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Elvira Navarro: La desafección española hacia su propio patrimonio es histórica

Cada libro que publica Elvira Navarro asombra. Algunos causan admiración, otros, extrañeza; pero, en todos los casos, una sensación de estar ante una autora particular embarga. En La ciudad en invierno es la ambigüedad sexual y la violencia soterrada de su protagonista; en La ciudad feliz, el universo de los inmigrantes de origen chino; en La trabajadora el delirio de una mujer que vive en un situación precaria –“mi deseo se cifraba en que alguien me lamiera el coño con la regla en un día de luna llena”, escribe en la primera página de la obra–. En Los últimos días de Adelaida García Morales, la sensación viene de la construcción de una nouvelle abierta y heterogénea donde personajes que nunca convivieron con la autora de Badajoz tratan de reconstruir su identidad y el final de su vida. Un ejercicio de ficción que le costó una reprimenda pública del crítico de cine y exmarido de la autora, Víctor Erice. A mi, la creación de dos personajes “tipo” –por llamarlos de alguna manera– que son mujeres y que desde sus ocupaciones de funcionaria y de artista se enfrentan con la imagen pública de García Morales me parce una estrategia narrativa a tener en cuenta. Por eso, le hice preguntas.

– ¿Por qué Adelaida García Morales?

– Mi interés tiene varios orígenes: el primero es que Adelaida García Morales forma parte de mi educación literaria, de esas lecturas tempranas que a menudo son decisivas. Durante la infancia y la adolescencia somos más porosos. Aún no estamos hechos. El silencio de las sirenas, que fue la novela con la que ganó el Herralde, era la propuesta de lectura para estudiar la literatura española contemporánea de mi manual de bachillerato. Un libro de texto es un entorno canónico, así que la asumí como si estuviera a las puertas de la gloria literaria. Sin embargo, poco más supe de ella, aparte de unas pocas reseñas en la prensa. Cuando falleció, en 2014, parecía que llevara años muerta, y aunque hubo necrológicas, estas fueron escasas. Eso me enfadó, y no sólo por Adelaida García Morales, sino también por la histórica desafección española hacia su propio patrimonio. Dos meses después de su deceso, recibí dos e-mails de Rosario Izquierdo Chaparro, escritora sevillana y amiga, contándome que poco antes de morir habían intentado ayudarla desde la delegación de Igualdad del pueblo sevillano donde residía para que pudiera viajar a Madrid a ver a su hijo. Eso fue lo que disparó el impulso de escritura. Inicialmente quise convertir en ficción sus últimos días con un cuento, a la manera de Carver con Chéjov en Tres rosas amarillas, y de hecho la nouvelle o como la quieras llamar estuvo cerrando un libro de cuentos. Sin embargo, no era un buen cierre: por su extensión, había dejado de ser un cuento, y me desequilibraba el conjunto. Así que decidí publicarlo por separado.

“Cuando falleció, en 2014, parecía que llevara años muerta, y aunque hubo necrológicas, estas fueron escasas. Eso me enfadó”

– Hasta ahora sólo has publicado novelas breves y cuentos. ¿Cuáles son las particularidades expresivas de la nouvelle que resultan significativas para el conjunto de tu obra?

– Quizás el cuento y la nouvelle sean formas idóneas para los que corregimos mucho y nos gusta que el texto no pierda cierto tipo de intensidad.

¿Crees que el caso de García Morales es representativo de la marginación de las mujeres escritoras en la cultura?

– El caso es paradigmático de algo más amplio: el nulo cuidado que España tiene con su patrimonio, que se agrava cuando se es mujer. Los manuales de literatura que se estudian en los institutos son el ejemplo más llamativo: incluso a día de hoy, apenas incluyen mujeres. En el caso de García Morales, parte de su olvido se explica porque su producción posterior a El silencio de las sirenas no alcanzó la maestría de sus dos primeras obras. Se explica, pero no se justifica.

– ¿Hay algunos aspectos en los que te has sentido identificada con García Morales, en lo personal o en lo profesional?

– No diría que con García Morales, que es una gran desconocida, sino con su leyenda, con su ficción, de la que me apropio, y sobre la que trabaja el libro. Esta leyenda atraviesa la narración como un fantasma que actúa como espejo de los miedos de la concejala de cultura y de la realizadora. En todas he puesto conflictos que son míos. ¡Madame Bovary soy yo!

“Esta leyenda atraviesa la narración como un fantasma que actúa como espejo de los miedos de la concejala de cultura y de la realizadora. En todas he puesto conflictos que son míos. ¡Madame Bovary soy yo!”

– En El País, Erice se pregunta sobre la “autoridad” que tienes para apropiarte su ex-esposa. La documentalista de tu libro se pregunta sobre el conflicto de “hacer una historia de ficción con una persona que existió de verdad”. ¿A quién pertenecen los escritores? ¿A sus familiares? ¿A los lectores?

– Nadie pertenece a nadie. Y además el libro trabaja con la leyenda. Se trata de la ficción de otra ficción. Es más: uno de los temas principales es la imposibilidad de construir una identidad. Ninguno de los personajes sabe realmente quién es Adelaida García Morales, y en el intento de saber, las voces se desautorizan unas a otras. Actúan como narradores testigos, que son los menos fiables. No obstante, la documentalista es consciente que desde fuera le pueden pedir cuentas, que es exactamente lo que ha pasado, lo cual me lleva a esa afirmación de Carson McCullers: “Todo lo que he escrito me ha sucedido o me sucederá”. El conflicto con Erice apunta a dos órdenes de legitimidad irreconciliables.

“Ninguno de los personajes sabe realmente quién es Adelaida García Morales, y en el intento de saber, las voces se desautorizan unas a otras. Actúan como narradores testigos, que son los menos fiables”

– ¿Crees que el valor de García Morales es extraliterario? Quiero decir: que va más allá del valor de su obra.

– Hace unos días estuve en una charla fantástica entre la artista Ángela Valella y la comisaria Nerea Ubieto. Antes de que se pusieran hablar, observé con atención la obra de Valella expuesta en la sala. En una de las paredes había colgada una serie de dibujos, collages, poemas y textos en prosa, a mano y mecanografiados. En la charla, Ángela Valella explicó que aquello perteneció a su madre, quien se pasó toda la vida escribiendo sin publicar y sin mostrarle a nadie su obra. Esta señora murió y le legó a Valella una ingente obra secreta. Al escuchar esa historia, la serie colgada en la pared cobró una gran fuerza. Cuento esto porque se puede trazar una analogía con Los últimos días de Adelaida García Morales. Lo que Valella cuelga en la pared no es la obra de su madre, sino la apropiación que ella hace, y eso la transforma en otra cosa sin que al mismo tiempo se rompa el vínculo con la persona que escribió todos esos textos. Del mismo modo, en Los últimos días… se presenta una historia que no es la de Adelaida García Morales sin que ello suponga la ruptura del vínculo en la medida en que fue la escritora la que inspiró la ficción. Aunque las ficciones siempre están hablando de lo real (que es otra ficción, aunque consensuada y con efectos), aquí el vínculo es directo, y lo extraliterario, que es todo lo que tú mencionas, convive con lo literario.

“Quizás el cuento y la nouvelle sean formas idóneas para los que corregimos mucho y nos gusta que el texto no pierda cierto tipo de intensidad”

– Entre esta novela y La trabajadora puede descubrirse un vínculo a partir de la precariedad de la vida de quienes trabajan en el sector editorial. ¿Cómo crees que afecta la precariedad de los profesionales de la cultura a los discursos culturales que plantean sus obras?

– Todo permea el discurso, y además no suele haber relato sin conflicto, aunque al final depende de cada caso particular. Pero es obvio que la precariedad es uno de los temas actuales. Si se te quema la casa, es difícil mirar para otro lado. De todas maneras, en el mundo cultural español la precariedad viene de lejos. Ha habido pequeñas islas, breves periodos en los que se disponía de dinero para la cultura, coincidiendo no sólo con épocas de bonanza económica, sino con el rendimiento que los políticos y los poderes, públicos o privados, han obtenido del apoyo a los creadores. Es un tema muy complejo, porque afecta a algo más grave que a los discursos culturales: afecta a las condiciones de posibilidad de generar esos discursos.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

La foto de Elvira Navarro es de Elba Fernández.

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