paisaje mar desolado

Sequera Tamayo: Gedasche frente al mar

Escribió Borges un breve prólogo para una obra que publicó muy hacia el final de su vida. Son unos pocos párrafos, acaso tres o cuatro, que poseen sin embargo el encanto de mostrárnoslo volcado sobre sí mismo; haciendo cuestión de su misma poesía, y quizás lo más importante, develando sus propios anhelos como poeta. Con todo, y a decir verdad, el texto desconcierta si se lo lee con recta prevención. Mas ¡cómo no prestarle atención a lo que nos dice! ¡Un poeta hablando intimidades acerca de su propio quehacer! No sé cuántos lo habrán hecho. Nuestro Cadenas desde luego que sí. Don Antonio Machado pone en los labios de Juan de Mairena unos textos que hablan del alma de lo poético con honduras sin par. Y de la otra parte, ¿no linda el gran pensamiento filosófico con la poesía hasta extremos que obligan a formularse muchas preguntas sobre dónde comienza el uno para darle paso a la otra? Quién, me digo, no se llena de la mayor perplejidad, y dada su inimitable sobriedad, cuando lee a Aristóteles hacerle acomodo al argumento de Solón que pone a los dioses a morir de envidia ante el conocimiento humano, usando el recurso de un decir que reza así: «los poetas mienten muy a menudo». Y provoca preguntarse, queridos amigos, ¿puede un poeta, en cuanto poeta, mentir?

Fuera como fuere, nos amonesta Borges sobre dos maneras de poetizar: habla él así de «poesía intelectual», asociándola con la vigilia y exaltando un verso de Fray Luis de León como una manifestación purísima de hasta dónde se puede llegar a ser «un poeta intelectual»:

 Vivir quiero conmigo,

Gozar quiero del bien que debo al cielo

A solas, sin testigo,

Libre de amor, de celo,

De odio, de esperanza, de recelo

Y apostilla su comentario seguidamente: «aquí no hay una sola imagen, no hay una sola hermosa palabra, con la excepción dudosa de testigo, que no sea una abstracción». Ante esto no queda sino el silencio, y a lo sumo dos palabras: Borges dixit.

Pero antes había escrito él de la poesía “puramente verbal”. ¿Qué quiso denotar el gran Borges con esta calificación? Sea cual fuere su significado, bástenos saber que alude al “sueño”, a “las imágenes, a los mitos y las fábulas”. Y si el caso fuera citar el verso con el que la ejemplifica, a decir verdad no vale la pena siquiera recordar que el mismo pueda haberse escrito.

Borges confiesa que le tocó en “suerte” la poesía intelectual, y su prólogo, admirable por lo que dice, pero también por lo que silencia, y no menos por lo que deja entrever, termina sugiriendo un anhelo, su anhelo, el anhelo de una “vía media” entre la vigilia y el sueño. Quizás lo logró sin que se percatara de ello; o sin que en la distancia fuera capaz de recordarlo. Cuando escribe, bajo el bello título Le regret d’ Heraclit

Yo que tantos hombres he sido, no he sido aquél por cuyo amor desfallece Matilde Urbach

¿no están allí la vigilia y el sueño en una mixtura única: vía media donde ambos son y al mismo tiempo ninguno lo es?

Con todo, no fue para Borges la indagación de lo que puede ser esa “vía media”. Pero esto no es lo más importante hoy. Lo importante, quizás, yace en la cuestión de si es esa dicotomía vigilia-sueño la frontera última con la que hemos de enfrentarnos. Quiero decir, ¿no es la dicotomía bien-mal, por ejemplo, algo muy similar en lo infranqueable? Y entonces, ¿fue una simple boutade de Nietzche escribir, y como lo hizo, de “más allá del bien y del mal”?

He visitado todos los muelles del mundo sin poder encontrarteEl mayor pensamiento de este tiempo nuestro arriba, en un giro complejo y arcano, a una noción que sólo en su lengua tiene cabal expresión. Gedasche llamó Heidegger el volumen de su obra que contiene su “más allá del sueño y la vigilia” No podemos aspirar, pero ni por asomo, a una traducción en este caso que nos satisfaga. Pensamientos poéticos lo llamó alguien muy listo y prevenido. Pero tras Gedasche, si así se me permite decir, hay algo muy diferente de lo que es, en nuestro lenguaje, pensamiento poético. Pero a cuenta de qué viene todo esto, ustedes se habrán preguntado ya muchas veces. ¿No estamos celebrando tener a distancia de la mirada una gran poeta, cuyo parangón si lo hay en nuestro medio, es, acaso, Jean Aristiguieta: siempre ignorada? El 4 de noviembre de 1986 se terminó de imprimir el libro de Isbelia Sequera intitulado Al borde de lo sensible. Me lo dio cuando concluía el mes de enero siguiente. En qué momento posterior lo abrí, no puedo decirlo, mas el primer contacto con sus páginas perdura en mi espíritu como un encuentro con un fuego iridiscente. Aquel verso suyo no sé cuántas veces lo habré dicho, o sentido, o comunicado….Los años que corren hasta hoy, en pos de entenderme para entender mi tiempo, y de hacerlo con otros, a cuenta de profesor, tratando de hallar pistas o de dar señales, me han obligado a hacer de errabundo por caminos muy diversos. Fascinado con los afanes de la Ciencia Histórica de la Economía Política, con el pensar sobre sus asuntos, mal podía no quedarme sencillamente paralizado cuando un día me topé con una línea que decía: «la ciencia no piensa». ¿Pero entonces? Y si no lo hace ella, ¿quién lo hace?

¿No lo hacen los dueños del número y de su insondable belleza? ¿O ésos que son capaces, en un solo rapto de la mente, de atravesar las edades para ver salir el sol histórico y también vislumbrar su ocaso y su extinción? ¿O quienes penetran estrato tras estrato lo real hasta creer alcanzar algo como lo primigenio, lo que sigue luego del instante cuando lo real es o adviene? Pues lo cierto es que, tantas décadas después, los unos, y los otros, y los de más allá son como sólo muelles, como los muelles de Isbelia Mercedes, para el circunstancial atraque.

En el camino me apareció Gedasche: una larga, compleja y arcana jornada de unas seis décadas, por parte de quien se creyó capaz de un nuevo inicio para el pensar. Básteme una frase suya:

Habitar en la cercanía significa: ser vecino:

El hombre es el vecino de la muerte

¿Todo el asunto, entonces queridos amigos, radica en esa vecindad? ¿Y es esa vecindad, por lo tanto, lo que nos hace quienes somos, y nunca meramente, amigos queridos de Isbelia Sequera Tamayo, lo que somos? ¿Y qué es lo vecino por excelencia?

Cómo dudarlo, el puente que tira de una orilla a otra, y que avecina a éstas entre sí. Así es como me gusta pensarlo. Somos vecinos de la muerte. Pero ser vecinos de la muerte es ser puentes hacia la muerte. ¿Cuál es, por lo tanto la otra orilla? ¿Desde dónde puede allegársele?

Querida Isbelia. A cuenta de tu Mar desolado y en particular de esas líneas para mí inolvidables que son «Canto rodado», cuán cerca me has hecho palpitar ese Gedasche con el que ahora estrujo los días y que he llegado a entrever como una clave superior para abrir puertas que quizás dan a lo ignoto.

Cómo preguntar a la piedra

Que ni el sol ni el agua

Doblegar pudieron…

Sobre el hombre y sus sueños

Sobre el hombre y sus miserias…

Sobre el vacío y el vino

Sobre la tierra húmeda y a quienes alberga

Sobre el puente entre la vida y la muerte

El hombre es entonces puente. Heidegger e Isbelia Mercedes dixit. Y, ¿si en lugar de vida hablásemos de ser, y de muerte hablásemos de nada? esto es,

Dinos piedra del puente entre el ser y la nada, que avecina a ambos, que es ambos y no es ninguno aunque los reúne

Estaríamos quizás en el instante previo a aquél cuando Parménides y Heráclito y Hegel «nos hicieron el mundo mientras dormíamos». Y seríamos entonces «cantos rodados» puros y simples para emprender de nuevo un camino desconocido.

Asdrúbal Baptista es economista, abogado, profesor universitario y editor venezolano, considerado por el periódico El Universal de Venezuela uno de los 99 venezolanos de peso universal y también considerado el economista vivo más importante de su país. Lo que pocos saben es que adora la poesía.

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