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En Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, Sergio Galarza llora la muerte

Se fue cabalgando entre la gente.

Hoy, sin embargo, he dejado de crecer

para sentarme simplemente a escuchar las voces.

Doris Puente

 

La muerte llega y todos lo sabemos. Sabemos que ronda nuestra circunstancia personal y la de quienes nos rodean. La enfermedad es otra cosa. Cercana a ella –una especie de prima intimidante– ejerce en nosotros una suerte de experiencia que dependerá de la amenaza que represente el diagnóstico. Es una sentencia inevitable, eso de comprender que nacemos y de la misma manera dejamos este mundo. Ahora bien, mirar esta película en nuestros seres queridos es diferente.

Sergio Galarza lo sabe con la certeza que solo da la experiencia. Esa que nos enseña, aunque sea tarde para eso. Doris Puente, su madre, lo sabía, y así quiso hacérselo entender durante toda su vida. Incluso cuando la distancia física no solo separa los cuerpos, sino la intimidad entre los afectos. Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre no es un simple relato sobre el dolor ante la pérdida; es el retrato cercano de una mujer que luchó y forjó una personalidad a prueba de todo, incluso de la muerte. Es, esencialmente, un homenaje a la memoria; esa que Galarza rescata, retrata y conserva para contarnos esta historia.

“Mi madre había pasado a vivir en mi memoria, la única vida que le espera a los muertos (…). ¿Qué es un cuerpo que no respira? ¿Tiene sentido abrazarlo? ¿Cómo le muestras tu cariño?”

El autor se afinca en los asuntos cercanos a su progenitora, pero no para lamentarse (aunque para un lector poco atento podría parecerlo así), sino para confesarse. A través de ella, llega a sus lectores, desde este relato confesional, autobiográfico y estremecedor. Todo, a la manera de Sergio y su madre Doris, una mujer diagnosticada de cáncer, decidida, que emprende un viaje a Madrid para visitar a su hijo menor, un escritor noctámbulo, y que a ratos sucumbe ante el laberinto que ha sido su vida; primero, en una Lima sumida en una profunda crisis económica y política; luego, en Madrid, la ciudad que lo acogió y lo ha sostenido hasta el presente.

“… porque en la Lima que me tocó padecer si uno escribía un diario, éste se convertía en un atestado policial.”

En estas confesiones, el autor nacido en Lima (1976), radicado en Madrid desde hace varios años, le da la vuelta a su vida, mira y revisa no solo su núcleo familiar, sino sus propios aciertos y desatinos, casi siempre, desde la óptica del hijo que fue y que en lo sucesivo se convertirá en máximo referente del relato. El libro está conformado por cuatro partes: “Malas noticias para la primavera”, “Escenas familiares”, Viaje por España en una agenda” y “Adiós, mamá”. Cada una de ellas, va contando escenas, anécdotas, situaciones, conflictos, alegrías, emociones, que involucran a este autor en el entramado familiar y personal que configura su vida.

Las malas noticias sobre la enfermedad de su madre llegan de manera inesperada y suscitan en este hijo menor, amante del fútbol y escritor de vocación indiscutible, la presencia constante de momentos trascendentales y precisos en las diferentes etapas de su vida: niño, adolescente, joven y finalmente el adulto que ahora empieza a descubrir insospechados eventos sobre su madre.

Galarza no busca excusas ni justificaciones. Sabe que el dolor de la pérdida solo le ha merecido contar con la memoria, la propia y la de su madre a través de su diario, para revelarnos aspectos biográficos con una sinceridad que pasma, sin búsquedas de estilos literarios definidos, ni estéticas ficticias. Aquí no hay mundos imaginarios, aquí lo ficticio es solo un aspecto para darle forma a lo que escribe, a lo que nos va contando a manera de un relato literario. El narrador es, a su vez, el propio autor, pero no por ello desaparece la literatura.

“Crecemos creyendo que las reuniones familiares deben obedecer a eventos donde las risas y los abrazos arropen a los invitados, cuando lo cierto es que la cita más importante y a la que nadie puede faltar es el entierro de sus seres queridos.”

Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre es un libro que está muy lejos de encajar en etiquetas formales y estrictas; el mismo Galarza otorga a sus lectores esa libertad: “novela autobiográfica, crónica, ensayo, homenaje, ajuste de cuentas, libro de autoayuda sin consejos, como se quiera leer”. Finalmente lo que desea es retratar a su madre, conservar su memoria en los lectores, con la mayor honestidad, la única manera posible, esa que sólo comprendió luego de su partida. Todos los personajes aquí mencionados fueron “testigos de una vida que ayudaron a escribir”, pero ella, su madre, “se había reservado el epílogo”.

 

Geraudí González (@GeraudiGonzalez) es crítica literaria, académica, autora e investigadora de la “microficción” y actriz

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