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En El último día de Terranova, Manuel Rivas combina varios tiempos y realidades

Los lectores de Manuel Rivas estarán de acuerdo conmigo en que se trata de un autor que se muestra persona en sus libros. Y esta es, aunque parezca mentira, una extraña cualidad. La gran mayoría de las novelas que leemos son mucho menos sensibles, más desalmadas que las de Rivas. O será que las de Rivas, salvando cualquier posibilidad de sensiblería por medio de un gusto fabulador exquisito, atienden a los personajes y su naturaleza (positiva o negativa, según el caso) con el maniqueísmo propio de quien denuncia moralmente los desmanes de los más fuertes y se compromete éticamente con el sufrimiento de los más débiles. El sesgo está claro. Y es uno de los sesgos posibles: la realidad, por desgracia, nos demuestra continuamente hasta qué punto lo es, si bien esta misma nos demuestra que otros sesgos también lo son.

La sensibilidad como ideología y la ideología como sensibilidad: tal vez Rivas podría intentar mostrar, al menos, la ambivalencia de las cosas, el envés positivo de lo negativo y el negativo de lo positivo, pero entonces su sensibilidad sería otra.

El último día de Terranova cuenta la historia de Vicenzo Fontana, que está a punto de liquidar su librería, Terranova, tras más de sesenta años de resistencia en un pequeño pueblo de la costa de la muerte gallega. Vicenzo recuerda su niñez enferma, su polio, que le dañó con una cojera incorregible, y recuerda también su paso por un piso compartido en Madrid, en 1975, cuando conoció a Garúa, la chica argentina de la que se enamoró, y con la que, recién muerto el dictador, volvió a Galicia para hacerse cargo de la librería. También narra un tiempo anterior a su vida, 1935, cuando el hijo del pescador Ponte –Eliseo, su tío— monta la librería con el dinero que su padre le deja a su muerte, tras deslomarse hasta caer exhausto (ocultando que está enfermo de tuberculosis) en el barco en el que trabajaba. Los varios tiempos de la historia avanzan imbricándose los unos con los otros y, en definitiva, se trata de una estructura temporal simple, tan bien ejecutada y tan adecuada para transmitir lo que la historia propone que merece la mayor consideración.

De una gran bonhomía, los personajes de El último día de Terranova están dotados de características humanas que permiten al autor desplegar su convicción humanista. Se trata de personajes que sueñan con pequeñas cosas alcanzables –al menos— en lo poético; personajes que pierden la batalla principal de su existencia aun abrigando el consuelo de haber conservado la dignidad: una pequeña y postrera victoria íntima. La riqueza de emociones (imágenes literarias, pensamientos literarios) así como la sensación de que presenciamos cómo el paso del tiempo deja su huella sobre los personajes, consiguen que el ejemplo de su secreta resistencia, sus pequeñas heroicidades, nos infundan cierto aliento y conmiseración. No se tratará, en nuestro caso, de una ilusión o tristeza por ellos, sino por nosotros.

Manuel Rivas es un fabulador que ya lo tiene demostrado en narraciones anteriores, como El lápiz del carpintero y sus cuentos, recogidos en el volumen Lo más extraño, y ha recibido el Premio Nacional de Narrativa por Qué me quieres, amor, así como el Premio de la Crítica en dos ocasiones, por Un millón de vacas y por El lápiz del carpintero. Esta novela se encuentra, como mínimo, entre lo mejor que le hemos leído. Un estilo propio, intransferible, resultado del trabajo de décadas. Son muy pocas las novelas sobre las que a uno le apetece escribir algo, aunque solo sea para dar constancia de su existencia y tratar de salvarlas un poquito del silencio en el que las sume nuestra sobreproducción novelística.

El último día de terranova es una novela de comedida carga simbólica. La historia de un acabamiento que está en perfecta sintonía con la sensación de pérdida de inocencia (o de fin de era) en la que parece que nos hemos sumido, al menos en España, tras el estallido de la crisis financiera mundial.
Nicolás Melini (@MeliniCoLaPalma) es narrador guionista y cineasta, nacido en Santa Cruz de La Palma, ciudad de las Islas Canarias.Su libro más reciente es Africanos en Madrid (editado por El Reino de Cordelia). Ha dirigido cortos de ficción y documentales. Reside en Madrid desde 1993.

 

La foto de la librería reproducida con esta nota es de la librería Árbol de Tinta, en Colombia y fue tomada de una página web que puedes consultar aquí.

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