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Fiona Sampson busca a la joven detrás de la Mary Shelley que escribió Frankenstein

Fiona Sampson es quizá la académica anglosajona que ha leído con más profundidad la novela Frankenstein o el moderno prometeo, escrita y publicada por Mary Shelley, en 1818, cuando esta aún no había llegado a la veintena. Ese solo hecho convierte a En busca de Mary Shelley: La joven que escribió Frankenstein en una lectura cautivadora. La biografía propone al monstruo perdido en el frío Ártico como el sueño olvidado de los alquimistas. La estampa de aquel hombre llegado a la vida en un laboratorio es la metáfora mejor construida del desamparo existencial de la humanidad percibido por la filosofía del siglo que termina con Friedrich Nietzsche decretando la muerte de Dios. “Su novela es una exploración de las consecuencias de ser un monstruo, y no se trata de de una comedia sino de una tragedia”, escribe la también poeta en la introducción al texto traducido para Galaxia Gutenberg por Andrés Catalán.

Describe a Shelley como una mujer y una escritora avanzada en su tiempo. Su libro antecede, por años, al canon de la novela europeo, entre los que figuran nombres de su compatriotas Jane Austen y Charles Dickens, los franceses Gustave Flaubert y George Sand (seudónimo de Aurore Dupin), además de los rusos Leon Tolstoi y Fiódor Dostoievski. Porque los estudiosos consideran transicionales a las obras de finales del siglo XVIII y de principios del XIX, “los primeros pasos hacia la invención de de una forma que lo sería de pleno derecho solo cuando aumentara su tamaño”, según explica Sampson, como abreboca para un recorrido intelectual por la formación literaria de Shelley.

 

El monstruo y el esposo.

El problema de la biografía es que, si bien la académica comprende y transmite bien la trascendencia literaria de Frankenstein, cuando se propone acercar a la Shelley escritora tanto como mujer a nosotros, “vislumbrar la textura ideal de su existencia” y responder a la pregunta sobre cómo era ella para sí misma, se queda en las intenciones. En este sentido, es problemática la narración que hace de su relación con el poeta Percy B. Shelley, el hombre con quien escapó de su casa, primero, y, años después, desposó. Enumera algunas de sus indiscreciones financieras, consecuencia de su arrogancia de niño rico, las cuales Mary debió subsanar con el criterio de una buena administradora. Incluye su entusiasmo por ciertas mujeres más jóvenes que ella e infidelidades que la esposa escogió ignorar. Lo más insólito es el recuento de la relación de una década que tuvo Percy con la hermanastra de Mary, Claire (Jane) Clairmont. Ella era una poeta de menor categoría y madre de una hija de Lord Byron, Allegra; además vivía con la joven pareja.

“Su novela es una exploración de las consecuencias de ser un monstruo, y no se trata de de una comedia sino de una tragedia”

¿Qué pensaba Mary de los comportamientos de su esposo? Y, más importante aún: ¿cómo estos configuraron la imagen que ella tuvo de sí misma? Sampson prefiere citar las cartas de Mary, una tras otra, y mostrar su comportamiento de esposa ejemplar, de mujer abnegada que, a pesar de las indignidades seguía escribiendo y pariendo hijos de su esposo —seis, todos murieron menos uno—. Apenas hace alusión a un flirteo inofensivo con el el doctor John William Polidori médico de Lord Byron durante la célebre noche en Villa Diodati donde Mary alumbró la idea de Frankenstein. Y otro, años después, con el amigo de Percy Thomas Jefferson Hogg, con quien por cierto su esposo le recomendó acostarse, a pesar de su avanzado estado de gravidez. Me resulta inverosímil que una lectora y una mujer con un espíritu crítico como el de Mary, la hija digna del filósofo político William Godwin, no enfrentara el asunto con más fuerza y se limitara a solo ser una mujer enamorada, bien casada una vez que la primera esposa de Percy tuvo el buen gusto de suicidarse.

¿Y qué tenía este hombre que le hacía creer que podía jugar con la vida de las mujeres que lo rodearon?

Si me preguntan a mí: en vida fue uno de esos nadie rico o conocido por su apellido y por vivir a la sombra de su amigo el famoso poeta libertino Lord Byron. Y si hoy ocupamos tanta tinta en volver a él es porque después de su muerte —sobrevenida por antojarse de atravesar una tormenta con su barco “Don Juan”, apurado por llegar a su destino quién sabe por qué— se debe al interés que despertó su Obra completa reunida y editada por la autora del ya entonces célebre libro Frankenstein. Por eso es que el grueso de los fanáticos de su obra apareció una generación después que los de Lord Byron. No puedo sino pensar que Percy B. Shelley fue también un personaje creado en la cabeza de Mary y me hubiera gustado que Sampson se hubiera ocupado de su relación con ese otro monstruo con las misma profundidad que dedicó a la creatura del doctor Frankenstein. ¿Si el monstruo perdido en el frío Ártico era el sueño olvidado de los alquimistas, qué tipo de monstruo fue el marido que obstaculizó, a fuerza de mortificarla, su desarrollo como escritora?

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

Si te gustó este artículo te invitamos a que leas “Frankenstein y Shelley, la mujer que lo escribió”, así como la reseña de Frankenstein resuturado y la entrevista con el traductor de la edición más reciente de la novela de Mary Shelley, Lorenzo Luengo, traductor también de los Diarios de Lord Byron. Si este tipo de biografías te interesan, te invitamos a que leas la escrita por David J Sakal sobre el autor de Drácula, Bram Stoker.

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  1. Julia
    8 febrero, 2019

    Hoy día hay un reconocimiento casi tácito a la obra de Mary Shelley al presentársele no ya como la esposa de Percy Shelley sino como la autora de Frankenstein

    1. Colofón Revista Literaria
      13 febrero, 2019

      Así es, Julia. Ha sido una suerte de “venganza poética”. Muchas gracias por tu comentario.

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