Dïas de la peste (principal)

En Los días de la peste, Edmundo Paz Soldán reproduce nuestro mundo disfuncional en la metáfora de una cárcel

La más reciente novela del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán, uno de los más sólidos autores de la literatura hispanoamericana actual, nos lleva a Los Confines, una apartada región de un país latinoamericano cuyo nombre ignoramos. En realidad, las acciones transcurren en La Casona, una singular prisión. A través de una veintena de personajes principales (y decenas más de incidentales) los lectores nos internamos en el mundo de la prisión, un lugar que, no puede ser de otra manera, aunque vive según sus reglas reproduce las relaciones del mundo exterior entre sus muros. Relaciones que son, como se establece en la primera página, de poder y violencia.

“¿Hay algo que funcione bien en este país? No somos ninguna excepción que confirma la regla. Somos la regla que confirma la regla”

Otero, el Gobernador de La Casona, se muestra desde el inicio como un gobernante que distribuye con aparente equilibrio el castigo y la recompensa, la brutalidad y la conmiseración. Esto no resulta novedoso, porque toda prisión se levanta sobre la base de relaciones jerarquizadas y sobre la violencia, bien sea como amenaza o como acto. Lo singular de La Casona es la convivencia de prisioneros con sus familias en un mundo en el que las divisiones tajantes de adentro y afuera, presos y libres, criminales e inocentes, se han hecho tenues hasta casi desaparecer. En ese mundo, las relaciones de poder no son sólo que las establecen las autoridades y guardias con los prisioneros, sino, en igual medida, las que crean éstos entre sí y sus familiares, reproduciendo, sin mucho disimulo, el universo de negocios, chantajes, sobornos, prostitución, tortura y componendas del exterior.

En las páginas finales de Los días de la peste se produce el siguiente diálogo:

“– ¿Hay algo que funcione bien aquí?

– ¿Hay algo que funcione bien en este país? No somos ninguna excepción que confirma la regla. Somos la regla que confirma la regla”.

Y la regla es que todo funciona mal: en La Casona, en el país, en el mundo.

En La Casona se practica el culto de origen indígena a Ma Estrella, que se ha extendido entre la gente más pobre y marginal de Los Confines y que ha arraigado extraordinariamente entre los prisioneros y sus familias. “Fue reinventándose con los años, como se inventan y reinventan todos los dioses, a partir de la necesidad de la gente, sobre todo de los más marginales, los enfermos, los reclusos, que decidieron entregarle su fe”. Si las raíces de su culto son difusos, su liturgia y las creencias en las que se fundamenta no lo son menos. Queda claro, eso sí, que no es una diosa amable: se la representa con un cuchillo entre los dientes y se emplean calaveras humanas en sus ritos, tal vez porque “A la diosa no la guiaba el deseo de un mundo mejor para los explotados; lo suyo era la venganza pura”.

El culto a Ma Estrella es un aspecto fundamental de la novela; explica el universo mental de todos los personajes, aun de quienes no creen en ella.

A pesar de su origen popular, Ma Estrella ha sido adoptada también por los poderosos (por necesidad de creer en algo, por esnobismo, por lo que sea), que la convierten en instrumento de sumisión y control al aceptar o prohibir el culto, pretendiendo regularlo de acuerdo a las necesidades circunstanciales de quienes detentan el poder y libran sus propias luchas. Como dice el Juez: “La Innombrable ha crecido mucho. La gente siente que ya no necesita depender de la administración. Todo se lo puede pedir directamente a ella. El Prefecto piensa que son formas simbólicas de liberarse del partido.”

“A la diosa no la guiaba el deseo de un mundo mejor para los explotados; lo suyo era la venganza pura”

Es precisamente la prohibición del culto lo que da origen a la rebelión de los prisioneros en la última parte de la novela. Y la peste que azota al penal, que es la razón del título, también es explicada como un castigo de la diosa.

Los días de la peste es una excelente novela coral escrita sin contemplaciones. Su estilo algo frenético –frases cortas, ritmo acelerado, ágiles transiciones– parece el adecuado a una historia que da cuenta, en clave simbólica al tiempo que realista, de los males del mundo. “Al salir se preguntó quién ganaría, si el virus o la Innombrable”, se pregunta al Comandante encargado de la operación de retoma del penal. Ambas alternativas parecen terribles: un virus que trae la muerte indiscriminada entre escalofríos y vómitos de sangre, o una Diosa que sólo promete venganza y más muerte.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010), El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

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