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Los amores de la escritora Vernon Lee y las vías vacías de la belleza

Vernon Lee aparenta un chico estudioso, con sus gafas redondas más propias del siglo XVIII y los puños almidonados. A pesar de la máscara masculina tras la que se esconde una tal Violet Paget, sus obras se han de comportar como se espera de una señorita. Sus palabras sólo pueden dar a luz libros de viajes, tratados artísticos o historias fantásticas, géneros identificados con la mujer.

En 1880 la escritora inglesa publica sus primeros libros y conoce a su gran amor cuando Mary Robinson, una joven poeta inglesa, visita su casa en Florencia. Robinson sabe ver que, tras esos rasgos cómicos, irregulares y delicados, se esconde un espíritu audaz y tímido a partes iguales. Al poco, viaja a Londres, invitada por Mary, en donde conoce a almas de similar sensibilidad como Walter Pater, Robert Browning y Oscar Wilde. En cuanto al sabio irlandés, Lee descubre que los demás toman demasiado en serio sus profundas ocurrencias, muchas de las cuales son meras tomaduras de pelo. Además, por una vez, Lee ha encontrado a alguien capaz de escuchar su voz literaria.

Esta fugaz felicidad no ha de durar. Robinson se rinde a la fuerza de su familia, que le impone la ruptura antes de que estalle un escándalo que borre el apellido. Ni siquiera su hallazgo de otra amiga, la pintora escocesa Kit Anstruther-Thomson, ni tampoco los viajes a Tánger o a España, pueden curar la desesperación de Lee. Una serie de experimentos estéticos la sacan de su estupor. Junto a Anstruther-Thomson investiga qué es lo que convierte a algo horrible o bello, basándose en el concepto alemán de einfühlung, el cual puede traducirse como empatía. La pintora hace de conejillo de indias, al confesar cómo se comporta su cuerpo frente a un objeto.

 

El caso Wilde, la escritura y el futuro.

En 1888, el mismo año que Robinson, su apasionada amiga y ahora extraña a sus sentimientos, se casa con el erudito francés James Darmesteter, Lee inicia una nueva etapa en su escritura: lo que serán luego sus apuntes romanos. Mientras tanto, el temor que llevó a la familia de Robinson a acabar con su relación con Lee, se confirma, pues el tumulto ha llevado a Wilde a la cárcel. Unos años más tarde, Lee manda unas pruebas de su “Belleza y Fealdad”, texto fruto de sus experimentos artísticos junto a Anstruther-Thomson, al historiador de arte estadounidense Bernard Berenson. Y, en vez de una valoración, Lee recibe una acusación de plagio. La denuncia bien parece el disgusto de alguien que no entiende que una mujer pueda aspirar a las ciencias y las artes.

A pesar de ello, su diario de viaje encubre sus estudios de percepción sensorial. En la Capilla Sixtina, cuando su mirada choca con el techo, los muslos de pintura le golpean el ojo. Y el fondo azul de ese Juicio Final se convierte en el azul jacinto del atardecer. En su identificación plena con la obra, los demonios y los condenados se retuercen y agitan, convertidos en serpientes sonrosadas. En el convento del Sacro Speco, en un diminuto jardín crecen rosas alineadas en forma de parrilla, simulando el último lecho de un mártir. De esa manera, Lee comprueba que donde había dolor, cada año renace la vida.

Además, en Tor Pignattara, han construido un pequeño orfanato alrededor de la tumba de la emperatriz Elena, madre de Constantino I. Al llegar allí, el sonido de un armonio y un himno púber se cuela entre las ruinas. La existencia surge otra vez, nueva.

En 1900, Robinson se casa otra vez, ahora con el biólogo Emile Duclaux. Además, Anstruther-Thomson se marcha para siempre de su lado. Un siglo termina, empieza otro.

 

La escritora fantástica y el ambiente gótico.

En Italia, Lee encuentra que los horrores que arruinan a Florencia o Venecia, le sientan bien a Roma. La ciudad anima que todas las vulgaridades pasen, como bárbaros, por sus calles. Así, en su literatura se creará un nuevo mundo lleno de futuro. El anhelo de preservar cosas bellas y antiguas, o un primer gran amor, supone un engaño vano; como hacer que las hojas marchitas cuelguen para siempre de los árboles.

Al fin, Lee acierta con una parte de la villa suspendida en una especie de vacío, desapareciendo entre verdes pendientes y viñedos secos. Esa limpieza le hace añorar con la Toscana, en donde no se percibe tan crudamente los harapos y la brutalidad de Roma. Por eso decide pasar los últimos años de su vida recluida y sola, en Villa Il Palmerino, la residencia florentina que acaba de comprar.

Recientemente, la editorial Las Líneas del Horizonte ha publicado las anécdotas de la vida de Lee junto con Anstruther-Thomson en dos volúmenes de singular belleza titulados El espíritu de Roma. Fragmentos de un diario. El texto de los libros centra sus esfuerzos en un pacifismo que no logra evitar la guerra entre italianos y turcos y logra sublimar su pasión por un cuidado por la humanidad entera, que se encamina a una gran matanza, ya que no han encontrado ese celestial estado en el que se halla Vernon, en donde se percibe el vacío de lo bello.

 

Antonio Palacios colabora con las revistas Estación PoesíaClarínLetraliaEl Coloquio de los PerrosAriadna y Revista de Letras, entre otras. Publicó Yo sombra, en 2018, un libro que se comprende de una novela, un libro de entrevistas, una guía de viajes, una sátira y un ensayo poético sobre la verdadera naturaleza de los sevillanos.

 

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