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Roberto Bolaño: 15 años de pedradas dirigidas corazón de la literatura

Hasta que en 2003 la muerte convirtiera a Roberto Bolaño en una marca imperecedera de la literatura hispanoamericana, su apellido identificaba a las piedras disparadas por los cañones antiguos. Decir “Bolaño” en la actualidad apunta al centro del canon de la literatura en castellano. Ya para el momento de su fallecimiento, causado por una insuficiencia hepática, el del autor chileno era un nombre de culto entre los lectores, objeto de admiración de las nuevas generaciones de escritores y uno importante en el catálogo de Anagrama. Era el autor de referencia del editor Jorge Herralde y del crítico Ignacio Echevarría. Y no en balde: en 1998 saltó a la fama cuando su novela Los detectives salvajes ganó primero el Premio Anagrama y, después, el Rómulo Gallegos, sorprendiendo en ambos casos a los jurados por su estilo fuera de serie, en un entorno literario que apenas comenzaba a asumir la erosión de la estela dejada por el fenómeno (editorial) del llamado Boom Latinoamericano.

“El humor y la curiosidad son la más pura forma de inteligencia”

Los últimos quince años han sido no solo los de la internacionalización de su legado, sino también los de su anglificación. Me refiero a su reconocimiento entre críticos y lectores estadounidenses e ingleses. Cada cierto tiempo aparece una traducción de un libro suyo al idioma de William Shakespeare y el New York Times Book Review o el London Review publican reseñas donde, en un intento por interpretarlo en el contexto de la región donde nació y construirle eso que Ricardo Piglia llamaba “genealogías literarias”, lo vinculan fundamentalmente con la obra de Jorge Luis Borges. Nunca me queda claro bajo qué criterios establecen estas comparaciones y termino por asumir que quienes las hacen no han leído bien a ninguno de los dos escritores. Es cierto que el chileno adoraba la literatura de Borges y que, como el argentino, coqueteaba con el uso de textos apócrifos, mezclando personajes de la realidad con los ficticios. Pero, en términos de lectura crítica, hay mucho más que estas similitudes de superficie. Me pregunto entonces si los críticos de la traición anglosajona no adolecerán de un excesivo regodeo en el mito de Bolaño. Si buscan construirle un mito a la medida de Borges.

Da para pensar esta idea, ¿no?

Pero no se me ocurrió a mi sola. Es resultado de mi obsesión con la diferencia entre fama y perdurabilidad en la literatura, una que comparto con Hugo Hiriart, autor del Arte de perdurar. Hace ocho años, en la Feria del Libro de Guadalajara, durante una conversación, el crítico literario calificaba el caso del autor chileno como “un quebradero de cabeza”. El académico mexicano declaraba no saber si la obra de Mario Vargas Llosa —por poner un ejemplo— perduraría después de que pasaran los siglos —“no tengo una bola de cristal”, bromeó—, pero le parecía interesante Bolaño, más que debido a su calidad literaria (a la que no se refirió), por su prolijidad.

“Hay momentos para recitar poesías y hay momentos para boxear”

Contaba que, como el autor nacido en 1953 tenía facilidad para escribir, cuando se enfermó terminó rápido cinco novelas, para dejárselas a su editor. “Fue muy astuto, así cada año sus hijos tendrían fondos para vivir. Es muy bonita éticamente esa actitud, pero eso no lo hubieran podido hacer James Joyce, Gustave Flaubert, Marcel Proust o William Faulkner, de hecho casi ningún autor porque necesitaban mucho tiempo para destilar una novela y dudaban mucho”, dijo en una entrevista que publiqué entonces en “Papel Literario”, el suplemento cultural del periódico venezolano El Nacional. Estoy segura de que Echevarría y Herralde, así como las legiones de seguidores del autor de 2666 se oponen a estas reflexiones, pero no es Hiriart un hombre interesado en ganarse amigos: en la misma conversación lanzó un bolaño —por decirlo de alguna manera— contra Borges. Ofreció una razón extraliteraria de la popularidad del autor de Ficciones: “Era el invidente con bastón vociferante, pues era inmensamente talentoso para hablar y decir cosas provocativas, además de poseer una cultura vasta y ser conocedor de muchos idiomas”. No dudo que esa diferencia lo destacaba pero eso no quiere decir que su obra no hubiera valido y esto lo explica El arte de perdurar. Pero aquí me ocupo de la estatura de los mitos. Y allí hay mucha tela que cortar.

La materia constitutiva del nuevo mito es la convicción de Bolaño de que la historia es una enorme conspiración con estructuras a la sombra establecida en contra de las personas, donde participamos sin saberlo. En los últimos tres lustros esa visión de la realidad se ha profundizado. No solo en la literatura en castellano, en la escrita en inglés también. La realidad aparece ahora ante nuestros ojos narrada bajo los mismos criterios. Y, como el elefante tiene tantas formas de verlo, las formas de contar la realidad que nunca será lo real —por usar términos lacanianos— no hacen más que multiplicarse. La era Bolaño es una de necesaria prolijidad. “Por una razón que yo no entiendo ese fluir de la mente literaria de Bolaño era lo que la época estaba esperando”, me explicó Hiriart: “Se casó perfectamente con sus tiempos. La gente lo vio y reconoció un gran autor que expresa con claridad vigor y humor su inteligencia”. Ahora, cuando conmemora la desaparición del autor y veo a su obra más viva que nunca, aguantando interpretaciones que van desde lo clásico hasta lo esotérico, me pregunto si en una o dos generaciones su nombre, como es hoy el de Borges, será una marca crucial, pero de la cultura en tiempos de paranoia.

 

Michelle Roche Rodríguez (@michiroche) es narradora, periodista y crítica literaria. Es autora del libro de relatos Gente decente (Premio Francisco Ayala, 2017) y del ensayo Madre mía que estás en el mito (Sílex, 2016). Su página web es http://www.michellerocherodriguez.com

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