Ni tristeza ni utopía

Ni tristeza ni utopía: No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles es una novela de Ideas (con mayúscula) que se refiere a la política (con minúscula) porque está construida a partir de la ambición de responder a las preguntas de para qué sirve la literatura y por qué es preciso escribir cuando el mundo se cae a pedazos. En esto se parece al resto de los libros de Patricio Pron que, incluso cuando esas cuestiones abrasantes no palpitan en el centro, sus personajes, hechos y reflexiones emanan cierto aire político. Con esta palabra no aludo al arte de gobernar los Estados, que me obligaría a usar la letra mayúscula. No. Me refiero al sentido más amplio del término. ¿De qué se trata la política cuando no se trata de administrar justicia, qué partido gana las elecciones o quién preside el gobierno? Se trata de nuestra manera de colocarnos en la vida o de cómo nuestra identidad negocia con lo público. Y el autor nacido en Argentina en 1975 lo hace desde una escritura que permite cuestionar las relaciones entre la estética, la violencia y la historia.

Pero este es apenas un hilo del argumento, si bien el principal, que descubrimos a través de las pesquisas sostenidas entre 1977 y 1978 por Pietro o Peter Linden, quizá miembro de las Brigadas Rojas o de otro grupo guerrillero italiano similar que creía “necesario replicar con violencia otro tipo de violencia que podríamos llamar (…) ‘estructural’”. Una dura reflexión sobre las formas de intimidación del Estado y del terrorismo –entonces provinciano o nacional y no globalizado como el que conocemos ahora– anida en la comparación soterrada entre el caos de ambos momentos históricos porque en el lado ideológico opuesto al de los escritores que entrevista para descubrir qué pasó con Borrello está Linden, para quien “los totalitarismos políticos regresan a menudo en forma de imperativos económicos y las formas sociales de opresión regresan mediante una invitación, que, por su naturaleza, no puede ser rechazada, al consumo y quizá al intercambio”. De hecho, el pasado y el presente se vuelven un solo asunto cuando a la salida de una de esas entrevistas Linden es capturado y condenado a ocho años de prisión por su supuesta participación en el secuestro y asesinato de Aldo Moro, el líder del partido Democracia Cristiana que fue dos veces primer ministro de Italia.Por eso, no sorprende que en su más reciente novela la acción se centre en un ficticio Congreso de Escritores Fascistas Europeos celebrado en una ciudad al noreste de Italia, en el año 1945, el mismo mes de abril cuando se rindieron en ese país las tropas alemanas, días antes de que unos partisanos capturaran y mataran a Benito Mussolini y a su amante, Clara Petacci, para dejar sus cadáveres colgados en una gasolinera exponiéndolos a todo tipo de injurias, acción que precipitó el matrimonio de Adolfo Hitler con Eva Braun y el suicidio de ambos en su búnker berlinés. Si bien la época para el congreso no podía ser peor, su objetivos era, por decir lo menos, interesante: “romper el aislamiento que se cernía sobre las formas artísticas, en especial la literatura”. Debía durar entre el 20 y el 23 de abril, pero fue interrumpido de forma abrupta, al día siguiente de inaugurado, por la desaparición y muerte de Luca Borrello, un escritor sin mayores glorias que apenas había publicando textos en revistas futuristas de carácter explícitamente fascista.

La trama fragmentada y polifónica de No derrames… hace pensar en Los detectives salvajes y (quizá por la relación entre estructura y tema) en La literatura nazi en América. La alusión a Roberto Bolaño es útil también para describir la capacidad que tiene Pron de convertir lo pretérito en motivo para reflexionar sobre el presente. Porque la novela todavía admite un giro argumental más donde T., el hijo de Linden, crece y se convierte en un activista que, en medio de una de las revueltas ocurridas en Milán contra la reforma laboral en 2014, se cuestiona sobre la legitimidad de la violencia y sobre el camino que hay que recorrer entre creer y hacer.

Ninguna utopía sale bien parada de No derrames…. Los personajes y las reflexiones de la novela, incluso desde su título, indican el rechazo a la nostalgia, mientras promueven la desmitologización de las nociones estéticas y de los llamados “tiempos mejores”. Recordando la nota donde el escritor Hans Zöberlein se negaba a asistir al congreso –por considerarlo innecesario, debido a la irreversibilidad de la derrota y por vaticinar que sus invasores impondrían su versión de la historia: “ese nuevo lenguaje hará que nuestras obras resulten ilegibles, como una lengua muerta (…)”–, Espartaco Boyano señalaba en su entrevista con Linden en Ravena el 10 de marzo de 1978 que los libros de los autores fascistas, al final del siglo XX parecían escritos en un idioma distinto al italiano y que “no podría leerlos aunque tuviese interés en ello”, lo cual le impedía también entender el valor artístico que pudieran tener. Y, por eso, le suelta la advertencia que titula la novela: “Hágase un favor: no derrame sus lágrimas por nadie que viva en estas calles”. La reflexión deja al lector con la seguridad de que es tan difícil comprender los hechos históricos tal y como se vivieron en su época como interpretar las aspiraciones individuales de los artistas sólo por su pensamiento político o la estético a la cual se adscribieron. He allí la lección que el arte ofrece a la Política: se trata de las obras, no de las ideologías.

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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