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El trabajo literario de Lorenzo Luengo gravita alrededor de la incertidumbre

Sentado en una terraza de la Plaza Manuel Becerra está Lorenzo Luengo encorvándose sobre una lectura. A su lado, sobre la mesa, hay una pila de libros encabezados por Drácula: Vlad Tepes, el Empalador, y sus antepasados. Mi saludo lo trae de súbito al siglo XXI, así que su respuesta es una queja —breve, porque es un hombre educadísimo— y yo sospecho que el presente no es una época del gusto de este escritor especialista en el Romanticismo, con tal deleite por el detalle que sabe en qué tipo papel Mary Shelley escribió el borrador de Frankenstein o el moderno prometeo, anécdotas sobre la generosidad de Lord Byron y la genealogía de las metáforas en la lírica de Percy B. Shelley. Su mente enciclopédica le cuadra mejor a un octogenario, pero aún le falta para llegar a esa edad: nació en Madrid el año 1974.

Nos reunimos para hablar de la obra que desarrolla en dos terrenos, la investigación literaria y la narrativa de ficción. A la espina dorsal que une ambos campos la identifica como “el territorio de los enigmas del lenguaje”; allí localiza el trabajo del escritor, signado en el inquietante y profundo desconocimiento sobre el universo que solo la literatura puede revelar a los lectores. Dos trabajos recientes prueban esa obsesión: la novela El dios de nuestro siglo y la traducción de Frankenstein inserta en el volumen Frankenstein resuturado, el libro homenaje al bicentenario del clásico coordinado por Fernando Marías. Luengo no percibe diferencias entre ambos trabajos; la vida de Lord Byron y sus contemporáneos le parece tanto una construcción del lenguaje como las ficciones de las novelas que publica desde 2002. “La literatura no está en compartimientos. No considero que su realidad era ficticia y mi ficción es real, creo que hay un margen de ficción en nuestra perspectiva del pasado y del presente”, explica antes de señalar que es justamente dentro de las ambigüedades del lenguaje donde se inserta la poesía. La persecución de ese “impulso poético” lo mantiene ejecutando sus dos verbos favoritos: leer y escribir.

 

El impulso poético y la incertidumbre.

Como reflejo del vacío y la insatisfacción, la incertidumbre es el núcleo de sus tres novelas más recientes: Amerika, Abaddon y El dios de nuestro siglo. En la primera, publicada en 2009, un excéntrico millonario neoyorquino contrata a un escritor para completar el guión de la película Otro invierno en Amerika, que Jacques Tourneur nunca rodó en 1950. La propuesta es completar la tarea usando la tecnología de aquella época y la misma actriz, a pesar del tiempo transcurrido, que el director francés hubiera escogido como protagonista. En la segunda obra, publicada en 2013 como La cuestión Dante —título que el autor se niega a reconocer, y prefiere llamarla Abaddon—, un hombre que recobra la memoria se recuerda a sí mismo como un neurólogo contratado por la CIA, pero sus médicos lo conocen como un experto en religión y política implicado en una conspiración de científicos que desarrollan experimentos desde la Segunda Guerra Mundial. Ante la duda sobre su verdadera identidad, el enfermo debe recorrer un infierno de recuerdos reales e inventados donde los monstruos de la historia contemporánea se mezclan con sus demonios personales. En ambos libros indaga sobre falsedades que estructuran nuestro tiempo: la mitología del cine y la no menos entretenida mitología de la política.

“La trama está sobrevalorada. Creo que la literatura es entretenimiento, pero tiene que haber algo más que llegar del punto A al B y saber cómo se ha resuelto todo”

“En Amerika usé el escenario de una mitología estadounidense [el cine] pero el argumento no tiene tanto que ver con ese país sino la manera en que la cultura occidental nos ha sido contada falsamente. En Abaddon exploro un territorio real, pero traspasado por los mitos, sobre todo aquellos que pueden ser leídos al trasluz de nuestra época”, explica Luengo para quien dentro de la falsedad de los mitos pueden existir verdades, aunque no sepamos reconocerlas a primera vista. En el momento que lo escucho decir esto, pienso que él hace desde al ficción el mismo procedimiento que el estructuralista francés Roland Barthes en sus ensayos: desmitificar. Entonces le pregunto si su literatura surge de la intención de desmontar la ideología occidental.

Me mira: no se le había ocurrido antes. A su lado aletea la portada roja sobre fondo negro de Drácula: Vlad Tepes… donde destacan las imágenes del príncipe de Valaquia y dos vampiros.

O, por lo menos, no lo había visto en términos barthianos. Si los mitos son una forma de codificar el mundo que promueve una perspectiva particular y un grupo de valores que hemos naturalizado creando una ideología, nuestras comunicaciones dicen la verdad, aunque cuenten mentiras. Expresan nuestras ansiedades y nunca somos tan genuinos como en el miedo. Investigando para Abaddon, Luengo encontró que el discurso de las conspiraciones está tan bien estructurado y es tan creíble como la realidad que habitamos: “Llega un momento en que te preguntas: ¿cuál de las dos versiones es cierta? Si ambas se sustentan ideológicamente, ¿por qué va a ser cierta aquella en la que creemos?”

 

Un mundo en forma de mito.

Los cuestionamientos sobre la veracidad de eso que llamamos “realidad” allanaron el camino de las especulaciones que luego se transformaron en El dios de nuestro siglo. Allí, la detective Daniella Mendes investiga la desaparición de tres niños en una urbanización de clase pudiente norteamericana donde la gente vive de espaldas a los problemas de las poblaciones en la periferia, protegidos dentro de su identidad y moral burguesa, ambas construcciones ideológicas que la detective descubre como mentiras. Porque la deidad que rige el presente es la falsedad.

Cuando descubre esto, la voz narrativa de Mendes se convierte en un oráculo grecorromano y ella en la intermediaria entre dioses y humanos que interpreta el futuro con pesimismo. “Me interesaba que su voz fuera casi telúrica, como un aviso proveniente de las cavernas o del centro de la Tierra, por eso era fundamental que la solución al enigma no fuera positiva, lo que desilusiona a las personas que leen la novela como un thriller”, apunta el autor que rechaza las etiquetas de género. “La trama está sobrevalorada. Creo que la literatura es entretenimiento, pero tiene que haber algo más que llegar del punto A al B y saber cómo se ha resuelto todo”, explica antes de declarar su falta de interés en “estar en deuda con su tiempo”.

Reconoce el territorio de la literatura negra contemporánea como el de las certezas y lo rechaza; su interés fundamental es la incertidumbre. Por eso, los hermeneutas de sus ficciones se interesan menos en resolver misterios que en plantearse enigmas. Porque las preguntas son las que guían su trabajo de escritor y, desde los tiempos cuando inauguramos la duda cartesiana, también nuestro interés como lectores: comprender. “La incertidumbre se ha convertido en el territorio donde nos movemos porque las fronteras entre realidad y ficción casi han desaparecido. Lo vemos en la proyección de las noticias, que dependiendo de quién las cuente significan algo o lo contrario”, se lamenta Luengo, a quien no le queda otro remedio que habitar estos tiempos de la posverdad. Vuelve entonces a meterse en su libro y en el siglo XIX. Mirándolo comprendo el reclamo de hace unas horas: en las realidades de los personajes del pasado, las “certidumbres” hacen menos daño.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

 

 

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