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Silvia Terrón: “Con la literatura se pierde el miedo a lo desconocido, porque todo es posible”

La primera novela de la poeta Silvia Terrón es una distopía donde los humanos no pueden emitir sonidos y viven en la penumbra. Umbra es el relato de cómo sobreviven en una sociedad donde las diferencias de clases están marcadas por aquellos que pueden comprar o no palabras cristalizadas en “ecorales”, fósiles de un tiempo cuando existía el sonido y la comunicación. Se trata de una novela cenestésica, no solo porque el sentido del tacto toma protagonismo, sino porque la luz es escasa. Se aprecia allí la pericia de Terrón para los escenarios muy literarios, como aquellos que caracterizan a Italo Calvino o José Saramago, así como la influencia de las imágenes de la cinematografía de Krzysztof Kieślowski y Michelangelo Antonioni.

El gusto por la escritura comenzó en Terrón cuando era muy pequeña y concibió una revista de poesía con una amiga. Con la lectura se convirtió en una vocación que la ha acompañado siempre. “Poder dedicar la vida a imaginar y escribir me parecía un sueño, que ha estado presente en mi vida desde entonces. No me dedico a ello a tiempo completo, pero es una necesidad”, explica Terrón, que vive en Francia y trabaja en diplomacia pública, como facilitadora de diálogos entre organismos y distintos interlocutores y asociaciones.

Terrón participará con Pilar Adón en la actividad organizada por Colofón Revista Literaria en sociedad con la Librería Cervantes de Madrid para conmemorar a las mujeres escritoras, titulada “Utopías, distopías, circunvalaciones y alunizajes”, para la cual se puede reservar la entrada aquí.

—¿Qué aspectos de tu sensibilidad de poeta se concentraron en la construcción del mundo que describes en la novela?

—La poesía es poderosa porque construye mundos y explora el corazón de las cosas. Para mí, cada poema es un mundo condensado, constituye un espacio de libertad absoluta para que los significados y el lenguaje se relacionen de formas nuevas. Cuando me embarqué en Umbra lo hice del mismo modo: mi búsqueda era la búsqueda de un poeta, pero escribía el resultado de esa búsqueda como narradora. Como era mi primera novela tenía todas las dudas del mundo, pero tampoco tenía límites, pues no podía compararlo con otra experiencia previa. Durante todo el proceso no estaba segura de qué era lo que estaba escribiendo. El punto de partida era la idea de una arqueología futura: ¿qué pasaría si nuestras voces y lo que nos decimos hoy quedara atrapado en el interior de un mineral y nuestros descendientes pudieran escucharlo en un futuro lejano? A partir de ahí surgieron muchísimas preguntas sobre cómo podía ser ese futuro. Fui comprendiendo que para que las voces de nuestro presente no fueran una mera anécdota necesitarían tener un valor especial, convertirse en la única voz posible (una voz prestada) en una sociedad en silencio y en penumbra. Resulta paradójico que precisamente al limitar en los habitantes de Umbra la capacidad de ver y hablar, al reducir el umbral de percepción, los sentidos están más presentes y cobran un protagonismo mayor.

— La posibilidad de mundos diferentes al que vivimos es la búsqueda que vertebra tu obra poética con Umbra. ¿Cómo esas exploraciones te han llevado a comprender el presente?

—En Umbra hay muy pocos estímulos visuales y auditivos. El eco de una voz del pasado o la capacidad de entrever a su pareja cuando hay luna llena cobra una enorme importancia porque no son la norma, sino la excepción. Ese futuro es en muchos aspectos la antítesis de nuestro presente, en el que tenemos la capacidad de expresarnos todo el tiempo a través de canales múltiples. Esto ha abierto la puerta a la posibilidad de un mundo más participativo y menos jerárquico, al menos en teoría, pero no es siempre bueno para nuestra voz propia e individual: para construir nuestro relato de lo que somos en el mundo y contárselo a los otros hace falta un proceso de reflexión y de empatía que hoy se está volviendo escaso.

“Al escribir poesía se busca la alquimia, mientras que la novela es más bien un trabajo de campo, una observación con un cierto espíritu científico”

— ¿Qué te ofrecía la narrativa que no podías lograr expresar a través de la poesía?

—La narrativa me permitió desarrollar una escena en el tiempo, añadir el reloj a la poesía. Soy muy visual, la historia está construida a partir de imágenes que se imponían en mi mente en un momento dado como si siempre hubieran estado allí. Si a partir de cada una hubiera escrito un poema, mi proceso de búsqueda habría sido en profundidad: explorar lo que hay detrás, lo que está conectado sin saberlo, los porqués. En cambio, con la narrativa tenía que haber una acción en desarrollo, así que le daba cuerda a la imagen a ver qué pasaba. Y dar cuerda a la imagen era seguir escribiendo para que la acción no se detuviera. Al escribir poesía se busca la alquimia, mientras que la novela es más bien un trabajo de campo, una observación con un cierto espíritu científico.

—¿Cómo ha contribuido la literatura a darle sentido a tu vida?

—Contar y leer o escuchar historias es esencial. Si no, nuestro mundo se acaba en el límite de nuestra experiencia directa. Sin literatura volvemos a los mapas medievales en los que más allá del territorio explorado se ponía “Aquí hay dragones”. Con la literatura se pierde el miedo a lo desconocido, porque todo es posible: los dragones se convierten en otras cosas, más concretas, con las que podemos interactuar. Hace poco encontré un diario que escribí con cinco años. Recuerdo que me dijeron que en él tenía que escribir lo que hacía, y yo me lo tomé al pie de la letra: “Me levanto. Desayuno. Veo tal o tal programa en televisión…” Todo estaba escrito en presente, incluso la última palabra cada día: “duermo”. No era “me duermo”, sino la acción de dormir capturada en presente, y eso es ya literatura: si estoy dormida no puedo escribir “duermo”. La literatura permite capturar acciones imposibles, o vivir lo posible de otro modo.

— Si nos ocurriera a nosotros ahora lo que ocurre a tus personajes en Umbra, ¿qué frase te gustaría que quedara cristalizada en un “ecoral”?

—Uno de los fragmentos de mineral que aparecen en la novela contiene una frase incompleta, “voy camino de…” o “estoy a punto de…”, y me parece hermosísima, porque está llena de posibilidades.

 

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

 

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