Jardín de invierno (Principal)

En El Jardín de Invierno, la austríaca Valerie Fritsch relata un Macondo europeo

 

Mi casa llena de escombros,

sumergida en algún llanto de la infancia.

Néstor Mendoza

 

Un hombre mira el paisaje que se muestra ante él, desde la azotea de un edificio: la ciudad y el mar como universos extraños. Mientras eso sucede, la nostalgia por el universo de su infancia se debate entre los recuerdos de los seres que marcaron su vida: la madre, el padre, el hermano, el abuelo, y muy especialmente, la abuela, núcleo de toda su existencia infantil. “Anton recordaba nostálgico los viejos tiempos en que las horas con los ojos cerrados encajaban el dolor y las preocupaciones, y no las provocaban”. Así se revela uno de los capítulos iniciales de la novela Jardín de Invierno, de Alianza Editorial, de la joven autora austriaca Valerie Fritsch (1989), quien describe pasajes que por momentos nos recuerdan a alguna escena de película de ciencia ficción, cuyos personajes, tal como los de Jardín de Invierno, parecen tener la desolación y la resignación como últimos recursos de supervivencia en un mundo inhóspito y profundamente decadente.

El amor y la muerte son los temas que dan marco a toda la historia. La muerte como hecho natural, como una acción adherida a nosotros, como una materia pendiente que finalmente vamos a aprobar. Es ella quien conjuga los personajes y sus circunstancias y la sueñan como un “hecho venidero”: “Un día la muerte se convierte en un deseo silencioso en los repliegues del cuerpo humano”. El amor, en cambio, se transmuta continuamente. Es uno al inicio, y otro muy distinto al final de la novela: “Quien ama se acomoda al huso horario de la persona amada (…) se ajusta a sus costumbres como un reloj (…). Con el amor empieza una permanente adaptación que desemboca en el fenómeno redentor de la semejanza y la cercanía”.

“Con el amor empieza una permanente adaptación que desemboca en el fenómeno redentor de la semejanza y la cercanía”

Ahora bien, en Jardín de Invierno, son varios los temas recurrentes y apuntan, además, hacia pares opuestos: esperanza/desesperanza; vida/muerte; soledad/compañía; florecimiento/decadencia; infancia/vejez; recuerdo/olvido; presente/futuro; padre/madre; alegría/melancolía. Así también, el cuerpo, el mar, la ciudad, la guerra, el mundo onírico, el extrañamiento, el lenguaje, la enfermedad, la memoria, la casa, la familia, el exilio, la decadencia, la felicidad y el miedo, son temas que se viven en esta historia de Fritsch.

La novela está dividida en ocho capítulos —curiosamente, inicia con “La colonia jardín” y finaliza con “El invierno”— que van mostrando los avances en el tiempo de su personaje principal, Anton Invierno. Y más adelante, los de Frederike, un personaje que viene a sumar a Anton una serie de situaciones y anécdotas que lo confrontan con el amor, consigo mismo y su pasado. Un niño que fue, y que ahora de adulto parece mirar el pasado con añoranza, especialmente el de la niñez. Nos hallamos así con dos personajes inmersos en una espiral de situaciones nada convencionales, pero con altas dosis de verosimilitud.

Lejos de ese Jardín, en la ciudad, el tiempo pasa sin tregua, con dolor, con la melancolía del presente y la evocación del pasado. Sin la certeza de futuro. El final de los tiempos parece haber llegado, como el de “la última madrugada” de un Macondo europeo. En la narración, el Anton adulto luce nostálgico, presente en un espacio en donde permanecen resabios de sus años de infancia: esa colonia jardín permanece intacta en su memoria y en sus sueños; es el “encantamiento” del niño que fue, y que en el hombre de ahora se traduce en un gigantesco vacío, hasta la aparición de Frederike en su vida.

“Los ojos de los fetos eran negros, o les brillaban como si no estuvieran muertos, sino solo soñando”

Jardín de Invierno ganó el Premio de Literatura Peter Rosegger en 2015, año en el que fue publicada en alemán. Y luego, Eduardo Gil Bera la traduce al español para Alianza Editorial. Valerie Fritsch ha querido mostrar una historia con sutilezas, pero con un sentido de trascendencia y un lenguaje profundamente lírico, aunado, pese a las distancias geográficas que la separan de América, a un estilo teñido de realismo mágico al mejor estilo garciamarquiano: “Los ojos de los fetos eran negros, o les brillaban como si no estuvieran muertos, sino solo soñando”.

En esta historia de matices reflexivos, la autora austríaca deja muy claro que los recuerdos de la niñez no bastan. La experiencia compartida es lo que alimenta el amor, incluso aquel que está signado por los lazos de sangre. Un sabor apocalíptico permanece durante todo el relato, pero bien sabemos que se sostiene en un continuum de emociones muy intensas, sin excesos religiosos ni ideológicos, resguardadas siempre bajo las formas más frágiles: amar y morir; porque finalmente, el amor y la muerte son los espacios seguros de la humanidad.

 

Geraudí González (@PrincesaGera) es crítica literaria, académica, autora e investigadora de la “microficción” y actriz

 

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