Juliana de Norwick (principal)

Visión en rojo de Victoria Cirlot y la Dama Julián de Norwich: la que apreció lo que se creará

A principios de mayo de 1416, la Dama Julián de Norwich sufría las intensas agonías de la muerte que durarían varios días con sus noches. Era una visionaria de las que llamaban beguinas, o begardas: una de las iluminadas que defendía la posibilidad de ver a Dios con los propios ojos, antes de morir. Seguía los pasos de otras místicas como Christina de Markyate y de Hildegard von Bingen. Había tomado un nombre masculino para honrar al santo a quien se consagraba el templo vecino a su celda en Norwich. La fama de la Dama Julián se debía a que sus visiones procedían de Dios, no de la imaginación humana, ni de la inspiración de ningún otro ser malvado.

En la tercera noche de su agonía ya tiene la rigidez de un cadáver, al menos de cintura para abajo. Alguien le ayuda a mantenerse sentada y, en esta postura, un cura le acerca un crucifijo y le ordena mirarlo. Ella ve sangrar a Jesús bajo la corona de espinas, en una hemorragia que le cubre el talle. Incluso se mojan la cama y todo lo que hay alrededor. Se borran las formas, ya no se ven ni las heridas. El rostro tallado de Jesús cambia de color, la mitad cubierto con una costra sanguinolenta se ha transformado en un espanto por la Pasión.

Siglos más tarde, Victoria Cirlot se propone ilustrar en su ensayo Visión en rojo este panorama descrito por la delirante Dama Julián de Norwich y vincularlo a las experiencias del arte contemporáneo en las obras de Wasily Kandisky, Yves Klein y Jean Fautrier.

Cirlot busca modelos de épocas más recientes que puedan acercarnos hoy a lo visto entonces por la Dama Julián, que había previsto bosquejos que tardarían siglos en secarse en el lienzo. Así, Cirlot llega a Kandisky, el pintor que encontró lo abstracto cuando buscaba replicar la hora más hermosa de un día en Moscú; en el instante cuando el sol ha caído ya y la luz se vuelve rojiza en el esfuerzo de no morirse. Primero, un carmesí frío y, luego, más cálido. Entonces, el astro fundía todas las apariencias en una mancha que, como una tuba furiosa, hacía vibrar al ser interior, la supuesta alma. Es la hora del rojo raso, la más bella. La “primera pintura no objetiva”, según un verso autógrafo, de Kandisky, su Pintura con círculo, lleva la fecha de 1911. El maestro al fin había satisfecho su necesidad interior de llevar la espiritualidad a su oficio.

Un paso más en esta pureza se dará con el monocromatismo. Klein, veía a los colores como seres vivos, evolucionados, y por tanto no necesitaban de añadidos. Lo pintado tiene vida propia, no la representa. Pensamientos como éstos lo llevan a pasar horas y horas meditando, la mirada colgada del techo; o mirando fijo a la luna, como prueba de resistencia, para alucinar y así salir de su cuerpo para entrar en el vacío. Al fin, logra un sistema para fijar el pigmento sin alterarlo, uniendo un color de manera perfecta en un tono constante e infinito. En 1955, en el Salón de las Nuevas Realidades en París, Yves presentó su primera creación monocroma y no fue admitida.

Cirlot se da cuenta de que el informalismo se liga a la miseria, a lo extraño, a lo abyecto. Por ello, podría grabar los negros restos divinos con justicia. Fautrier trabajó en su serie Otages (Rehenes) desde que se instaló en el pabellón de Châtenay-Malabry, un sanatorio para enfermos mentales, durante los años de la ocupación alemana. Tuvo que huir allí debido a la persecución de la Gestapo, que lo sospechaba un miembro de la Resistencia. Así que, desde su taller, Fautrier escuchaba los ecos de los fusilamientos de los resistentes en un bosque cercano, pena capital aplicada sin juicio previo.

La lectura de unos artículos de su padre, el crítico de arte e iconógrafo Juan Eduardo Cirlot, le confirma a la autora de Visión en rojo que sus sospechas sobre el posible informalismo abstracto de Julián de Norwich. Con este respaldo a sus intuiciones, se aventura considerar a la Edad Media, la Moderna y la Contemporánea como parte de una misma dimensión temporal. Como si un nudo en el tiempo, teorizado por Georges Didi-Huberman, se hubiera enlazado, uniendo a la Julián, con Kandisky, con Yves Klein, con Jean Fautrier. Además, iguala las visiones religiosas con aquellas de los artistas modernos cuando crean. El Libro de las Exhibiciones de la Dama Julián está desde le siglo XV sin poder ilustrarse, pero si alguien se decide hacerlo algún día, quizás se incluyan piezas de autores que aún no habían nacido cuando ella tuvo la más radical de su s visiones.

 

 

Antonio Palacios colabora con las revistas Estación Poesía, Clarín, Letralia, El Coloquio de los Perros, Ariadna y Revista de Letras, entre otras. Publicó Yo sombra en 2018, un libro que se comprende de una novela, un libro de entrevistas, una guía de viajes, una sátira y un ensayo poético sobre la verdadera naturaleza de los sevillanos.

 

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