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Recuerdo y olvido de la nada: Sobre la poesía de Yanis Patilis

En alguna ocasión, Amos Oz reclamó que “a lo mejor, debería existir otra palabra, una palabra especial que incluya tanto recordar como olvidar”, quizá sin percatarse de que eso que describía terminaría por ser, irrevocablemente, un sinónimo de la palabra “poesía”. Es esta la que define mejor la (re)creación —profunda y leve, al mismo tiempo— de la Nada. En todos los confines de la poesía se afirma lo absoluto, se desentraña un misterio imposible y se perpetran los resultados de una lucidez que no ha tenido otro destino que arrojarse desde su propia altura. El olvido aquí, empero, aduce a un ritual inconsciente: el poeta prescinde del largo registro de su memoria, para atender tan solo a una imagen a la que le debe la vida. Es para esta interrupción –momentánea acaso- de sus anales que el poeta vive y logra encontrarse con los materiales del poema en privado.

Ya desde sus primeros textos, publicados hacia 1970, Yanis Patilis (Atenas, 1947) ha demostrado una admirable preocupación por interrumpir lo sucedáneo, para concentrarse solo en aquello que consta pretéritamente en el objeto de sus versos. En su poema “Incertidumbre” (Pero ahora ¡Tened cuidado!, 1973) se pregunta, por ejemplo: “Si algo de nosotros vive en verdad / o si sencillamente / nos distinguimos de la tierra”, para después alzar la voz como testigo de que “solo a nosotros nos quiebran los martillos” de la palabra de dios. Estas fronteras reflexivas que se tienden entre lo humano y lo divino; entre el mito y sus significados creados, se difuminan constantemente a lo largo de su obra. Esto puede verificarse en poemas como “La canción no se detiene nunca” (Espejo de Escriba, 1989) en el que ensaya la súplica homérica que pedía a los dioses detener la belleza por un instante para poder aprehenderla por completo, pero que culmina siempre en el reconocimiento de que “como las aguas en un barco que se hunde / la belleza invade por doquier” o en su poema “Epifanía de Agamenón” (también de Espejo de Escriba), cuyo balance nos presenta una consciencia que ha atravesado con igual acierto y melancolía, el frío de las ruinas, la violencia de Tiestes, el refugio de Esparta, las cabezas troyanas cortadas en fila, para llegar finalmente “hasta aquí donde desciende ya castigada / mi alma” al Hades; un apartamento cualquiera en el que, con “pequeños botoncillos” se entretiene “cambiando los canales”.

En este mismo sentido, Patilis deambula por su vida y la réplica en las escenas de sus “poemas urbanos” —como los llamó el poeta y filólogo español José Antonio Moreno Jurado—, en los que en definitiva la balanza se inclina por el fatum tecnológico y las  nuevas épicas de la vida moderna. Después de todo “lo que cuenta en toda la experiencia de ser –adelantó Lévinas— no es el descubrimiento de un nuevo carácter de nuestra existencia sino de su hecho mismo, de la inmovilidad misma de nuestra presencia”. De ahí que Patilis dirima no solo sobre su presencia individual e inamovible sino sobre la común antología de derrotas mínimas que compartimos. Esto resulta evidente en textos como “Juegos afortunados” (Lo roto es más persistente, 2018):

Es un hombre con su chaqueta y pantalón.

Un tipo normal que se pone de pie ante

una máquina mientras le echa monedas.

Decenas de cámaras de circuito cerrado

siguen sus movimientos.

Cientos de kilómetros de memoria óptica almacenados.

Para recordar a un hombre que pierde.

¿No es acaso paradigmático que con este poema puedan identificarse tanto los viejos apostadores de un casino, como los jóvenes game-streamers de nuestra modernidad líquida? Desde perspectivas diferentes el texto ofrece imágenes contundentes para ambas poblaciones. Sin importar si las monedas son físicas o virtuales (tokens), al individuo que se dispone a jugar y/o apostar lo sigue una mirada múltiple. En el primer caso, el circuito cerrado lo vigila para comprobar la transparencia de sus movimientos en el juego mientras que en el segundo, ese mismo circuito ha sido incorporado al juego para que entre sí se vigilen graciosamente los involucrados. El acierto de Patilis radica en no deshumanizar el trámite manifiesto en el que participa el hombre, de forma que se actualizan las intrincadas relaciones dialécticas entre los individuos sin que se percaten de ello.

A modo de conclusión, cabe señalar que yuxtapuesto a la premisa de Steiner quien pensaba que “la poesía aspira a reinventar el lenguaje, a hacerlo nuevo”, Patilis conjura cualidades del griego arcaico y la flexibilidad del griego moderno para retomar valores escondidos tanto en la palabra poética como en la ordinaria. La exactitud de su modo por otra parte, no escasea en la diversidad de formas que adopta su voz. Desde los largos poemas de Remisión del Alcohol (2012) hasta los haiku de Imágenes de una Joven (2016), Patilis privilegia una opacidad mística que se columpia entre la limpidez de la metáfora y la perífrasis más elegante.

Patilis es internacionalmente reconocido como uno de los poetas más importantes de la Generación del 70 en Grecia. Ha publicado nueve libros de poesía y su trabajo se ha recopilado ya en dos antologías. Su obra ha sido traducida al inglés, al castellano, al francés, al ruso, al holandés, al italiano y al serbocroata entre otros.

 

Arturo Hernández González es docente, traductor y poeta colombiano. Es autor de los libros Olor a Muerte, (Biblored, 2012) y Breviario de lo Incierto (2017). Ganó el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (2017) y dirige la Revista Internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto.

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