HODLER, Ferdinand_El lector, c.1885_585 (1979.59)

Incierta historia de la verdad de Xuan Bello, irisaciones en la niebla

Incierta historia de la verdad es la biografía intelectual de Xuan Bello hecha con retazos: una búsqueda definida por el tiempo y la belleza. El autor remonta el río de las palabras, hasta ese remanso donde aposenta su contemplación íntima y reveladora.

Tras el pliegue de lo aparentemente evidente late otra percepción, otra sentimentalidad que reabre y hurga la herida de la vida. Entendiendo esta como el tránsito que con mayor gravedad o evanescencia vamos acortando en nuestro paso. Es tan sencillo como desprenderse del vertiginoso tiempo en el que tratan de instalarnos, tomar asiento en un banco a la sombra de un árbol y escucharse. Reparar en esta práctica nos resarciría de los sinsabores del ritmo atropellado. Pero sobre todo nos reconciliaría con nosotros mismos, “Descubrir es prestar atención. La prisa es la mano alada del olvido”, se lee en la obra. El diálogo íntimo ahuyenta ese ausentarnos y abre cauce al corazón. Aunque también nos exige sin pudor ni reparo, asir la fe en quienes somos. Sin rúbricas éticas y morales que nos subroguen a la vida de los otros. Nos pertenecemos en la medida que somos conscientes de los actos que definen e ilustran la existencia que llevamos. Al procurarnos ese paréntesis, hacemos camino hacia dentro. La memoria reflota para encontrarnos entre escombros. Como un soldado que regresa a casa y atónito ante el horror de la destrucción, recompone ese otro tiempo cristalizado en el recuerdo que se resiste a ser mero vestigio. “Tener memoria significa dialogar con quienes fuimos”, dice bello.

 

Andar hacia la levedad.

El trasunto de Incierta historia de la verdad nos encamina indefectiblemente a la levedad. Es un breviario de hondo sentir y poderoso existir. El señalamiento del autor se inclina por depositar durante el transcurso de la lectura, un buen número de hitos literarios y emocionales, que activan la recreación de la literatura en la vida y viceversa. La sinergia de lo perdurable en lo releído porque antes fue vivido, se corresponde con la mitad invisible que presentimos. En ese registro, Bello nos brinda la templanza meditativa en loor del tiempo y la belleza. Los textos apaciguados en tres albercas de agua limpia —titulados:“La silueta del alma”, “El laberinto del tiempo” y “La construcción de la ruina”— irrigan la tierra y la creación literaria que remueve en su labor de horticultor y escritor. Dos oficios con los que construye una forma de rehacer el mundo: cavar la tierra hasta doblegar la soberbia, secar el sudor con el antebrazo alzando la mirada e intuir en el cielo que esa misma mirada del ser humano cuando contempla las estrellas, confiesa ante la inmensidad el errático rumbo que dispone. Escribir para conciliar el encuentro siempre pospuesto con lo realmente esencial. Anotaciones en el cuaderno, huellas caligráficas de secuencias abreviadas pero intensas como el verso de un día asido a los tejados de las casas, con la primera o última presencia: el estremecimiento del albor, quebrada la madrugada o el arrebol fugitivo que rasga el cielo en su huida.

 

La línea del tiempo y las palabras.

A modo de memorándum —lo que debe recordarse— el flujo del devenir acontece con la escritura a pie de tierra, sin elucubraciones. Existe un anunciamiento de la reflexión crítica ante la impotencia de una sociedad mediatizada por la indolencia y el inconformismo. La sentencia o conclusión del momento vital que se describe en cada uno de los sesenta y tres apuntes o esbozos contenidos en el libro, tiene la particularidad, salvo contadísimas excepciones, de ser el comienzo del siguiente. Son alcores desde donde se avista la contingencia, el azar, el amor, la vicisitud, la edad, la naturaleza, la muerte, la amistad, el silencio… Pero siempre desde un avistamiento interior que tamiza su grosor y lo sincretiza en materia literaria de primer orden. Hay un anudamiento como silla de nea, entre la palabra que se siente y la que finalmente atestigua la escritura. La textura es pura mansedumbre sobre la que se asienta este pronunciamiento de autenticidad. El autor asturiano aguza el oído ante los pasos que se alejan y acercan para resignificar la comprensión de la pérdida y el hallazgo. En aquella el temblor que se cuela como ráfaga de aire frío bajo la puerta. En este, la reconfortante reconciliación con el cálido abrazo. Ambas conteniendo la verdad personal del ser humano que aspira a ser ingrávida huella, apenas un suspiro. En el encaminamiento del lenguaje hay un atávico sentido, que se manifiesta con encantador signo. Las anotaciones en lengua asturiana permiten degustar la delicia de una voz que canta. En toda lengua hay una celebración sinfónica de su génesis, de su maternidad acústica. Y si la escritura en español contrae el débito a la original, su expresión tan gustosa y ensoñadora ayuda a intuir cuál sería su ser inédito.

 

Plenitud meditativa, dicha contemplativa.

Aferrado a la tierra que ofrenda los frutos y que en última instancia nos albergará, Incierta historia de la verdad consigna la sucesión de hechos de nuestra vida en un claroscuro principio de duda. A la par, y con el ritual persignado por los paisajes próximos a Paniceiros, la localidad natal del autor, este camina con la flor de la sensibilidad y la emoción entre las manos. En esos itinerarios la cotidianidad transparenta el aura que no advertimos en la aceleración del día a día. El séptimo sentido que solo la belleza detenta cuando empuñamos la pausa, nos interpela: ¿hacia dónde nos dirigimos? Y como en el juego de la oca, volvemos a la casilla de salida para recomenzar.

Entretanto, el desandar nos persigue con las cuentas pendientes pisándonos los talones. Esta obra se convierte en un devocionario profano a la espera paciente del lector sensible e inteligente: “Cada persona, a lo largo de su vida, configura un mundo, al menos un atlas sentimental por donde guiarse si se diera el caso de tener que volver a las fuentes ocultas de su ser. Este libro que estás leyendo no es otra cosa. Cada persona ve lo que ve, ha visto lo que ha visto, tiene una conciencia cierta que el mundo, así referido, no es materia de realidad sino también del ensueño. Esto queda patente en la literatura”.

 

El testimonio humanista.

El testimonio humanista de Bello se articula en un discurso de radical ternura, pero aprieta los dientes cuando su amor peligra. “¡Mi amor humano!”,  que vindicara Federico García Lorca en su obra Poeta en Nueva York —este año se conmemora el nonagésimo aniversario de su viaje a Nueva York y Cuba, donde escribió esta declaración lírica de principios humanos— para contrariar la crueldad de un mundo atrapado por el miserable imperio del metacapitalismo y su voracidad sin límites. La actitud ante la vida es un desafío del que no se sale indemne. Y ese pulso herido que sonda las cosas del otro lado lo confirma quienes se rebelan con el pensamiento y el corazón. Esas cosas del otro lado, emergen como cuando apartamos el agua corrompida y cenagosa de un estanque. Abrimos una ventana a ese otro espacio habitado por la sombra y lo liberamos para recobrar la vida. La verdadera vida que Rimbaud consideraba ausente y que Bello rescata con la veneración de un cultivador de la palabra luciente, “Las palabras son árboles cargados de tiempo donde anidan las aves del ser”.

 

Pedro Luis Ibáñez Lérida pertenece a la Asociación Colegial de Escritores de España, sección Andalucía, así como a la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios.

 

La obra que ilustra esta nota se titula El Lector (1885) y pertenece a Ferdinand Hodler

 

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