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Un Hamlet nonato: Cáscara de nuez, de Ian McEwan

Si Hamlet, de William Shakespeare, es un clásico, lo es sobre todo porque, como dice Jan Kott, la obra del bardo inglés es una suerte de esponja que “… absorbe de un golpe todo nuestro tiempo contemporáneo”. La nueva novela de Ian McEwan, Cáscara de nuez, es un buen ejemplo de todo esto.

El epígrafe que acompaña a la novela es, claro, un fragmento del Hamlet de Shakespeare. Allí, McEwan nos da una primera clave: “Oh, Dios, podría estar encerrado en la cáscara de una nuez y sentirme rey del infinito espacio… de no ser porque tengo malos sueños”. Quien estará encerrado en la cáscara de una nuez; quien por momentos se sentirá un rey; quien, de a ratos, atormentado, también tendrá malos sueños, es el singular narrador de esta historia: un feto, el feto que Trudy lleva en sus entrañas.

Trudy es la madre que mantiene una relación adúltera con Claude, el tío, con quien, además, planea el crimen del padre, un poeta mediocre, John Cairncross: “… bajan el tono de sus cuerdas vocales porque están planeando un acto atroz”, nos dice el narrador.

El crimen no se hará esperar. La trama avanza con el vértigo de un thriller (aunque el tono a lo largo de la novela es el de una comedia negra), mientras el feto filosofa sobre el mundo que le espera: “No me queda otro remedio que tener la oreja pegada día y noche contra las sanguinolentas paredes. Escucho, tomo notas mentales y estoy preocupado. Oigo conversaciones íntimas sobre un designio mortífero y me aterra lo que me espera, lo que podría arrastrarme”. Mientas conspiran, Trudy y Claude se sienten cada vez más atraídos el uno por el otro. El feto alimenta su sed de venganza. El veneno, como con el rey Hamlet, pronto terminará también con John Cairncross, su padre: “No todo el mundo sabe lo que es tener a unos centímetros de la nariz el pene del rival de tu padre (…) Cada vez, a cada embestida, temo que la atraviese y me joda los huesos blandos del cráneo y siembre mis pensamientos con su esencia, con la nota torrencial de su trivialidad. Después, con mis lesiones cerebrales, pensaré y hablaré como él. Seré el hijo de Claude”.

“No me queda otro remedio que tener la oreja pegada día y noche contra las sanguinolentas paredes. Escucho, tomo notas mentales y estoy preocupado»

El odio hacia Claude crece (crece tanto como la tensión y el humor, tan sutil como inteligente) conforme la trama va acercándose a su fin. “¿Y si me vengara?”, se pregunta nuestro insólito narrador. Entonces, su avatar le responde rápidamente que “… la venganza por razón de honor no tiene cabida en la polis moderna (…) La venganza ha muerto. Hobbes tenía razón (…) El Estado debe poseer el monopolio de la violencia, un poder público que nos mantiene intimidados a todos”. Nuestro Hamlet nonato se apresura en responderle a su avatar: “Entonces (…) telefonea al Leviatán ahora mismo, llama a la policía, diles que investiguen”.

El Hamlet de Cáscara de nuez, a diferencia del príncipe danés, no duda nunca. Claude, para él representa al hombre del Renacimiento, admite el crimen, es un Maquiavelo. Él, en cambio, ya no cree en fantasmas, como sí creía (aunque ya entonces le costara tras llegar desde Wittenberg) aquel que inventó Shakespeare alguna vez. La idea del espectro le resulta una “… fantasía infantil de Halloween”. De modo que se pone a trabajar, y el tour de force se encamina a su desenlace: la huida de Trudy y Claude se verá impedida por un parto que llega antes de tiempo por los esfuerzos denodados de nuestro pequeño héroe. Escapar para los culpables parece imposible. Hobbes se impondrá sobre Maquiavelo.

 

Ezequiel Gusmeroti es crítico literario e Investigador en el Instituto de Artes del Espectáculo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es colaborador frecuente de Colofón Revista Literaria y coordina varios talleres de lectura y escritura en Argentina.

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