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Exhalación

En Exhalación, Ted Chiang interpreta a la condición humana desde realidades alternativas

Es cierto todo lo dicho sobre Exhalación, el libro de cuentos del estadounidense Ted Chiang. Está “en la cima del género fantástico”, como se asegura en El País. Redimensiona el género de la ciencia ficción, como se dice en la reseña de The New York Times. Y también balancea lo emocional y lo cerebral con experticia, como se lee en The Guardian. Para mí, en los nueve relatos de su libro hay más de Jorge Luis Borges que de Philip K. Dick o de Ursula K. Le Guin. Por esa razón, la literatura especulativa de este escritor estadounidense de padres chinos convoca discusiones filosóficas por medio del uso de metáforas construidas con intención estética, en las cuales el sentido se hunde en la alegoría como una celosía dentro de un jardín vertical.

Pero es que además hace todo esto con belleza. En el cuento del cual toma su título el libro traducido al castellano por Rubén Martín Giráldes y publicado por la editorial Sexto Piso, Chiang define la realidad con un criterio en donde lo filosófico se combina con lo estético. “El universo comenzó como una enorme bocanada de aliento contenido”, escribe: “Todos mis deseos y reflexiones no son ni más ni menos que remolinos generados por la exhalación paulatina de nuestro universo. Y hasta el momento en que esta gran exhalación termine, mis pensamientos proseguirán”. ¿Cómo no embeberse en la cadencia de esas palabras que respiran?

Sus relatos son preguntas que convocan diferentes aspectos de la condición humana construidos con la urgencia de las ansiedades. Logran obsesionar al lector con sus implicaciones, al menos durante el tiempo que este ocupa en leerlos. No todos proponen hipotéticos futuros. Por ejemplo, “El comerciante y la puerta del alquimista” y “La niñera automática, patentada por Dacey” están ambientados en ucronías. Como un cuento de Las mil y una noches, el primero transcurre en una comunidad sarracena en donde un comerciante, un personaje a medio camino entre mago y mercader, ha conseguido la manera de comunicarse con versiones de sí mismo en otras líneas de tiempo. “Me habló de su búsqueda de diminutos poros en la piel de la realidad, como los agujeros que excavan los gusanos en la madera, y de cómo después de encontrar uno fue capaz de expandirlo y ensancharlo igual que un soplador de vidrio convierte un pegote de cristal fundido en un largo tubo”, dice el protagonista. Como puede leerse en el fragmento, la explicación de cómo se viaja entre líneas temporales no es muy “científica”. Es en estos momentos cuando se nota con más claridad la genealogía borgeana.

El otro cuento transcurre en una sociedad victoriana en la cual los niños eran atendidos por máquinas, con el resultado de que crecían deshumanizados. El diagnóstico del pequeño Edmund tiene trágicas resonancias de la historia de la psiquiatría infantil en nuestro mundo: “Se preguntó si las consecuencias del vínculo del niño con la máquina podrían ir más lejos de lo que sospechaban. Especuló con la posibilidad de que lo hubiese diagnosticado erróneamente como débil mental simplemente por su indiferencia hacia los profesores humanos y porque respondiera mejor a un profesor mecánico. Lamentablemente, no tenía manera de probar esta hipótesis”.

Las realidades alternativas son un motivo frecuente en los relatos. En “La verdad del hecho, la verdad del sentimiento”, Chiang se pregunta (nos pregunta) cuál sería nuestra relación con el pasado si pudiéramos recordarlo sin emocionarnos. Las conclusiones a las que llega allí están a la altura de los tratados psicológicos de Sigmund Freud o Carl Gustav Jung. Y causan el miso desasosiego en quienes los leemos. “La gente está hecha de historias”, escribe: “Nuestros recuerdos no son la acumulación imparcial de cada uno de los segundos que hemos vivido; son la narrativa que hemos que hemos ensamblado a partir de momentos escogidos”. Las palabras de Chiang hablan de un mundo completamente nuevo, inventado por él, pero tienen profunda resonancia en esta época, en nuestra realidad, porque, como el mismo autor dice en uno de sus cuentos, “aun cuando el pasado sea inmodificable, se puede encontrar lo inesperado al visitarlo”. En Exhalación aprendemos del pasado, no por la experiencia de lo que fue, sino de lo que pudo haber sido; vivimos todas las vidas de los gatos convenciéndonos cada vez de lo necesario que resulta en todas las oportunidades que se nos ofrecen existir con consciencia de nuestra singularidad de seres racionales.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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