Tomás Sánchez Bellochio: “La familia es un mundo en miniatura”

El autor de Familias de cereal comenzó su andadura por el mundo de las letras como muchos escritores: leyendo un cuento a los siete años de edad frente a sus compañeros de clase. Hasta ese momento había sido un niño que le gustaba leer; luego se convirtió en uno al que le gustaba escribir. Pero no confirmó su vocación hasta que no completó su primer libro, que la colección de cuentos que la editorial Candaya trajo a las librerías hace unos meses. Sí, ya había publicado relatos en revistas como El Malpensante y Literofilia y su relato “Interrupción del servicio” forma parte de la antología Emergencias, doce cuentos iberoamericanos que sacó en 2013 el mismo sello catalán, pero la noción de trabajo terminado apenas cambia las cosas. “Es extraño lo de ‘ser escritor’, porque no vivo de eso”, explica: “no trabajo como escritor, pero es mucho más que un hobby, y me identifica mucho más que cualquier trabajo que me haya dado de comer. Tampoco soy más escritor que antes porque ahora publiqué un libro”.

Nacido en Buenos Aires en el año 1981, Tomás Sánchez Bellocchio es publicista y guionista y vive entre las ciudades de México, Buenos Aires y Barcelona. Ahora está trabajando en un libro de cuentos sobre Argentina. Aquí entre de lleno en la política y juega con los géneros de la ciencia ficción, lo fantástico y lo policial, entre otros. Pero también adelanta una novela, que era un cuento de Familias de cereal que fue creciendo hasta reclamar su propio espacio literario.

– Como la infancia, la familia es el territorio de nuestros primeros miedos: ¿Qué te permite el motivo de las relaciones que no te termite ningún otro en la narrativa?

– Me cuesta pensarlo desde la negativa o la contraposición. ¿Qué narrativa existe que no sea de “relaciones”? A mí se me hace fácil hablar del mundo desde la perspectiva de la familia. La familia es la puerta. Pero yo no empecé escribiendo este libro pensando en la familia. Si le damos vuelta: estos cuentos hablan de todo. Del dinero, de la tecnología, de la muerte, de las mascotas, de la obesidad, de la violencia, de la brecha social. Una vez que tuve varios cuentos listos entendí que lo que les daba unidad era justamente la familia.

– ¿Piensas que es la familia un lugar desde donde la literatura puede entender el mundo?

– La familia es un mundo en miniatura, cerrado, con su orden y sus reglas, y puede servir como metáfora de casi todo. Puede ser puerta a cualquier tema del mundo.

«Me puse a explorar narrativamente la revolución digital de los últimos años. Me interesa menos como “forma” y más como “tema” o “metáfora”

– Trabajas como publicista y me gustaría saber cómo esa profesión ha influido tu obra, visto que justamente el cuento que titula la colección trata de esta actividad y que luego es aludida en otros.

– Empecé a ver la serie de televisión Mad Men hace poco. En un claro homenaje a Cheever, varios de los publicistas coquetean con la literatura, escriben cuentos, publican en revistas. Grandes escritores han trabajado en agencias de publicidad. Además de Cheever, Fogwill, por ejemplo. Es un trabajo que generalmente va con la sensibilidad de un escritor. Ha influido en mi manera de trabajar con imágenes, en la nitidez de la prosa, en la búsqueda de ideas contrastantes, en el ejercicio mental constante de romper con el lugar común.

– La tecnología es un motivo frecuente en tus relatos y me pregunto si para ti funciona como alegoría de una forma de existir en el mundo.

– La tecnología puede ser tanto un inodoro como una nave espacial, dependiendo del contexto y el género. Yo me puse a explorar narrativamente la revolución digital de los últimos años. Me interesa menos como “forma” y más como “tema” o “metáfora”. Me parece poco relevante poner un chat o e-mails en un cuento. En ese sentido soy más clásico. En cambio, me parece potente la imagen de un disco duro como la memoria de un hijo muerto o pensar la nube como una especie de conciencia ubicua.

«Me gusta la tensión del juego que existe entre crear un mundo y la brevedad»

– ¿Qué es lo que te gusta de la práctica del género del cuento?

– Me gusta la tensión del juego que existe entre crear un mundo y la brevedad.

– En alguna entrevista has dicho que tus cuentos están escritos en la intersección de dos vías, la de los temas del mundo y del la inconsciente.¿De dónde nace el cuento? ¿De la preocupación por algún tema o de las imágenes oníricas?

– El cuento nace de una imagen o escena, que no necesariamente es onírica o irracional. Pero esa imagen o escena, muchas veces, aparece cuando uno le está dando vueltas a un tema. Es como el lado oscuro o no verbal del tema. Su solución narrativa. Con otros cuentos, es al revés. Me viene a la cabeza una imagen y después, cuando quiero saber de qué se trata, me pongo a buscar el tema.

– ¿Quiénes son tus autores favoritos y quiénes te inspiran en la escritura de narrativa breve?

– Además de los obvios, como Borges, Cortázar, Cheever, Carver, me gustan mucho Felisberto Hernández, Fogwill, Andrés Caicedo, George Saunders, Fabio Morábito, Grace Paley, Denis Johnson, Di Benedetto. Me inspiran aquellos que admiro por la forma original de resolver un problema o porque me hacen ver cosas que antes no sabía que se podían hacer. Un ejemplo: el cuento “Amor” de Clarice Lispector. Es el relato de un viaje en tranvía de una ama de casa, en el que no pasa absolutamente nada, y es uno de los más intensos que he leído jamás.

– ¿Cómo te diste cuenta que querías ser escritor?

– De algún modo, siempre escribí. Es una especie de pulsión sostenida en el tiempo y que de a poco fue ganando espacio.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

El crédito de la fotografía de Tomás Sánchez Belloquio es de Delfina Sánchez Novas.

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