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En Sellada de Esther Ramón, la esperanza surge de la cicatrización

¿Puede el ejercicio poético desentrañar el dolor?, ¿puede el dolor suturar la herida?, ¿puede de esa herida surgir la empatía? Puede. Esther Ramón lo logra en su más reciente poemario, Sellada, que publica la editorial Bala Perdida. Se trata de un volumen dividido en dos partes, “lo que duele” y “lo que cura”, cada una con su gramática propia. El díptico está antecedido por un “preludio” que adelanta algunos de los motivos que se repetirán en los poemas, principalmente: el barro como fuente de lo primigenio, el momento cuando emerge lenguaje y la intersección de la materia con el espíritu. Como la primavera que sucede al invierno, la esperanza es el resultado de la suma entre las dos partes, entre lo que duele y lo que sana; por eso, la naturaleza es el motivo que palpita en el cuerpo del poemario, el lacre que cierra las partes, su sello.

En el juego que propone la palabra “sellada” con que Ramón titula su libro, la voz de los poemas está cicatrizada—marcada, curada— más por aquello que duele que por lo que sana. El juego se profundiza con la relación entre las palabras sello y lacra: son sinónimas; pero lacra, o más propiamente “lacrar”, significa “hacer daño”. Y es ese sinónimo el que incorpora las dos dimensiones del poemario: lacrar, por un lado, y cicatrizar, por el otro. Y puesto que se trata de la noción de completar la curación de las heridas, y remite a la esperanza, la definición de lenguaje que maneja Ramón intenta construir empatía.

 

Semiótica y empatía.

Las metáforas del poemario remiten a la lectura del ensayo Los poderes del horror: Sobre la abyección de Julia Kristeva, en donde la autora icónica del feminismo francés expone desde una bella prosa su teoría sobre lo semiótico, el cual opone a la cultura, al mundo de los símbolos o de las convenciones que articulan las sociedades como un patrón o juego de fuerzas que habitan el lenguaje y que constituyen una especie de residuo del universo anterior al nacimiento —el barro, el bosque—. Julieta Valero, en el epílogo a Sellada que titula “Las tres valentías” recuerda que “para recuperar lo que se pierde solo contamos con las palabras”. Además de “perder”, que es una forma del dolor, las otras dos valentías son “narrar lo tectónico” y “suceder”, y con esto Valero señala que no solo se puede progresar desde el extravío, sino que también se debe hacerlo.

Las perspectivas de Valero y Kristeva se reúnen con los postulados de Sellada, en su creencia de que la humanidad se articula en los polos entre lo que puede o no decirse. Porque allí el sujeto (su voz) está apunto de hablar, esto lo revela Ramón desde el “preludio”, así: “yacemos muchos meses encajados/ hasta que la tinta se levanta y camina su desconcierto”. Por eso, el poemario se debate entre la pulsión de lo más íntimo y el lenguaje, vinculando lo material y lo innombrable. Y también entre lo espiritual y lo material. Sellada es una cicatriz en la que se cruzan las dimensiones de lo material y lo espiritual, por eso, cuando se refiere al daño que hace el lenguaje, Ramón escribe:

“Coro: ‘pronuncio las cruces que emergen como malas hierbas, que brotan para marcar’”

En Sellada, Ramón habla de lo íntimo, pero no hace biografía; o si expone algún rasgo de su vida aquí lo hace de manera soterrada, quizá solo aprehensible para el pequeño pueblo de amigos que aparecen en los agradecimientos al final de la publicación.

 

Michelle Roche Rodríguez @michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora de la novela Malasangre (Anagrama, 2020), del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

 

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