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Robert Walser visto a través de dos obras: El bandido y El paseo

Muerto hace ya 60 años, Robert Wasler fue un temprano modernista de la literatura escrita en alemán. Comparado con Franz Kafka, el autor suizo nacido en 1878 alternaba en sus obras la perplejidad ante el milagro de la vida y el rechazo a toda convención social. Aquejado por una enfermedad mental hereditaria, el escritor autodidacta murió en un sanatorio. El bandido y El paseo son dos obras breves suyas que permiten la entrada a su universo ficcional

El manuscrito de El bandido, fechado en 1925, no fue dado a la imprenta por su autor ni revisado para una versión final. Es, en otras palabras, un borrador. O una primera versión. Eso podría explicar algunas de las características del texto que comentamos, aunque comparándolo con otros del escritor que sí fueron publicados en vida, advertimos que se mantienen muchas de sus constantes estilísticas y temáticas.

En El bandido se entrecruzan varios temas que aparecen y desaparecen como hilos en una madeja. En primer lugar aparece la vida amorosa de “el bandido” al que se alude en el título; luego, la caracterización del mismo personaje; es decir, sus ideas sobre el mundo y sobre el amor, sus semejantes y su tiempo; su identidad (la percepción de sí mismo) y la identidad entre personaje y autor, la visión que los demás tienen sobre él. Y por último, pero no menos importante, la novela y su autor como mecanismo que se piensa a sí mismo.

¿Cómo es “el bandido”? En realidad, es casi imposible saberlo, a pesar de que Robert Walser, o mejor dicho, el autor ficticio que narra las desventuras del joven protagonista, describe sus sentimientos, sus emociones y sus acciones a lo largo de toda la novela, porque todo resulta tan evanescente, movedizo, que desaparece como la niebla cuando queremos atraparla con las manos. Sabemos, sí, que es un joven enamoradizo, que se apasiona primero por Wanda y luego por Edith, aunque también por otras mujeres; que en general está mal considerado por hombres y mujeres (por pobre, por indeciso…) aunque no le faltan muestras de aprecio y respeto, incluso de amor.

El narrador (que a pesar de que se presenta como autor no debemos identificar plenamente con Walser) relativiza su historia continuamente. Dice que contará cosas más adelante que nunca llega a contar, cambia de dirección su narración, extrae conclusiones de hechos o palabras de las que lógicamente no pudieran extraerse esas conclusiones; se presenta en sus ambiciones de escritor; en definitiva, nos recuerda que lo que leemos es una ficción. Se puede afirmar que a Walser no le interesaba escribir una novela convencional, sino dinamitar el concepto mismo de novela desde la práctica del humor absurdo, la inverosimilitud, la incoherencia, la levedad de lo intrascendente (ya que como encontramos también en El paseo los grandes conflictos no parecen interesarle).

«Todas estas humanas importancias, familia, amigo y amante, esta clara y tierna luz llena de bellas y divinas imágenes, las casas paternas y maternas y los dulces y suaves caminos perecerán un día y morirán, el alto sol, la luna, los corazones y los ojos de los hombres.”

Uno de los aspectos más notables de El bandido y El paseo es la exposición de los mecanismos técnicos de la novela al mismo tiempo que los parodia, con lo que el juego se eleva al cuadrado. “Esto es lo que hacen las novelas y los novelistas, y no es tan importante, después de todo”, parece decir Walser. Mientras tanto, el novelista lleva a sus personajes de acá para allá: pasean libremente en un universo lleno de otros paseantes, flores, perros, vendedores de diarios, amables o indiferentes camareras; es decir, se sumergen con una especie de inocencia en el mundo en el que todo concita el interés. Un interés disperso, por cierto, inestable. Por momentos, la mirada de Walser conduce al lector a una realidad de impresiones fugaces, cambiantes, de brillo caleidoscópico; el lector es interpelado continuamente, su atención es reclamada, o conducida con suave ironía, hacia situaciones efímeras imposibles de atrapar pero de declarada belleza: una calle luminosa y alegre que se recorre bajo un ánimo “romántico-extravagante”. Lo que le permite afirmar al inicio de El paseo: “El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez.”

Sin embargo, no hay que pensar que todo en el escritor suizo es suave ironía, o que esta es una muestra de un entendimiento poco afilado o poco atento a los conflictos de su tiempo. Al contrario, mientras exhibe su sonrisa y derrama sobre todas las cosas y seres su buena voluntad, hace inventario de los males del egoísmo, de la mezquindad, de la pobreza de espíritu. El joven a quien llama “el bandido” es continuamente juzgado, y encontrado culpable de faltas improbables por sus conciudadanos, avaros y envanecidos. Walser era consciente de las fuerzas de desgaste del mundo que le toco vivir, encaminado inexorablemente a la disolución, como revela el siguiente fragmento de El paseo, donde parecen mezclarse y confundirse dos estados anímicos contradictorios pero armónicos:

“Así pues todo, todo, toda esta rica vida, los amables y sentenciosos colores, este encanto, esta alegría y este placer de vivir, todas estas humanas importancias, familia, amigo y amante, esta clara y tierna luz llena de bellas y divinas imágenes, las casas paternas y maternas y los dulces y suaves caminos perecerán un día y morirán, el alto sol, la luna, los corazones y los ojos de los hombres.”

Robert Walser es un placer difícil; no se puede ignorar. Sus novelas no siguen las corrientes de moda. Para disfrutarlo plenamente hay que dejarse ir, dejarse llevar por su ánimo alegre y sombrío a la vez, sin pretender explicarlo o entenderlo del todo; leerlo como si leyéramos poesía.

 

Rubi Guerra es narrador, editor, periodista y promotor cultural. Es fundador de la sala de arte y ensayo Ocho y Medio y asesor de la Casa Ramos Sucre en Cumaná, Venezuela. Ha publicado casi una decena de libros, entre los que se encuentran La tarea del testigo (Premio Rufino Blanco Fombona, 2007), Las formas del amor y otros cuentos (Premio Salvador Garmendia, 2010) y El discreto enemigo, que editó en 2016 Madera Fina.

 

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  1. Me los apunto.

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