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Vivian Gornick escribe sobre su relación con su madre en Apegos feroces

Originalmente publicado en 1987, Apegos feroces es un relato autobiográfico (estrictamente: una memoria) de la ensayista y militante feminista norteamericana Vivian Gornick. La autora comienza su relato cuando tiene ocho años, hacia 1940 con la descripción de las mujeres que habitaban el bloque de apartamentos donde vivió con su familia entre los seis y los veintiún años. Este comienzo (su madre, las distintas mujeres que eran sus vecinas, las relaciones entre ellas, el ambiente del Bronx) es fundamental para su narración. Da, digamos, el clima emocional del mismo y manifiesta la ausencia, tan importante en las páginas siguientes, de hombres: “Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está –maridos, padres, hermanos–, pero sólo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre”.

Ese es el primer adjetivo con el que se describe a la madre: feroz.

Los paseos con la madre y la rememoración de distintos episodios del pasado constituyen el eje estructurador del relato de Gornick. Una estructura que no se agota sino que mantiene su tensión hasta el final, como si los lectores asistiéramos a un duelo entre espadachines, sólo que aquí las armas son las palabras y los silencios. “«¿Pero qué te he hecho yo para que me odies tanto?». Nunca le respondo. Sé que arde de rabia y me alegra verla así. ¿Y por qué no? Yo también ardo de rabia… Pero paseamos por las calles de Nueva York juntas continuamente.”

La madre es, por supuesto aparte de Gornick, el gran personaje de Apegos feroces. Amable y sarcástica, histérica y generosa, irónica y criticona; cuando quería ser cariñosa mostraba un comportamiento “hosco y avasallador” por temor a verse invadida por la ternura. Tal vez en ese temor a la ternura percibida como debilidad se encuentre la raíz del problema, para llamarlo de alguna manera, de las relaciones de Gornick y su madre: ese estado de eterna insatisfacción, de reproche, de incomprensión de las propias y las ajenas necesidades emocionales, afectivas, sexuales… Pero la madre también sabía ser lista, graciosa y enérgica, y esta dicotomía aleja el relato de la hija de cualquier maniqueísmo. El retrato de la madre es vivaz, contradictorio, matizado; si no auténtico (en el sentido de veraz), al menos con todas las trazas de la autenticidad artística. El padre, en cambio, es una figura menos relevante, no sólo por su desaparición temprana en la vida de Vivian Gornick (murió cuando la autora tenía trece años) sino porque la madre parece ocupar todo el espacio familiar.

Las ideas de la madre sobre el amor representan una de las mayores fuentes de conflicto de ambas mujeres. Los padres de Gornick fueron felices juntos, pero esto no parece ser suficiente; su madre erige el amor que siente por su esposo en modelo, en medida de todas las demás relaciones, un severo patrón al que no se ajusta nadie, aunque, paradójicamente, ese mismo amor “no solo compensaba el hastío y la ansiedad que sentía mi madre, sino que era la causa de ambos.” Para la madre no existe el amor, sino el Amor, un sentimiento elevado y espiritual, imposible de alcanzar y entender por nadie más que no fuese ella misma. Cuando el padre muere, el dolor de la madre (sincero, pero histriónico y egoísta) se convierte en una barrera definitiva entre ambas. Gornick sufre así un doble abandono que marcará su forma de entender las relaciones entre las personas.

“Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está –maridos, padres, hermanos–, pero sólo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre”

Vivian Gornick es también una mujer feroz y sin contemplaciones. Su visión de los demás y de sí misma no admite el sentimentalismo (que, como sabemos, no es más que una forma de expresión), ni la condescendencia, ni la falsa simpatía. Cuando su madre dice algo que considera cierto o inteligente reconoce que le causa placer y “Llego casi a quererla”, afirma.

Apegos feroces no trata solamente de las difíciles relaciones de una hija con su madre judía. Es, al mismo tiempo, un relato irónico y mordaz de crecimiento y descubrimiento de las mejores y las peores cosas de la vida, lo que lo hace amargamente divertido. De la autora se puede afirmar lo que dice ella sobre una de sus vecinas: “Poseía el don de los narradores natos, es decir, aquellos para los que cada retazo de experiencia sólo está esperando que se le dé forma y sentido a través del milagro del discurso narrativo.” Porque más allá del valor que el libro tiene como testimonio de una época, de una clase social o un segmento de la población norteamericana, o como retazo de la vida de una intelectual reconocida, si no fuera por la inmensa capacidad de Vivian Gornick para narrar y recrear personajes, nada de eso nos seduciría de la manera en que lo hace.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentra La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010) y El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

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