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La intimidad de Rosa Moncayo abre la persiana sobre la vida anodina de una pareja

Una escritora jovencísima, Rosa Moncayo (Palma de Mallorca, 1993), abre la persiana sobre la vida de dos personas que, a pesar de su corta edad, sostienen los despojos de una relación ya vieja y cansada. Un vínculo podrido como el posible cáncer que aparece fortuitamente en una mano, para desvanecerse antes de tener la oportunidad de matar. Un lunar ridículo, igual que los tics hipocondríacos que marcan el ritmo en la vida de la protagonista: un ojo que brinca, la muela que explota, una taquicardia inexistente o una migraña autoinfligida.

Moncayo crea lo que, si cabe, podría caracterizarse como una “novela millennial”. Un recuento visual del vacío y el enfado con pasajes breves, un poco más largos —ciertamente más punzantes— que una historia de Instagram y organizados como lista de Spotify. La intimidad tiene su propio “score” y esto la lleva, más allá de una experiencia literaria, a una ambiental y multisensorial. En estos tiempos cuando en muchos países las personas se mantienen confinadas en casa debido a la crisis del coronavirus, la novela parece profética. Moncayo sabe cómo generar una atmósfera sofocante y lo explota en cada escena. Dibuja, con luz anaranjada, días idénticos que se suceden, clonándose el uno al otro. Fronteras que se pierden, entre el sopor de las drogas y el hartazgo: “El tiempo sin ritmo otra vez. Una repetición exacta de un día que ya había vivido. Era demasiado aburrido. No hubo ruptura espacio-tiempo. No hubo eco de prisa y multiplicación de posibilidades”.

Leído por mí durante esta coyuntura de la pandemia, en la que se habla de relaciones resquebrajadas en el espacio íntimo del hogar, La intimidad ilustra cómo el aislamiento termina por arrancar aquello que no se decide a morir. Quien lee es partícipe de esta claustrofobia y entiende las razones que se van gestando para huir. Huir de ti mismo, escapar antes de que sea el otro quien huya de ti. “La intimidad era esa casa temporal que nos acogió. No sé permanecer. No sé quedarme. La intimidad era ver cómo sufrías y no hacer nada por impedirlo; saber que no mereces a nadie mejor que yo, tener la certeza de que ni siquiera ibas a salir a buscarlo.”

«La intimidad era ver cómo sufrías y no hacer nada por impedirlo; saber que no mereces a nadie mejor que yo, tener la certeza de que ni siquiera ibas a salir a buscarlo»

Así, se acompaña a la protagonista y narradora en diversos viajes: el de las drogas duras, que abandona con aparente facilidad; el de la chica fiestera de ciudad que se muda a una aburrida zona rural; el de la conversión de periodista freelance a oficinista en la absurda comedia posmo que representa un great place to work; el de la niña que observa el dolor desde una distancia aséptica pero no por ello menos cruel; el de la mujer que se condena a sí misma desde su “cabecita de reptil malicioso”.

Moncayo navega con gran habilidad el vértigo de las emociones humanas. Su prosa es una poética cruda, ajena tanto a la hipérbole como a la afectación. El ritmo es voraz, asfixiante, como la ola que te arrastra al fondo y que, justo cuando piensas que todo está perdido, te escupe a tiempo. “Debemos portarnos mal, desperdiciarlo todo, malgastar el dinero y el amor para reencontrarnos con la primera libertad total: entrar tarde y, a pesar de todo, poder salir pronto”.

 

Alejandra Alegría es mexicana y  defensora de derechos humanos, particularmente de los de las mujeres, niñas, niños y adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad. Internacionalista de formación, con estudios de Maestría en Derechos Humanos. Si bien ha escrito mucho, recién comienza a firmar.

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  1. Anabelle Aranda

    Una reseña excelente, intensa. El argumento de la novela no me tienta, pero la reseña sí. Me seduce a vivir esa experiencia, despertando mi curiosidad de vivir ese estado mental de los protagonistas. Gracias.

    1. Colofón Revista Literaria

      Estimada Anabelle:
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