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El vendido de Paul Beatty: la ironía de la negritud

Un agricultor urbano, que cultiva marihuana para su propio consumo, comparece ante el Tribunal Supremo de Justicia de Estados Unidos con el objeto de restablecer la segregación racial en una población llamada Dickens, un villorrio californiano invisibilizado en los mapas debido a sus conflictos sociales y étnicos. La idea se le ocurre después de que a su padre lo mataran unos policías, pero se desarrolla cuando descubre que la segregación para con los blancos es un arma de superación para la comunidad afroamericana del lugar y de sus vecinos mexicanos. Con este argumento descabellado comienza la interesante y aguda novela El vendido del escritor estadounidense Paul Beatty (1962).

La novela no trata de contar una historia amena con fines de complacer al lector. Tiene otro tenor. Beatty es un escritor que sabe lo que está contando, se arriesga —aunque toda escritura sea un riesgo— a decir lo que muchos no dicen, quién sabe por cuál pacatería social. Esta novela, ganadora del Man Booker Prize 2016, del National Book Critics Circle Award y del premio literario John Dos Passos, se enfrenta a los dogmas de la constitución estadounidense y plantea escenarios de la ciudadanía, el asunto de la igualdad racial y las relaciones entre padres e hijos.

La resignación obligada del protagonista no es fortuita; es la manera cómo consigue el propio autor mostrarnos una cara del tema en cuestión. El padre del protagonista es el anzuelo perfecto para lograrlo. Las múltiples situaciones en las que padre e hijo se ponen a prueba —uno como científico; el otro, como señuelo de los propósitos experimentalistas del primero— nos brindan a sus lectores la posibilidad de interpretar el texto de acuerdo con nuestra propia visión de mundo. “Y en ese afán por desbloquear las llaves de la libertad mental, yo era su Anna Freud, su pequeño caso práctico. De modo que cuando no me enseñaba a montar caballo, se dedicaba a reproducir famosos experimentos de ciencias sociales conmigo como grupo de control y grupo experimental a un tiempo”.

Podríamos pensar que Beatty se burla de quienes han asumido la esclavitud, la negritud y sus particularidades desde la ironía, incluso desde el sarcasmo. No obstante, otra interpretación podría decirnos también que Beatty se burla de la propia negritud, visto así desde una condición sumisa y vulnerable que parece asumir en alguna partes del texto, y que pueden reflejarse en esos extraños experimentos que hace el padre del protagonista con su hijo (su conejillo de indias, el hombre que rinde cuentas en el Tribunal), en un terco empeño de demostrar la valía de su etnia. Así vemos, por ejemplo, cómo a las clases de Ciencias Sociales, este particular padre las denominaba “Medios y arbitrios del infatigable pueblo blanco”. Y se empeña en decir que “nada tiene más peligro que un blanco que se cree en terreno familiar”.

“Nada tiene más peligro que un blanco que se cree en terreno familiar”

Plantear el tema de la negritud no es precisamente el punto relevante, sino la forma como los personajes principales de la historia hacen el planteamiento: desde la crudeza y un acentuado sarcasmo, haciendo uso de diversas referencias intertextuales —libros, películas, personajes de distintas áreas del conocimiento; todo es válido en este mezclum de citas y relaciones a las que alude el autor estadounidense.

Los conflictos raciales no son cosa que se desconozca; pero Beatty sabe que una cosa es plantear estos conflictos en el siglo XX y otra muy distinta en este siglo XXI, cuando ya todos sabemos de sobra la magnitud de los problemas identitarios en América. “Los negros ya no hablan de raza. Ya nada se achaca al color de la piel.” (…) “Aquí la persona negra existe en un estado de preconciencia. Y así como muchos niños temerían a la oscuridad absoluta en la que nos hallamos inmersos ahora, el negro neófito teme su propia negritud”.

La demanda ante el Tribunal Supremo es una buena excusa para la historia, para contar al mundo —o al universo de sus lectores— lo tontos que podemos ser los humanos (blancos, negros…). Finalmente, aunque Beatty escriba con el mayor de los sarcasmos sobre la negritud, y muchos opinen que el tema ha sido superado con creces, siempre saldrán a la palestra esos tópicos de los que muy pocos quieren hablar. Porque la esclavitud dejó una herencia rotunda en la América de hoy: sus extremas diferencias raciales.

 

Geraudí González (@GeraudiGonzalez) es crítica literaria, académica, autora e investigadora de la “microficción” y actriz.

 

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