamente a Adolfo Hitler y todo el genocidio y la barbarie que el nazismo perpetró. Y Heidegger, a quien se le quiere arropar con un manto de olvido su oprobioso nazismo (fue dirigente del Partido Nacionalsocialista alemán, delator a sueldo de la Gestapo y propagandista del dictador Hitler), fue premiado por la Dictadura Nazi como Rector de una universidad alemana (en ente momento no recuerdo cuál, pero dicha universidad, como la generalidad de las universidades alemanas durante 1933-1945, está manchada por su respaldo a los genocidas nazis), lo prueba que la Filosofia perdió brillo al convertirse en una simple especialidad más dentro del mundo universiario. Aunque quizá estamos cometiendo el grave error de creer que son filósofos como Aristóteles, Platón, Epicuro o Sócrates, los comentaristas o historiadores de la Filosofia. En todo caso, hombres como el «sabio» Martin Heidegger son una vergüenza para los filósofos y para toda la Humanidad. Y sus «Cuadernos Negros» no dejan duda alguna.

  2. Estelio Mario Pedreáñez

    Un escritor brillante, genial, grande, puede serlo a pesar de sus erradas ideas y actuaciones políticas porque éstas están fuera de la Literatura, como ejemplos están Borges al aceptar honores del dictador Pinochet, García Márquez y su «encantamiento» ante Fidel Castro, Uslar Pietri y su gomecismo; distinto caso sucede con los filósofos, quienes son por definición buscadores del conocimiento, de la sabiduría, de la verdad, por tanto sus ideas y actuaciones políticas están comprendidas dentro de sus concepciones filosóficas y si son racistas, irracionales, aduladores de brutales dictadores, cómplices o apoyadores de persecuciones, expolios y asesinatos colectivos, como Martin Heidegger, no son más que «sofistas», en el sentido peyorativo del término, manipuladores de las palabras para sostener mentiras, y para descubrirlos y combatirlos Aristóteles creó la Lógica hace más de dos mil años. Los historiadores del futuro se asombrarán al estudiar como un sofista, Heidegger, que debió ser enjuiciado como criminal nazi fue admirado por tantos por repetir con inflada palabrería lo antes dicho con elegancia y sobriedad por Ortega y Gasset y Unamuno, entre otros.

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